Agosto 8 de 2918
Libro # 4 de Pequeñas Crónicas y Relatos Intrascendentes



Vino al mundo a las cinco de la mañana de un domingo, lo cual permitió que junto a su madre y la partera también se encontrara su padre, que apenas descansaba ese día, mientras el resto del tiempo lo pasaba en el monte atendiendo los cultivos desde las cuatro de la madrugada hasta las cinco o seis de la tarde. Pero el cansancio de todo un día de labores bajo los candentes rayos del sol, no eran óbice para que reposara y retozara con su mujer casi hasta la medianoche. Por eso, en los siete años de convivencia habían engendrado seis hijos, cuatro hombrecitos y dos mujercitas.
Hasta el día en que cumplió diez años, Ana había sido una niña feliz, dedicada la mayor parte del tiempo, luego de ayudar a su madre en diversos quehaceres propios de la casa y para su edad, a los juegos infantiles con su hermana, Teresa, y sus cuatro hermanos, que se separaban a los doce años, para enrolarse con su padre y los trabajadores de ocasión en la atención de los cultivos. Generalmente iniciaban la vida laboral espantando pájaros desde una troja en medio de los cultivos, especialmente de arroz.
Más tarde iniciaban otra fase, como la de aprender a amolar los machetes que se requerían para el macaneo, así como de armas contra las fieras y las culebras, que abundaban en la zona. Por esa causa disminuía, cada cierto tiempo, no más de ocho meses, el número de jugadores.
Pero le llegó el turno a Teresa, primero, y poco tiempo después a ella, de formar parte de los que trabajaban desde la madrugada hasta poco antes de acostarse. Siempre había en la casa alguna actividad que le impedía, como era su deseo, acostarse en una hamaca, a meditar y soñar despierta en una vida diferente. No sabía de qué otra manera podía vivirse, pero estaba segura de que algunos, en alguna otra parte debían vivir sin tanto trajín, sin abrumarse ni ser abrumados con tanto trabajo. En medio de las labores domésticas, su cerebro parecía un trapiche moliendo pensamientos como si fueran trozos de caña.
Pero el día en que se aprestaba a disfrutar de su cumpleaños, la desgracia se abatió sin misericordia alguna, sobre la familia. Una culebra mapaná rabo seco mordió en el calcañal a su hermano José María y cuando apenas habían logrado recostarlo en un camastro, murió. El veneno se regó con prontitud por su cuerpo y lo mató en menos de una hora, sin que el comisionado hubiera cumplido la mitad del recorrido desde el cultivo a la aldea más cercana en donde vivía un curandero muy afamado. Contaba después que antes de explicarle el suceso, el hombre, un anciano, le dijo que se volviera como había venido, solo, porque el “picado ya murió”.
Antes que lucir un vestido nuevo que su progenitora le había confeccionado para el onomástico, estampado con flores blancas y amarillas sobre un fondo azul, el estreno correspondió a una olla grande en la que junto con el agua mezclaron dos o tres paqueticos de un polvo negro. La belleza de su atuendo se convirtió en un horrendo trapo oscuro que la convertía en una vieja amargada.
Las risas, los gritos, las expresiones burlescas, humorísticas o que representaran un motivo de alegría, fueron recogidas y metidas en la parte de abajo del baúl al que cerraron con un grueso candado. Terminantemente prohibidas todas las cosas que no fueran llantos, gemidos o suspiros por el que, siendo un mozalbete que despuntaba a la pubertad, había caído víctima de una travesura del diablo. Levantarse, trabajar en silencio y hablar en voz baja, y luego a la cama a dormir. No sabía si su padre, que lo hacía con mucho entusiasmo, había dejado de roncar para no perturbar el silencio nocturno durante el cual su mujer descansaba en medio de convulsiones por el llanto contenido para que no trascendiera del reducido cuarto que servía de alcoba matrimonial.
Dos años más tarde, la tragedia volvió a campear en la parcela. Esta vez, el menor de sus hermanos se dedicaba a domar un potro brioso que era el orgullo, dentro de las restrictivas disposiciones paternas, de los tres hermanos varones. En un descuido, el potro lo sacó en forma de bolea por encima de la crin y como no había esperado el movimiento, cayó de cabeza sobre el duro suelo del corral en donde la muerte lo recibió de inmediato.






Dentro de su ignorancia por no haber asistido ni un minuto a una escuela, estallaban de pronto, como pequeñas bombas de pólvora, los axiomas, las sentencias, los proverbios. Los había acumulado durante sus ochenta y cuatro años de vida. Una vida intensa, colmada de aventuras, plena de sinsabores y una que otra satisfacción ya olvidada. Es decir, que había nacido en la pobreza, vivido en la miseria y estaba dispuesto a regresar de donde vino, que podía afirmarse era también de pobreza.
Sin embargo, nadie podía decir que él le hubiera sacado el cuerpo a las dificultades. Por el contrario, si su familia se encontraba en otras condiciones, era porque él así lo había obtenido y decidido. Él no importaba en el conjunto familiar. Su misión la había cumplido sin quejas, sin reclamos, sin protestas. Pero tampoco se había dejado amilanar. Luchó desde que tuvo uso de razón y temía que se acercaba la cita ineludible. Es el momento en la vida de un hombre, afirmaba, en el que menos rechazos deben hacerse. La muerte no tiene compasión, ni da espera, ni otorga favores.
—Como dice el policía Mano Pello, cuando el borracho escandaloso le ofrece el trago de ron: Me lo tomo, pero de que, vas preso, vas, porque la guandoca te está esperando.
 No era una actitud complaciente, sino la aplicación de la realidad a la vida. Y en sus ochenta y cuatro años se había distinguido por rechazar, con entereza de carácter, y en no pocas ocasiones con valentía, lo que consideraba injusto para él o para sus familiares y amigos. “No me pongan a comer cuentos, porque no tengo hambre de ilusiones” respondía cuando algo le disgustaba o era contrario a sus principios.
Isidoro Macareno había nacido en Plan Parejo y jamás, en su larga vida, salió fuera de la vereda. Bajaba o subía por los cultivos de su propiedad y después de la cosecha regresaba a preparar el terreno para la siembra de la siguiente. Muy de vez en cuando, y solamente en fechas que lo ameritaban y en el recinto familiar con su gente y amigos muy escogidos, libaba unas copas de ron ñeque, preparado especialmente para él por su amigo y compadre Bienvenido Fuentes, que lo hacía mejor que los de la fábrica oficial. Nunca tomó a una mujer para salir con ella a una sala de baile, porque consideraba que el baile era asunto de locos.
—Si usted quiere saber si una pareja es de cuerdos o de locos, bájele el volumen a la vitrola y concluirá que son desmentizados. Y por añadidura, ridículos. Mover el esqueleto sin un oficio es someterse a la burla.
Sin embargo, escuchaba la música con mucha atención y resaltaba las bondades de una canción o recalcaba la letra.
—¿Usted entiende eso de la puya del bagre? ¿O la tal puya puyará?  ¿Qué vainas es balajú? ¿O el pie peluo?  ¿Y quién dijo que el ají picante pone a bailar, si los pies no comen ni chupan?
Y así, si no se le atajaba, seguía con una lista inacabable de canciones con letras sin sentido. Para él la música integraba letra y melodía y por ello consideraba que la letra era tan importante como la melodía.
El pueblo de Plan Parejo lo consideraba como un pozo de sabiduría, porque eran muy raras las cosas que se le planteaban que él no pudiera explicar, o por lo menos dar un consejo al respecto. Nadie recordaba si el viejo Isidoro Macareno había estado enfermo algún día. Por ello creían que poderes superiores al hombre, seres inconcebibles, lo protegían. Y con el paso del tiempo fue convirtiéndose en una leyenda viva de Plan Parejo y sus alrededores.
Lo conocí una mañana de domingo en que mi padre me llevó a Plan Parejo para que lo acompañara y al mismo tiempo cuidara los seis gallos que había seleccionado para ese día pelearlos con gallos provenientes de distintos lugares. Sólo por ser amigos personales, mi padre se presentó ante Isidoro inmediatamente llegó, con los gallos en las manos. Porque al viejo le disgustaba ese espectáculo. Como también rechazaba las corralejas.
—“Nada que represente la muerte de alguien o de algo, debe ser motivo de fiesta de un hombre serio, de un hombre cabal. En ninguna parte dice que Dios creó una especie para morir en una gallera o en una corraleja. Esos embelecos los inventaron los necios, los vagos, los indecentes”- recalcaba.
Por algo que aún no he comprendido, entre el viejo Isidoro y yo se trenzaron sentimientos de amistad que fueron creciendo en la medida en que me hacía hombre y porque en él siempre encontré no sólo al amigo, aun siendo yo un niño y él un hombre que había consumidos años como quien bebe vasos de agua o copas de aguardiente. Por esa razón, mi padre, que admiraba tanto o más que yo al viejo, le pidió que me recibiera como peón y me enseñara cosas que mi progenitor no podía trasladarme por vivir ocupado en otros quehaceres.
Desde la primera vez que entré a la larga y amplia sala de la casa de Isidoro, un hecho singular llamó mi atención. Colgando de la vara central del techo de palma, sostenida por dos cuerdas, una en cada punta, estaba un largo cajón. Unos dos meses después, Mariano, el menor de sus hijos y mi contemporáneo, me respondió la pregunta pertinente, diciéndome que se trataba de un ataúd que el viejo mantenía allí listo para el momento de su muerte. No quería Isidoro que hicieran gastos adquiriendo una caja, como él la llamaba, y destacaba:
—Hasta para hacer el último viaje, hay que estar preparado. Un hombre que ni siquiera trabaja en la vida para la hora de su muerte, es un desagradecido y un inoportuno, porque como uno no sabe cuándo va a morirse, si no tiene ni la caja le ocasionará problemas a la familia. La familia solamente debe llorar, cosa que tampoco debería hacer.
—¿Por qué no debe llorar la familia cuando uno muere? Le pregunté.
—Porque cuando uno muere regresa al lugar de donde vino. Y allá no hay nada a qué temerle. Si nadie regresa de ese lugar, es porque es un sitio bueno, agradable, acogedor, amañador. Si así no fuera, los que ya murieron habrían regresado protestando, pero, por el contrario, guardan silencio y se olvidan hasta de la madre que queda. Y si como dice el padre Norberto, los buenos van al lugar en que reina Dios, entonces hay que tratar de no caer en el pecado para conseguir el cupo. Por eso no le tengo miedo a la muerte, porque si vienes de la nada, te recuestas un tiempo sobre el poste de la vida y mueres para volver a la nada,
no haces más que cumplir la ley de Dios. Y en ese caso, la muerte es en verdad la vida eterna, de la que no debemos salir. Estamos entonces aquí por accidente, o tal vez por castigo. Si nadie regresa es porque allá la cosa es buena, y resulta que el lugar de castigo de que se habla, es éste. Aquí pagamos lo que debemos, no lo dudes.
Y no le comprendí. Todo lo que decía era contrario a lo que nos enseñaba el padre Norberto en la catequesis, el profesor Prioló, el profesor Enrique Sanjuanelo, Antonio Loaiza y otros profesores en sus disertaciones sobre filosofía, o en las comparaciones sobre cosas singulares que unían a la religión con las matemáticas, la química y la física. Concluía que Isidoro estaba equivocado, mucho más, porque él no había asistido a una escuela y desconocía las letras de nuestra propia lengua. No obstante, le reconocía que el hombre tenía unos conocimientos propios, adquiridos durante su larga vida, pero él solo no podía primar sobre el resto. Por eso trataba de no tragar entero lo que me entregaba.
Pasaron varios años. El niño que llegó al rancho de Isidoro Macareno se convirtió en hombre con sus propios problemas, sus propias angustias, sus propias necesidades de comprender a la vida y a la muerte, de escoger la compañera de infortunios, porque eso es el matrimonio de los pobres, de cimentar siquiera un modesto capital con el que atender las necesidades básicas de la futura parentela y otros aspectos. Pero mis sentimientos humanitarios, por un lado, la amistad sincera nacida entre el viejo y yo, no me permitían tomar vuelo y dejarlo solo cuando era entonces que requería una compañía, y yo que había relegado sin quererlo a los hijos propios de Isidoro, no podía abandonarlo y decidí hacerlo sólo cuando él muriera.
En el lapso de mi decisión hasta la hora definitiva, tuve oportunidad de conocer muchas cosas más, de recibir respuestas serias a preguntas serias. Pero el ataúd que colgaba del techo se había borrado de mis recuerdos.     
En una mañana de abril, con el cielo encapotado y listo casi para volcar sobre la tierra el contenido siempre lleno del tonel en que se guardan las aguas de lluvia, Isidoro se levantó primero que los demás, fue a la cocina, preparó el fogón con buena leña, como no alcanzaba el café molido puso una tártara sobre la candela y la colmó de granos secos de café que sembró bajo el fresco follaje de cuatro árboles de almendro y rodeado de matas de plátano, que en conjunto creaban el clima adecuado para lograr la germinación de las semillas, y una vez tostadas las fue colocando por manotadas en la piedra de moler hasta convertirlas en polvo. Fue el gratificante aroma del café molido el que me despertó y corrí a la cocina a ver qué pasaba y me recibió con una sonrisa.
—No me vayas a decir que ni siquiera puedo tostar unos granos de café para prepararlo bien caliente, me dijo.
—No, no te lo voy a decir. Pero ten en cuenta que no es una manotada, sino que has tostada más de veinte libras de café, que alcanzará para dos meses. Ojalá no pierda el aroma en ese tiempo.
—Te sorprenderás, hijo mío, cuando veas que lo que hoy he tostado y que debo moler todo, no alcanzará y que tendrás que tostar más.
—¿Y eso por qué? ¿Acaso vamos a recibir visitas que consuman esta cantidad de café molido en un mes?
—Visitas si vamos a recibir y en buena cantidad. Nunca te he hablado de esto, pero es conveniente que te enteres. Primero te agradezco no creer que caí en la chochez, ni que en la noche me hubiera vuelto loco. Estoy consciente de lo que hago y de lo que digo. Se que no vas a creerme. Tú piensas que no me doy cuenta de tu actitud cuando algo que digo lo recibes como si fueran locuras, pero en esta, en ésta hijo mío, no pongas en duda ni una letra. Te diré la verdad y no lo dudes, por favor. Voy a morir el veinticinco de este mes de abril, y por eso, además de lo que acabo de moler, debes moler más y adquirir un bulto de azúcar en la tienda de Luis Sevilla, para que atiendas a todos los que van a venir. También debes separar el dinero suficiente para comprar las otras cosas que se reparten en el velorio. Contrata a Benigno, compra dos cajas de velas, busca a los amigos que abran la sepultura en el momento oportuno, saca y orea el pantalón negro, la camisa blanca mangas largas, el par de abarcas que tengo en el baúl, nuevecitas, y el sombrero vueltiao, el de veintiuna vueltas, para poderme presentar ante San Pedro decentemente. Dile a Manuelita, la hija de Nicomedes, que venga para que me corte las uñas de los pies y de las manos porque las tengo muy largas. Se me olvidaba: cómprame un pantaloncillo primavera, porque los otros están viejos y rotos. No hagas más gastos, porque el resto es tuyo. Mis hijos saben que esta finquita es para ti, porque a ellos ya les di lo suficiente. Ojalá que no tengan muchas agallas y pretendan recibir más, porque sin pelear, por el gusto de cada uno, se fueron yendo poco a poco y te dejaron a ti la carga, por eso el último que vino a visitarme fue José María, y de eso hace cinco años, nueve meses y veintidós días. Llama al viejo Alcalá para que esté listo para limpiar la caja. No, mejor no. No le digas a nadie nada de lo que te vengo diciendo. Que sea una sorpresa. Y por favor, hijo mío, busca una mujer y forma tu hogar. No creas que te han olvidado y ya estarán diciendo que eres raro, por no decir que eres marica, porque sigues soltero. Ten hijos, aun cuando en la vejez te dejen solo, abandonado, como a trapo sucio, porque ese es el destino de los padres. No se trata del refrán que dice: Cría cuervos y te sacarán los ojos. Los cuervos no le sacan los ojos a nadie, pero los hijos si nos abandonan. Sólo si tienes plata, te rodean a la espera de que mueras rápido para luchar entonces entre ellos por sacar la mejor y la más grande de las tajadas. No importa, ten hijos, porque ellos son la satisfacción de la vida y la frustración más grande de la vida. No hay paz si no se hace la guerra, no hay tranquilidad si no luchas por establecerla, no eres rico si no te propones amasar fortuna, no importa a qué ni a quién trituras con tus ambiciones. Pero, sobre todo, no eres hombre si no tienes hijos.
—Viejo, ¿por qué tienes que hablar de la muerte, si tú te mueres solamente cuando Dios lo quiera? Además, no estás enfermo.
—Algunos alcanzamos a enterarnos de la fecha de nuestra muerte. No puedo explicarte eso, porque no sé cómo vino a mi mente, no hoy, ni anoche, ni ayer. Fue hace cinco años que comprendí que el aviso que me estaban dando era el de mi muerte en la fecha que te dije. No soy el primero en saberlo, ni tampoco el último. Pero desde el más allá no nos mandan el aviso. Algunos, la mayoría, no lo entiende. La minoría, unos pocos elegidos, logramos desentrañar el misterio y entendemos el mensaje inmediatamente. Lo raro, hijo mío, es que los que lo entendemos, sabemos que debemos guardar silencio. La gente le tiene miedo a la muerte, cuando debería ser lo contrario. El día que Clemente se mató, tú dijiste que el que se mataba era un cobarde, que violaba la ley de Dios y otras muchas cosas. Entonces, ya sabía cuándo moriría y en el silencio de mi mente dije: Nada hay de cobarde. Si Dios, como dice el padre Norberto, le dio al hombre el libre albedrío, cosa que yo no sé qué es, pero que entiendo que no requiere la guía permanente del Creador, lo facultó para vivir hasta que quisiera y morir cuando esta porquería que llaman mundo ya lo tuviera cansado. A mí no me ha cansado el mundo. Me gustaría vivir unos años más, pero con esta tembladera que le cae al viejo, ¿para qué vivir tanto?
Mantuvimos una larga charla, quizás la más larga entre los dos, mientras el uno tostaba los granos y el otro los molía. Creo que fueron por lo menos unas cincuenta libras de café las que molimos en esa mañana que no nos agotó porque cuando se trabaja y al tiempo se mantiene una charla interesante, el cansancio se mantiene apartado y el tiempo no molesta con su tic tac del reloj invisible.
Pese a la larga charla, los quehaceres cotidianos, y la espera de que cesaran las lluvias para sembrar las semillas, relegaron lejos, muy lejos, el asunto de la muerte de Isidoro. Por eso, en la madrugada del veinticinco de abril me extrañó que el viejo me pidiera que llamara a varios de los vecinos y de sus amigos, con los cuales quería tratar un asunto muy serio.
En la larga sala se encontraba una veintena de vecinos y amigos que concurrieron al llamado. Y el viejo Isidoro, dijo:
—Señor Alcalá, baje la caja que está aquí arriba de nosotros, en el techo, la limpia y si hay que repararle algo, hágalo y me dice cuánto es el valor de su trabajo. Al padre Norberto deben ir a buscarlo a Pueblo Bijao para que esté aquí mañana en la tarde. A mi comadre Julia y a su hija Miguelina, les pido el favor de bañarme y cambiarme con la ropa que estará encima del escaparate. Preparen los demás asuntos, porque a las cinco de la tarde de hoy, me voy de este mundo.
El estupor llenó la sala. Jamás habían recibido una chanza, una humorada del viejo Isidoro y si no hubo protestas en alta voz, fue quizás por el respeto que le profesaban. El






Los chulavitas, también conocidos como popol, policía política, llegaron a El Carmelo a las nueve de la noche, cuando casi todos los habitantes dormían y apenas quedaban dos o tres grupos jugando arrancón, una modalidad con naipes, o dominó. Llegaron en el mayor silencio, apoderándose del poblado con el mismo sigilo. Los jugadores fueron los primeros, que, ante la boca de los cañones de fusiles y revólveres, se dejaron conducir sin protesta y sin romper la norma impuesta, a la plaza del poblado. Poco a poco, los chulavitas fueron reuniendo a los habitantes de El Carmelo, sacándolas casa por casa, calle por calle, hasta que no quedaron ni siquiera los recién nacidos en sus cunas o en las hamacas. Los ancianos que no podían caminar con rapidez por efectos del reumatismo, alcanzaron repentinamente a movilizarse sin achaques, sin quejas ni lamentos.
El Charro dio la orden y se les informó a los reunidos en la plaza que debían quitarse sus vestidos para que no pudieran huir. Felipe del Valle protestó diciendo que su fervor por el partido conservador le impedía cumplir una orden injusta y en medio de las risas de burlas de los policías, un sable le quitó para el resto de sus días el azul de metileno como insignia y señal de su militancia política y sin más protestas quedó desnudo como los demás. Solamente quedaba vestida la bella joven Carmelina O., a la que todos, liberales y conservadores, guardaban el mayor de los respetos. Dispuestos a morir en un mismo acto, el rechazo de sus paisanos fue unánime. Ella debía quedarse vestida, pero los chulavitas buscaron a todas las niñas mayores de diez años y jovencitas no mayores de veinticinco años, para demostrar que no había preferencias ni excepciones. Si las demás niñas y jóvenes estaban desnudas, Carmelina no podía ser la excepción. Entonces los hombres primeros, luego las mujeres, los ancianos, los niños y los jóvenes, le dieron la espalda a Carmelina. Nadie del poblado, de los que quedaron vivos en el lapso de treinta horas que duró la toma policial, supo cómo era el cuerpo desnudo de Carmelina.

La conocí cuando los muchos años vividos habían maltratado su cuerpo, pero en una medida aparentemente moderada, por cuanto los muchachos del barrio que contaban desde los diez años en adelante, nos desvivíamos por lograr siquiera su atención. Tendría entonces unos cincuenta años de edad y su apariencia física competía con las de las muchachas de veinte o veinticinco años. Unas arrugas muy tenues en los párpados, de las que llaman pata de gallina, las disimulaba con afeites, guardando la lozanía de la tez facial. Los mayores nos aseguraban que la vejez puede disimularse, pero no ocultarse por completo, y en el caso de Carmelina O., se agregaba el fenómeno de su proclamada virginidad, que se erigía como un reto entre los jóvenes y por ello intentaban conquistarla sin conseguirlo, pero para nosotros esas observaciones no eran más que la frustración de muchos que perdieron el tiempo y el esfuerzo en los años anteriores, con el mismo propósito.
Carmelina fue una mujer blanca, de mediana estatura, cabellos lacios y negros, ojos verdosos, nariz perfilada, boca mediana, ostentaba una sonrisa agradable, pero sin coqueterías. Recatada, pulcra y respetuosa, permanecía impasible ante los requerimientos masculinos, sin aspavientos. Si el acoso pasaba más allá de lo normal, lo rechazaba con galantería, pero de manera firme, categórica, directa, con lo que demostraba su alto sentido de responsabilidad consigo misma. Tal vez por ello no le abrió la puerta al amor en ninguna de las fases de su vida, que estaba siempre a la luz del día.
El único pecado de Carmelina fue el de ser liberal en una época en la que la intolerancia política había alcanzado cotas elevadas y los militantes liberales buscaban la manera de acabar con todo lo que representara conservadurismo y los conservadores con el mismo fin, apoyados por un gobierno y unos gobernantes que buscaban perpetuarse en el poder por siempre jamás.
En El Limón, el pequeño poblado donde nació y vivió por los años suficientes para por su propia cuenta dirigirse a la ciudad, vivía casi permanentemente vestida de rojo y hablando de liberalismo, de doctrinas, de estatutos, de programas de gobierno, de reivindicaciones sociales y de los proyectos de las figuras destacadas de su partido, y para mantenerse actualizada, en una época en que se consideraba que las mujeres solamente estaban destinadas a las tareas de hogar, a concebir y criar hijos y guardar fidelidad a sus maridos, leyendo periódicos, folletos y libros sobre asuntos de la política. No se perdía una manifestación ni la visita esporádica de cualquiera de los dirigentes liberales, no obstante, a que su preferido fue Jorge Eliécer Gaitán Ayala, el hombre del pueblo, por el pueblo y para el pueblo. Luego, venían los demás como Benjamín Herrera, Enrique Olaya Herrera, Darío Echandía, Alfonso López Pumarejo, etc. etc. En lo regional, con don Antonio Navarro, Héctor Lorduy, Los Yances Pinedo,
Jesús Rodríguez Corrales, Jiménez al que llamaban Lamparita sin gas, Maño Pico, y otros.



En el momento en que doblaba la esquina observé la fuga precipitada de tres jovencitos, pero la soledad del entorno me dijo que no había peligro alguno ni para mí ni para ellos y no entendí la carrera presurosa con la que abandonaron la zona, hacia un lugar indeterminado sobre el cual cruzaba la carrera quinta y a pocas cuadras se erguían las torres de la iglesia de San Laureano. La pequeña historia, esa a la que no se tiene en cuenta pero que es quizás más real y verdadera que la oficial, asegura que en una ocasión, en la que dominaba al país el partido azul, se dispuso la erección del templo católico de la céntrica zona, tiempo después convertida en sede de los gobiernos regionales y de los organismos armados tras los cuales se amparaban, y le dieron el nombre, no tanto para honrar la memoria del santo, sino al verdugo que dirigía al partido, al que llamaban el basilisco.
Una pareja, también joven, en arrumacos amorosos, apareció por una de las esquinas siguientes y simularon no verme, ni siquiera cuando al tropezar con el zapato un rollo de papeles, me agaché para revisarlo y establecer su contenido. Pensé que se le había caído a uno de los que corrieron instantes antes por la calle y que desaparecieron al llegar a la calle treinta y cinco. El contenido del rollo de papeles lo transcribo a continuación, con la observación de que la escenificación de los jóvenes que huyeron y de la pareja de enamorados, no tenía otro fin que entregarme una visión diferente a la que se había divulgado oficialmente, tanto por parte del gobierno como de uno de los grupos insurgentes, quizás el primero que, con el nombre de guerrilla, apareció en el país. Si bien es cierto que formaba parte de una entidad gubernamental, en los registros de seguridad nunca me sería borrado el pasado en el que, como consecuencia de la rebeldía juvenil, milité en las juventudes comunistas, pero dentro de una de sus ramas clandestinas, tanto, que ni el aparato directivo juvenil ni del partido propiamente dicho, sabían de su existencia. A ello se agregaba la divulgación franca y abierta de mi sentido social, de mi rechazo a las acciones opresivas del gobierno, como militante activo del partido rojo, y el tratamiento humano a los que por desgracia caían en las redes del gobierno, que generalmente quedaban en mis manos. Un tratamiento adecuado a los presos, sin violencias físicas ni síquicas, tal vez porque yo había sido víctima de los sistemas de tortura oficiales, que siempre han existido. Si bien es cierto que en ocasiones se dora la píldora, en otras los gobernantes muestran el cobre y no les importa qué pueda decirse de ellos posteriormente. En uno de mis escritos, ya viejo, por cierto, aseguré que pasar las páginas del libro de la historia de mi país, era una manera de verse salpicado de sangre y de mierda, porque en esencia, eso había sido la vida nacional desde el instante aciago en que dos mundos se encontraron y los condenados a muerte o a cárcel perpetua en la supuesta “madre patria”, iniciaron los dos genocidios más aberrantes de la historia universal. Por eso los gobernantes de mi patria ignoran la historia, ante el convencimiento de que quienes la escriben se afanan más por resaltar el progreso y los programas de gobierno, que el desarrollo de las masacres, de las torturas y la infinidad de desmanes cometidos a nombre de la patria y la defensa de sus intereses y de las instituciones. No hay historia sin cosméticos, no hay historia sin mentiras piadosas. Dice el rollo de papeles:

“Fuiste elegido para guardar la realidad y la verdad de un hecho, del que no podrá hablarse en mucho tiempo, hasta que mueran los protagonistas del mismo, sin correr el peligro de retaliaciones personales y familiares. Eso pensamos hoy. ¿Quién nos asegura que en el futuro las cosas no serán peores que en estas calendas? Tu juicio ponderado, tu espíritu de entrega a las causas justas, tu sentido de equilibrio y tu conocimiento de lo que acontece en este país, no obstante ser miembro de uno de los aparatos represivos del Estado, nos garantiza que guardarás la mesura necesaria y que, si es imposible divulgar este documento, juzgarás lo que sea adecuado para preservarlo o destruirlo. Ojalá que sea lo primero y no lo segundo, porque nuestros compatriotas continuarían considerando las cosas como las acomodaron desde el principio los interesados en tergiversar la realidad. Vamos por parte:
El país gozaba de una calma relativa, una calma chicha como la describen los nativos de la zona andina, comparándola con la explosiva bebida que heredaron de los chibchas y de otras tribus indígenas que habitaron el territorio. Una calma relativa, una tranquilidad que permitía a los campesinos entregarse a la producción sin mayores temores, una paz, si es que acaso en nuestra patria ha habido paz en algún tiempo, fue pactada por los dos partidos tradicionales, para repartirse los fondos depositados en las arcas públicas, las posiciones burocráticas, la “representación del pueblo en las corporaciones legislativas y administrativas” y la alternación sacrosanta del poder  durante dieciséis años, en los cuales  “patricios” de cada partido serían presidentes por períodos de cuatro años cada uno. La tranquilidad se aposentó y los ríos siguieron tranquilos hacia sus desaguaderos naturales. Los otrora enemigos irreconciliables, sin tener en cuenta las acciones violentas, las torturas, las muertes horrorosas que se aplicaron el uno al otro, se abrazaron públicamente y se unieron a través del amancebamiento, del matrimonio, del compadrazgo y de los negocios. La felicidad era la enseña en cada rostro y todo parecía un edén bíblico.
Pero un sector del aparato del Estado no compartía la paz. No le convenía, porque solamente a través de la violencia, de la guerra civil no declarada, podían obtener lo que en la tranquilidad de la patria nunca alcanzarían. Todos los gobiernos, de todas las épocas, han encontrado en los organismos armados la llave oculta que al abrirse arroja dinero a los bolsillos de los miembros del sistema político que detenta el poder, así como enriquece a los militares y policías, que alcanzan aún imberbes los altos grados y la jubilación por contabilizar doble los tiempos en que se declara perturbada la paz nacional. Por eso, querido amigo, hay tantos zánganos con la condición de eméritos cuando apenas han rayado el medio siglo de existencia.  Una paz duradera, una paz larga, es la ruina para los militares. No hay manera de justificar los gastos porque antes que aumentar el pie de fuerza, se le reduce. Antes que adquirir armamentos, muchas veces alegando que los países vecinos se arman para atacarnos, se dispone agotar las existencias. Tampoco hay preferencias sociales ni reconocimientos familiares. La paz es para todos y eso envilece, según el criterio de ellos, naturalmente, la condición de militar o policía. Y hablamos de policías, porque desgraciadamente en nuestro país, la policía se involucra en las acciones bélicas tratándose de un organismo civil.  Pero los presidentes dictadores, aprovechan los anhelos policiales, y los equiparan a ejércitos con funciones diferentes.
La situación llevaba, en sus primeros cuatro años, una cruelísima condición para los militares. Si no se requerían más soldados para “salvar a la patria”, no se justificaban nuevos cuarteles, ni divisiones, ni brigadas, ni compra de armamentos, y, lo más grave, era necesario rebajar el número de oficiales. Durante el conflicto anterior se habían multiplicado los generales, los coroneles y los tenientes coroneles, y abierto un amplio campo para mayores, capitanes y tenientes. Las escuelas de formación se habían equiparado a universidades pese a que la instrucción era diferente. Si disminuía el número de oficiales de la cúspide hacia abajo, muchos que venían corriendo tras los grados, serían sacados a la vida común y corriente. Y en los conciliábulos militares, en los que el coronel Toval Alva se destacaba por su capacidad intelectual que lo colocaba en la cima de la inteligencia entre los oficiales militares de los últimos cien años, estudiada la situación, se le encomendó buscar, encontrar y poner a funcionar un sistema que no permitiera a los políticos continuar durmiendo en las hamacas en completa tranquilidad y menos desmontar el aparato militar. Si alguien dijo que la guerra era algo que no podía dejarse en manos de los militares, aquí los militares señalaron que la paz era un asunto tan serio que no podía seguir manejado por los políticos.





Novela
El frío se apoderó del ambiente en la extensa llanura de verdes pastizales, como signo inequívoco de la entrada del verano. Pero es un frío engañoso, porque de manera repentina y cuando el sol inicie su recorrido diario, el frío se tornará en bruma y luego en fuego. Los rayos del astro se adueñarán de todo el panorama sin dejar un resquicio de sombra, con excepción de los oasis que las pequeñas aldeas forman de uno a otro lado de los puntos cardinales, y en los pastizales en sí, los grandes árboles proporcionan un respiro al ganado que ingiere la hierba verde y corre a guarecerse bajo los ramajes para regurgitar y rumiar en silencio el alimento.
Los cambios intempestivos en el ambiente, en la llegada del verano, dejan resentido tanto al ganado como a los habitantes de la región, azotados por el sol y el viento, sin tregua alguna, durante la jornada diurna. En las noches, la humedad produce un bochorno a falta de brisas refrescantes y entonces se permanece sobre la hamaca en un vaivén de aquí para allá y viceversa, intentando cada cual formar a su alrededor una tromba de aire refrescante. Pero los sinsabores climáticos del verano, son mejor recibidos que los de la llegada del invierno, cuando todo sucede al revés. Lo único que permanece es el calor que agosta los cuerpos. La lluvia incesante y fuerte, detiene las actividades. El ganado mismo busca refugio bajo los ramajes y agacha la cabeza y baja las orejas. Es tan pertinaz la lluvia en la región, que los toros montunos, bravos ante lo que se diferencia al común de los paisajes que ven en lo profundo de las montañas, se amansa por sí mismo mientras evita que el agua se cuele por sus orejas. Es una prevención natural.
En esta mañana, sin embargo, el cambio es repentino. Del bochorno nocturno se pasa de un momento a otro al frío intenso que produce la oleada de brisas que vienen del río. El cielo permanece oscuro y se siente en el ambiente que una lluvia podría caer antes de las nueve de la mañana, si es que acaso el rigor de los rayos solares no elimina la situación.
La anciana, una mujer delgada, negra, envuelve el cuello con una toalla pequeña que siempre lleva sobre el hombro y que le sirve para secarse el sudor que le rueda de la cabeza, baña su rostro y baja impetuoso. Así, evita que le baje al cuerpo, que por sí solo, deja brotar el mismo sudor, pero con menos rigor. Sus ojos ya no son los mismos, porque los casi noventa años que ha vivido, los han desgastados. Alcanza a vislumbrar las cosas, pero ella misma repite con frecuencia, no sólo su aceptación a los designios del Creador, que da y quita la vida, sino un estribillo sin música: “Dios me la dio, Dios me la quita poco a poco. Que se haga su voluntad”. La resignación no es tanto para sus ojos sino para la integridad de su ser. Los cerca de noventa años le han enseñado que todo tiene un fin, y ella siente cercano el de su propia vida. Una vida que ha vivido plena de angustias, de sinsabores, sin un minuto de descanso para su corazón, la parte más sólida de su ser. No obstante, los embates de la mala fortuna, su corazón ha soportado golpes de toda naturaleza. Su vida sí que ha sido un calvario, piensa, pero le ha servido para resistir los golpes. Los miles de golpes violentos que, a otra de menos resistencia espiritual, la habría llevado al sepulcro desde mucho tiempo atrás. Embutida en una vieja blusa gris sin adornos y una larga falda negra, a manera de luto permanente por los muertos de su familia y por los muertos, los otros, que sabe tienen una relación muy cercana con ella, aun cuando nada tuviera que ver en ello. Hace muchos años, recuerda, fue tanto su dolor por la primera muerte, que, desde entonces, incluyendo las que no había podido establecer conexiones con su entorno, le dolían por igual. Recorrió una vez más el trayecto de la vieja alacena en la que guardaba café, azúcar, sal y otros elementos de cocina para protegerlos de las ratas y las cucarachas, metió la cuchara en el recipiente del café molido, sacó una porción y la metió en la bolsa de colar y se dirige al fogón en el que hierve una pequeña olla de barro con agua suficiente para el gasto mañanero. Agachada a un lado del fogón, alimentado con leña y charamuscas recogidas por ella todas las tardes, pone dos tazas a un lado y derrama el hirviente líquido sobre la bolsa y de éste emana el líquido ya coloreado por el polvo negro y llena casi hasta el borde las dos tazas.
Es en este momento, cuando se apresta a tomar la primera taza, cuando sabe que no está sola. Deduce que ha llegado el momento que ha esperado por años, aun cuando siente un dolor que la contrita, por no haber sentido con anticipación la llegada de alguien que está recostado al marco de la puerta mirándola en silencio, casi sin respirar. Pero siente el odio que como un viento brota del cuerpo desde la puerta hacia el interior de la humilde vivienda, y se pregunta cuál de los cientos de enemigos que sabe que existen, ha sido tan cuidadoso, tan prudente, que pudo llegar hasta el sitio sin cometer ningún desliz, sin hacer ningún ruido, más sigiloso que una serpiente, a las que ella oye reptar de uno a otro lado de la vivienda, del patio y del pequeño potrero que le corresponde. Con voz baja, casi inaudible, pregunta:
—¿Quién eres y qué buscas? Dirige, entonces, la mirada al lugar en donde sabe está el intruso. Un fuerte sentimiento, como si se tratara del golpe de un ariete que no había visto venir, se abate contra su pecho. Dice: ¿Te puedo pedir una cosa, hijo mío? El hombre, joven al que había visto por última vez quince años atrás, no le responde. La mira, pero no con el odio con el que había llegado, no obstante que éste no ha desaparecido sino acentuado, pero ahora dirigido hacia la puerta del cuarto. En silencio, le hace una seña que indica una pregunta sobre la o las personas que están dormidas o que se aprestan a salir del recinto y ella, con el mismo tono de voz, como para que adentro no la escuchen, repite:
—¿Viniste a matarlo? Si lo haces no serás castigado por nadie, ni siquiera por Dios, porque tienes razón para hacerlo. Y no sólo tú, cientos de padres, de esposos, hijos, nietos. Sabía que había de producirse un momento en que la justicia divina permitiera llegar hasta él. Lo he escondido todos estos años. Se que está arrepentido, pero eso no lo disculpa ni lo perdona. Hizo tantos males, que ahora la sed de venganza de los demás lo ahoga. Todos lo buscan, y yo lo he escondido de una y mil maneras. Lo hago, porque es mi hijo y porque los que le enseñaron a matar, no le enseñaron a esconderse ni a evadir la venganza de las víctimas.
Se encamina hasta el lado del hombre joven, cae de rodillas y le abraza las piernas y con los ojos anegados por el llanto le dice:
—¡No lo mates, hijo mío! Por lo menos no lo mates en mi presencia, porque no podría aguantar este otro golpe. Por el amor que le tienes a tu propia madre, la víctima inocente de las tropelías de este hijo mío, no manches tus manos de sangre de un asesino como mi hijo. No eres de esa calaña. Tu madre lo perdonó hace mucho tiempo, y era ella la víctima principal de los primeros actos de las tropelías de mi hijo. Ella no te perdonaría a ti, que fueras lo mismo que él. No lo hagas hijo mío, mira el dolor que brota de mi cuerpo, que ya brota sin fuerza porque emana desde hace muchos años de manera permanente. Es el dolor de madre y como las otras madres, lo he sentido en mí. Todo acto criminal de mi hijo, ha sido un golpe para mí. Pero es mi hijo y no puedo ni odiarlo ni matarlo, como muchos piensan. ¡No lo mates, por favor! Vivir, para él, es el mayor de los castigos. El estigma de sus pecados es permanente. Y eso es más que una muerte, porque es morir sin morir, es pagar una deuda que siempre está escrita y nunca se borra ni se borrará, por muchos abonos que de buena fe y de buena voluntad se vayan haciendo en la cuenta.
El joven, que había sacado un revólver que traía en la pretina y asido con la mano derecha y el cañón hacia abajo, miró a la anciana. Desde niño la había conocido. Mujer esbelta, con un cutis terso, morena clara, de ojos vivaces y un movimiento de caderas al caminar que llamaban la atención de los hombres, pero pese a ello con el recato de las mujeres bien formadas en el seno familiar, era ahora casi una piltrafa. La vejez se había apoderado de su cuerpo y ahora estaba esmirriada, enclenque, de paso bamboleante, ojos opacos, con los atributos perdidos. De risa serena y encantadora, veía ahora a sus pies a una anciana que intuía sus intenciones de matar, pero que con sus actitudes había ido derrumbando el muro del odio y abierto paso a la compasión. No por el que buscaba, que no lo merecía, sino por ella que mostraba en su rostro, en la flacidez de sus carnes en todo el cuerpo, que había sufrido inmensamente. Su juventud y su vigor habían caído ante los golpes del destino, un destino cruel, brutal, que convirtió al hijo de un niño y un joven alegre y dicharachero, en un asesino, algo más que un tigre enfurecido, que una serpiente venenosa, que mataba por instinto, porque sí, porque veía en todos al enemigo que sabía que lo buscaba. Pero el enemigo había estado siempre dentro de él. Por eso huía. No podía soportar los pensamientos ni mucho menos los recuerdos. Y ella, su vieja madre, había compartido esos sentimientos y moría lentamente buscando un refugio para él. Su odio se trocó en compasión por la anciana, y de pronto, hasta por él. La vieja miró hacia la cara del joven y le aseguró:
—No te pido más que no lo mates en mi presencia. Vienes a buscarlo, sé que eres miembro de la autoridad, y si llegas aquí es por él y como consecuencia de las tantas órdenes de captura que han sido expedidas. Si me prometes que no lo matas aquí, yo lo entrego en tus manos sin necesidad de discusiones ni de luchas. Que tu conciencia te indique lo que debes hacer.
Se levanta, y con el mismo paso menudito e inseguro, se dirige al cuarto cerrado. Abre la puerta, se escucha un diálogo a manera de susurro y unos cinco minutos después emergen la anciana y un hombre de unos cuarenta años de edad, atropellado por las circunstancias, flaco, que mira al joven que lo encañona con el revólver, mientras la anciana se interpone entre ambos. El hombre señala:
—Sé quién eres y lo que representas. Estoy a tus órdenes, pero si me vas a matar, hazlo lejos de aquí y no frente a mi vieja. Se abraza a la anciana, la mira a la cara, le da un beso y el llanto rueda por sus ojos. ¡Perdóname mamá!, casi grita y se encamina hacia el otro con los brazos extendidos y las manos juntas para que le coloque las esposas. Pero el odio se agita en el interior del joven, que logra dominarlo y le dice:
—Ramón G., tengo una orden de captura en tu contra por tres delitos de asesinato Camina delante de mí, no te voy a poner esposas y quedas libre de intentar la fuga cuando quieras. Pero cualquier movimiento que considere falso, me autoriza para disparar a tu cuerpo, aún de espaldas, alegando que trataste de fugarte ¡Vamos, andando!
Y la anciana queda en la arruinada casucha que le sirve de vivienda, aferrada al marco de la puerta, sin llanto en sus ojos, porque no tiene lágrimas qué derramar, y mira entre brumas cómo los dos hombres toman el caminito hacia quién sabe dónde. No tiene esperanzas, pero tampoco está segura de que no maten a su hijo. El momento de rendir cuentas le había llegado a su hijo, mientras que ella continuaría allí, a la espera del desarrollo de los acontecimientos y a la decisión de quien todo lo puede. Ni siquiera sabe si sentarse a descansar, o llenar su corazón y sus ojos de llanto para mantenerse, como hasta este momento, llorando por todos los muertos y por su hijo, que considera muerto en vida.
=0=
Consideraba que, si había algo que se pudiera comparar a una porqueriza campesina, en donde los cerdos permanecen acostados sobre el fango revolviéndose con los alimentos y sus propios excrementos, sería sin ninguna duda la historia de su país. Desde el encuentro de dos mundos que avanzaban, uno a marcha forzada obligado por la guerra permanente y por cualquier motivo y el otro que se movía conforme le habían enseñado los antepasados, con lentitud pero a paso seguro, el continente en general, pero su país en particular, se había sumergido en un fango de sangre y de excrementos humanos, con el mismo placer y la misma ferocidad que le trajeron los que se convirtieron, antes que en descubridores de un nuevo mundo, en unos crueles y sanguinarios  depredadores de las razas autóctonas, por simple capricho. Ante la realidad, espera que, en el futuro, habrá de tenerse cuidado al abrir las páginas del libro de la historia nacional, para no recibir los chorros de sangre ni ensuciarse las manos con la mierda acumulada, para no hablar de los dolores y los horrores sufridos por sus paisanos. Es una víctima de la violencia, pero no se incluye en las listas oficiales ni en las clandestinas porque, al cotejarlas, resalta la eterna verdad de los opresores y de los oprimidos que después cambiarán sus papeles en una forma de desquite rotatorio. Así había sido siempre y por esas razones, su país había pasado de una violencia a otra, con unos breves lapsos de reposo en la lucha, sin importar las causas, que generalmente partían de las diferencias políticas. La religión, una sola, prevalece, piensa, aprovechándose de las circunstancias. Cuando mandan los azules, los representantes de Dios son de ese color y despotrican, anatemizan y envían a los profundos infiernos a los rojos. Cuando los rojos toman las riendas, los que van al imperio de las tinieblas son los azules. Los religiosos no tienen empacho en convertirse en camaleones, con tal de que “se mantenga incólume el respeto al Dios de los ejércitos, al que todo lo puede y al que se debe la alabanza y la oración permanente”. La intención real, el propósito verdadero, es mantener poder religioso, poder económico, poder político y otras canonjías, que hicieron de la religión un aparato cogobernante sin cuya anuencia nada es legal. Lo demás es pecado. Tal vez por ello se deba que cada uno de los habitantes del país, sienta en lo más profundo de su ser la necesidad de ser violento, porque ello es una forma de expresar que se está acorde con el sentimiento divino de la violencia. No otra cosa puede esperarse de un dios que desde el principio de los tiempos dispone el uso de la violencia para apoderarse de las tierras cultivadas por otras razas para entregarlas a “su pueblo” y el respaldo con armas poderosas, por eso lo llaman Dios de los ejércitos, para imponerse a los otros pueblos y reducirlos a la nada mediante la violencia. La iglesia había mantenido el sistema y alentaba a los gobernantes para que asumieran la defensa de un dios y de su doctrina que no requerían de ello, mediante las guerras santas. A nombre de Dios ensangrentaban el mundo. Y esos que ya venían imbuidos de violencia, la sembraron desde el momento del encuentro para imponer, con la cruz de palo y la cruz de la espada, sus principios a unos pueblos que tenían otros dioses benevolentes.




Nací en un castillo, rodeado de tantas comodidades, que desde los dos días después de haber llegado a este mundo, me sentí hastiado de todo. Cientos de caras pasan por frente a mi cuna, me sonríen hipócritamente y afirman, pese a que las miro frente a frente para ver si así no se atreven a mentir, que soy la criatura más bella del universo, lo más lindo que ha llegado al reino de mi padre. Pero yo sé que no es cierto. Al momento de asomarme a este mundo cruel, escuché a la comadrona de palacio preguntarle en voz susurrante a la que le ayudaba en la tarea si había visto algo más horroroso que lo que acaba de sacar del vientre de la reina, y aquella, con mirada temerosa y buscando la forma de que mi madre no la viera ni la escuchara, respondió que parecía un sapo.
Lo bello que traje a este mundo, luego de mis grandes dones naturales para el apareamiento futuro, fue el título de Príncipe de Chochó, Conde de Zapindonga, Duque de Villa Mady, Marqués de Brinca y Salta, entre otros miles de perendengues que le otorgan a los que desgraciadamente nacen príncipes, pero sin derecho a la corona. Mi hermano, el primogénito, nacido cinco años antes, ya se prepara en las tareas necesarias para asumir el trono que pronto dejara mi padre, por abdicación si una hermosa potra y su hermana próstata arrecian sus caricias sobre el aparato genital del viejo, o por llevárselo una tuberculosis galopante que lo deja sin aires, especialmente por las noches, cuando desbocada de amor no se cansa de abrazarlo.
Mi madre, la reina, por su parte, hace esfuerzos para que el rey logre mantenerse a flote en los siguientes quince años, cuando el proceso de enseñanza del príncipe heredero termine, ante su manifiesto desprecio por los asuntos oficiales.
Mi padre, el rey, que no ignora los sentimientos de la reina, por si acaso se adelanta el viaje definitivo, designó un comité de regencia para dirigir los asuntos del trono mientras termina el proceso de formación del príncipe heredero. Así, escogió lo mejor de lo mejor entre los cortesanos y los llamó a palacio para hablar del tema. Por eso, por primera vez en la historia del reino, se sentaron a manteles el Conde Álvaro Gordo; Salvador Turcomalo, Conde de Salud; Jaime, Marqués de Comelibros y su hermano Jairo, Duque de Lora Mojada y quien sería el vocero del rey ante el pueblo dadas sus condiciones demosténicas; José María, Marqués de Chepetescondes; Julio César El Gritón, Duque de Peleacasada; Carlos, Conde de Papel Familia y otros más que por carecer de importancia se me pierden en la mente.
En la cuna me burlo de todas esas previsiones y agüeros y por ello, cuando escuché que el Conde Gordo dedicó desde su cuna todo el tiempo a comer y comer sin pausa ni descanso, y ni siquiera jugó con la caca, muestro mi regocijo ante los acontecimientos de que tengo noticia, revolcándome entre los excrementos que expulso cada dos horas, por lo menos, en medio de la furia de la nana que me tiene a su cargo, pero que nada puede decir abiertamente para no encontrarse con una salva de nueve milímetros. Es que cuando nací ya habían pasado de moda la lapidación, la crucifixión, el ahorcamiento, la guillotina y otras formas de ajusticiamiento, para entrar al corte de franela, a la motosierra y a la rociada de un elemento muy eficaz de plomo puro llamado nueve milímetros.
La reina, comprometida con los asuntos sociales de palacio, carece de tiempo para atenderme y me ve una vez a la semana cuando la nana me lleva a la puerta de palacio para que cuando ella pase por allí rumbo a la carroza real, un coche llamado limosina marca Peugeot, ponga los dedos en mi rala cabeza. Como soy tan feo, ni siquiera me mira. Yo creo que, en el fondo, la reina no me quiere, le avergüenza que sepan que parió a semejante monstruo. El rey, por su parte, me mira cada dos o tres meses. Sus frecuentes visitas a los pueblos del reino para mantener contento al populacho, que olvida los sufrimientos, el hambre, la desnudez y las enfermedades cuando su soberano se digna pasar frente a sus viviendas y mejor aún si mira hacia ellas, así como las visitas de cortesía a los reinos vecinos de Chochó, para departir con el rey García, El Cristo, y conocer sus libros de poemas; El Roble, en donde los herederos del rey Tito continúan después de varias centurias esperando que Álvaro El Eterno,  rey del universo, les explique en donde se perdieron las tropas que mandó para salvaguardar la vida del monarca que se atrevió a denunciar anomalías con los tesoros reales; El Corozal, cuyo trono se encuentra acéfalo desde que al rey Eduardo El Contento lo destronaron; a Sampuix, en donde es atendido por el rey Dagoberto El Grosero que le reserva para su uso exclusivo mientras está de visita, el harem que mantiene en el palacio llamado Motel, localizado en los bellos bosques  de ….. Mi padre viaja mucho, pero la nana comenta con el palafrenero, con el que parece tiene sus amoríos, que desde que yo nací lo hace con mayor frecuencia y por más largo tiempo.
   





 SUEÑO EN UNA NOCHE DE SIERRA FLORECIDA
El estruendo de un bombo que rodaba cuesta abajo, porque    el que lo portaba se había dormido se le salió de las manos y lo dejó caer, me sacó de la maraña de mis propias ilusiones, tejidas en la esperanza de una época mejor y en medio de las luces multicolores que adornaban las paredes, los pasillos, las salas y el patio de la lujosa residencia en que nos habíamos reunido, para presentar al alcalde el saludo de los artistas y los ruegos por una mejor atención a los cultores de las artes.
Quedé boquiabierto, al contemplar que solo los músicos de la banda y una mujer que representaba a una estatua desnuda, estábamos en el lugar. Las hermosas esculturas de mármol, de plombagina y de varillas de hierro, ya no adornaban el museo. Los escultores, como pudieron, las sacaron de allí rumbo al lujoso barrio en donde residía el alcalde. Los pintores descolgaron sus muestras y corriendo el peligro de romper las lonas, se las llevaron bajo los brazos. Los grupos de danzas recogieron entre los dedos la multitud de polleras y pollerines y se unieron a la carrera que encabezaban los de las esculturas. Los del Conservatorio de Música portaban alegremente sus violas y violines, sus violoncellos y contrabajos, sus clarinetes, bombardas y bombardinos, y los ayudantes de la orquesta sinfónica se encargaron de alzar y conducir el material de percusión. Los poetas dejaban regadas en el camino las cuartillas con hermosos versos para construir poemas. Los mimos, en sus diálogos matizados de silencio, los arlequines con sus campanillas, los payasos con sus carcajadas fingidas, los actores dramatizando los guiones unos reían, otros fingían pomposas poses como si fueran los potentados de un mundo nuevo abrazado por Midas para relucir en el entarimado, aquellos con caras de tristeza para darle notoriedad a la obra que protagonizaban mientras corrían por las calles del pueblo.
Nunca antes ni nunca jamás, podría verse tan singular carrera de los artistas. Las musas flotaban iniciando el presuroso desfile, ávidas de la notoriedad de la que nunca habían gozado en la sierra florecida. Animaban a los artistas, los arengaban, los orientaban, los instruían a gritos. ¡Corred! ¡Corred, amigos, que a donde vamos está la gloria que merecen los artistas!
Mientras ellos corrían hacia el palacio que el alcalde había adquirido, aproveché para preguntarle a los pocos que me acompañaban en el Teatro Odeón, qué había ocurrido y me respondieron que el funcionario anunció que no asistiría a la ceremonia pero que con mucho gusto los esperaba con el producto de sus mentes para admirarlo más de cerca y con mayor confianza. Lo que el alcalde no tuvo en cuenta fue el deseo de los artistas por demostrar que habían elaborado obras maestras y que sin esperar una nueva invitación se fueron con su parafernalia para el castillo.
La estatua viviente y desnuda, una forma de arte, me informó que no podía correr porque en el tubo de la vida había introducido una alegoría que podría salirse y desluciría el espectáculo. Acercándose en un fingido rapto de libidinosidad puso sobre una de mis piernas el obstruido conducto por donde penetra la simiente y brota la vida en el constante vaivén de la   reproducción y tembló de furia porque ahora no podría abrazar como quería al alcalde.
Y llegaron al palacio, pero el alcalde se protegió al mantener cerrada la verja de gruesos barrotes de acero inoxidable. En medio de la algarabía dispuso que el conjunto de acordeoneros ejecutara las melodías de su preferencia y en un discurso que de haber estado escrito no habría pasado más allá de diez renglones, les agradeció la visita y los invitó a irse a sus casas a descansar, no fuera que la ronda policial en cumplimiento del decreto de prohibición que acababa de firmar, se los llevara para la cárcel.
Le pidieron que se quedara con las obras, pero se negó. Lo que no sabían los artistas es que el alcalde, que difícilmente sabe leer y escribir, no entendía los mamarrachos, los matachines, ni la música clásica, ni las danzas modernas, ni las obras pictóricas, ni los versos encendidos de amor de los poetas. ¡Todo había sido un fracaso! La sierra florecida tendría que esperar la resurrección de los muertos, el Armagedón, para reescribir su pobre y triste historia de analfabetismo enaltecido en las urnas. Para iniciar un nuevo canto y dejar el bramido a los toros, los terneros y las vacas, para quitarse de encima la mierda de vaca que, como choza campesina, le embadurna el cuerpo, el rostro y la sesera.
Dentro de la ignorancia en que se les mantiene, los habitantes de los sectores populares se dan sus mañas para burlarse de sí mismos y de los que creen que los mantienen engañados. Cabe recordar que la mayoría (jamás diga la inmensa mayoría) de los mandatarios colombianos, con los sincelejanos y sucreños a la cabeza, retroceden en el tiempo, a las épocas en que el mayor orgullo era poseer una inmensa riqueza, porque los asuntos intelectuales estaban a cargo de los amanuenses. Una muestra: una señora estaba que explotaba de la ira, porque su pequeño hijo lloraba y lloraba y no encontraba cómo ni con qué contentarlo. Una vecina que había soportado desde las cinco de la mañana la gritería se acercó y poniendo la boca sobre la oreja del niño le susurró algo y éste calló de inmediato. La mamá, una hora después, le preguntó:
—Vecina ¿qué le dijo usted a mi hijo para que se callara?
—Le dije que, si seguía llamando la atención con sus gritos, podía oírlo el alcalde y éste sí que en verdad se lo robaba.




Desde la infancia, mantenía un miedo terrible a la posibilidad de encontrarse frente a frente con un fantasma. Los cuentos de la tía Mireya, del viejo Ladeo, que mientras adelantaba las narraciones tabaleaba insistente e incansablemente sobre el cajón de tiras de madera en que se sentaba para estas ocasiones, o las del Niño Ayala, entre muchos otros, le impregnaron la conciencia de temor hacia lo desconocido.
Pero el hombre es así. Eternamente terco, no se acomoda a lo que Dios le da, sino que busca y rebusca otras cosas dentro de una misma cosa. A veces las encuentra y entonces se habla de milagros o de invenciones. Pero su padre, realista inmutable, aseguraba que no hay nada nuevo bajo el sol. El ahora, el presente, es el mismo ayer y será el mismo mañana. Solamente el hombre, como ser, no como género, porque las mujeres también viven en el mismo cuento, se empeña en cambiar las cosas, supuestamente para mejorar su hábitat, búsqueda que en el curso de las civilizaciones ha ocasionado tragedias de las que no quedan más que vestigios desentrañables. Y eso que no comprende, el hombre entonces lo convierte en elemento de especulación.
Eso aseguraba su padre. La realidad, sin embargo, lo tenía en este momento arrinconado entre dos muros de una casona del pasado, que había quedado en ruinas después del bombardeo a que la sometieron, cuando llegaron a la zona las fuerzas de los países en conflicto. Como si cumplieran una orden de Jehová, el dios de la guerra, no dejaron piedra sobre piedra y todos los habitantes de la extensa región, conjuntamente con los soldados abatidos, a la par que los caballos, los burros y todos los animales, la llenaron de cadáveres, en tal número, que nadie quiso enterrar los cuerpos y prefirieron que se pudrieran a la luz del sol y bajo los rayos de la luna. En aquellos tiempos, decían los relatos históricos, tanto el sol como la luna y las estrellas, esparcían su luz con una estela roja, como si la sangre de las víctimas hubiera ascendido al espacio más allá de lo previsible.
La especie humana había sucumbido en diferentes ocasiones anteriores, gracias al afán del hombre por descubrir los secretos de la naturaleza. Una sola cosa parecía ser el eslabón perdido entre las civilizaciones desaparecidas y la actual: la comunicación. En todas las civilizaciones anteriores, estimaban los estudiosos, el hombre logró avances portentosos en las ciencias y las tecnologías. Pero todas llegaron al mismo punto. Comprimieron en tal forma la comunicación, que toda la historia de una de esas civilizaciones, con más de mil años de existencia, quedaba impresa en un minúsculo elemento. Que tal vez, mil años más tarde, algún niño podría encontrar y jugar con el minúsculo aparato, inservible porque se carecía de los equipos adecuados para reproducir su contenido.
Recordó en esos instantes de apremio, que una forma de disco había sido considerado similar a uno de acetato de los primeros días de la civilización que está por terminar, carcomido por los años que duró enterrado en las arenas de los desiertos y luego de otros más en las estanterías del museo de El Cairo. Él se dejó atrapar, sin poseer los suficientes conocimientos, en la tarea de desentrañar el misterio del Valle de los Esqueletos, como llamaban la extensa zona que había sido escenario de la última guerra. Y se maldecía por lo que su mente ideó en un instante de locura, como fue recoger las osamentas de seres humanos y de animales dispersados en los más de mil kilómetros cuadrados del campo de batalla. Leyó en alguna parte que el zar Nicolás I de Rusia, había construido una carretera con las osamentas encontradas en determinado lugar y se dijo que ese zar no había contado con la cantidad de esqueletos que él había visitado durante una excursión del colegio, cuando adelantaba estudios de enseñanza media.






Se dirige resuelta a la entrada del templo, sin mirar a ningún lado. Sabe que, a izquierda y derecha del lugar, se reúnen grupos de hasta ocho hombres cada uno, que se dedican a charlar sobre distintos temas sin profundizar en ninguno, por cuanto el objeto de estarse allí no es otro que el de recibir sobre sus cuerpos los vientos que bajan de la sierra y que les permite soportar los ardores de los rayos solares. El clima promedio es superior a los treinta grados y cuando no pasan las brisas el sudor les resbala por el cabello hacia el cuello y se deposita fastidiosamente en las axilas, humedeciéndoles las camisas. Otros chorros bajan por la espalda a través del canal de la columna vertebral y se depositan como en un lago, atrapados por los ropajes interiores. A ella, como mujer, le sucede igual. Se impacienta cuando el agua forma pozo inundándole el sexo y creándole, si se descuida, una especie de olor fétido. ¿Cómo definirá la academia de la lengua este hedor?
Las miradas concurren hacia ella y la detallan, en silencio, mientras mueven los labios en susurros en donde cada uno expresa el concepto sobre sus cualidades corporales. No la conocen y por ello ni siquiera se atreven a especular en relación con su comportamiento moral y espiritual.
Sabe que es bella, que tiene un cuerpo curvilíneo en el que todas las cosas están en su puesto y bien conformadas, dándole una panorámica inigualable al más exigente sibarita. Desde la sedosidad de su pelo negro, que contrasta con la blancura de la piel, un blanco atenuado que no repele a ningún ojo, unos ojos verdes, la nariz entre aguileña y chata pero que no altera la armonía del rostro, boca mediana, labios gordezuelos sin exagerar,  dientes blancos y parejos, cuello mediano, senos medianos sin llegar a la exuberancia, cintura algo delgada conforme al prototipo de la moda corriente, abdomen plano que facilita a la falda pegarse al cuerpo y resaltar una especie de tortuguita en el triángulo formado por  las piernas y el cuerpo, posaderas  levantadas, redondas, y un par de piernas bien torneadas  que llegan a unos tobillos gruesos y excelentemente formados, para rematar en dos pies delgados y cortos. Como sabe que el lado posterior de sus piernas es perfecto, usa las faldas que no son muy cortas, pero tampoco muy largas, lo que llama la atención de quienes la miran, por la perfección. Anda erguida, pero sin petulancia, y camina sin prisa, pero con seguridad, como le enseñó su tía Victoriana, cuando la preparó en el tránsito por la pasarela para participar en el reinado entre los cursos de la escuela, alzándose con la corona sin discusiones por la decisión del jurado. Sabe que es bonita, porque así se lo reconocen hombres y mujeres a cada momento.
Con disimulo y desde el automóvil de su propiedad, ha seguido con atención el modus operandi de los que asisten al templo y de los que diariamente, algunos, y en las tardes, cuando declina el sol, los demás, se están en el lugar. Cerca de un mes ha estado en los alrededores. Parquea frente al templo o en los estacionamientos permitidos de las calles adyacentes y como los vidrios ahumados de los parabrisas se lo facilitan, los baja un poco para escuchar las conversaciones, especialmente de los grupos de hombres. El templo se encuentra en medio de pequeños parques. El del frente, llamado camellón, el de la izquierda entrando y, el mayor, el de la derecha. Hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos, locos y cuerdos, otros que no son locos, pero tampoco cuerdos, jubilados, empleados públicos, dependientes de almacenes, lustrabotas, loteros, fotógrafos, vendedores de minutos para llamadas a celulares, taxistas, vendedores de frutas, de abalorios, de artesanías. Mendigos, desempleados, desempleados de profesión a los que no se puede calificar de vagos y vagos irredentos. De todas las condiciones, de variadas mentalidades, variopintos políticos, mensajeros por propinas, negros, blancos, millonarios, ricos, acomodados, pobres y miserables. De todo un poco. Y para lo que ella requiere, también ha detectado, pero con mayor énfasis cuando comienza a oscurecer, la presencia de prostitutas de la más baja condición y homosexuales en la decadencia, que no suscitan ni siquiera una mirada condolida. Las prosti y los homo, cobijados en el vocablo gay, que remplazó a sick, (enfermo), voz que pretendió y logró eliminar los vocablos “criminal”, “desviacionista” y otros, vulgares e insultantes, al iniciarse el movimiento homófilo conocido como “Liberación Gay”, por allá por 1951 en el estado de Iowa, Estados Unidos. Las prostitutas, agrupadas en “chicas prepago”, “estriptiseras”, “direccionales” y otras denominaciones, así como por especialidades en el oficio
-libadoras, terneritas, retráctiles, multiservicio, masajistas, triangulares, cuadrangulares y multifacéticas, entre otras modalidades- y los homosexuales de mediana condición hasta los encopetados y los simuladores, es decir, de los que lejos parecen y de cerca lo son, pero que evitan demostrarlo, comienzan sus actividades a las ocho o nueve de la noche en grilles, heladerías, salones de baile, etc., en donde la sola entrada es de elevado valor. Lo ha visto todo y nada la ha sorprendido.
Al tenderse en la cama del hotel, se pregunta cómo es que ha llevado su vida en tales menesteres. No encuentra respuesta a los cientos, o tal vez miles de interrogantes que se hace desde el momento ¿fatal? en que algo muy infinito la asaltó sorpresivamente sin lograr un entendimiento al respecto. Por eso, anoche, decidió que solamente la confesión, de que tanto le hablara su abuela materna mientras vivió, podría solucionarle el problema. “Confiesa tus pecados, niña, porque sólo así hallarás reposo” Sólo que ella, desde que murió la abuela Patricia, no había vuelto a un templo. En ese entonces, apenas se preparaba, a los nueve años, a recibir la primera comunión, que jamás tuvo lugar. Fue a esa tierna edad, cuando comenzó su, ahora lo considera así, calvario. Por ello ignoraba qué era confesarse, en qué consistía la primera comunión y otros asuntos religiosos. Su madre quedó en dificultades económicas y sin una profesión definida, cuando el esposo, su padre al que recuerda vagamente y al que jamás volvió a ver, la abandonó, tomó el camino fácil de abrir la entrada a la gruta misteriosa en donde se colocó el más preciado tesoro del ser humano. Después de unos seis meses, la observó en plena actividad y la sorpresa se enquistó en las profundidades de su cerebro formándosele altibajos espirituales y morales, que la llevaron a buscar por sí misma la razón de tales actos y qué deparaban a la mujer -y al hombre, indudablemente- realizarlos con tanto fervor. Pero no podía decírselo a quien no tuviera la capacidad suficiente para entenderla y orientarla, o mejor, retornarla al camino que tan temprano había dejado a un lado para internarse en la anfractuosidad de una tupida selva de marañas indudablemente diabólicas. Eso la llevó al pasado para recordar los consejos de la abuela Patricia. Y luego de sopesar las cosas, decidió que el mejor lugar era el templo de la religión que su abuela había practicado con tanto fervor mientras vivió. Y a él se encaminó con decisión, para bien o para mal.
No obstante, el propósito, no alcanzó el suficiente valor para entrar al templo y dirigirse a uno de los habitáculos dedicados a la confesión de los fieles. Dio vueltas por todos lados, se metió a supermercados, heladerías, se tomó fotografías para renovar la licencia de conducción y una hora más tarde para solicitar el certificado de antecedentes judiciales y se le pasó la mañana con las vacilaciones y las dudas. Durmió en el hotel una larga siesta y estimó que tal vez la sola intención ya le había permitido conciliar el sueño sin que el tejido de recuerdos y de propósitos la mantuviera insomne, como le estaba ocurriendo desde hacía un año. Por eso salió y sin pensar en nada ni en nadie, se internó por el pasadizo central de la que llamaban “Casa del Señor”.
Una cosa era entrar y permanecer en la mansión divina, y otra la de encaminarse a formar fila ante el habitáculo, por cuyos laterales un sacerdote iba turnando a los fieles para escucharles sus relaciones de pecado. La fila era corta esta tarde y contempló cómo los fieles se arrodillaban, se persignaban y en voz baja y por la ventanilla, entregaban una como especie de informe. Solamente los más viejos permanecían mayor tiempo en la confesión. Los jóvenes parecía que, por su corta edad, los pecados cometidos eran pocos y menos graves, porque el tiempo pasaba rápido y algunos demoraron más esperando el turno que confesándose. Una anciana prefirió enfrentar al sacerdote y se arrodilló frente a él. Vio la mano del religioso hacer ante la cara de la vieja mujer la señal de la cruz y comenzaron el diálogo. En el momento de despedirla, le colocó la mano en la cabeza y se inclinó un poco hacia adelante por lo que pudo verle el rostro. Un hombre de mediana edad, o tal vez en plena adultez, fornido, de piel negra que contrastaba con la sotana, blanca, cuya sonrisa le llamó la atención. Tomó más confianza, porque el hombre que sabe sonreír o ríe con franqueza, entiende mejor las cosas. Son terribles al momento de protestar, pero lo hacen sin dobleces. ¿Qué pena le pondría a su cascada de pecados? Recordó a una amiga de los tiempos de su vida decente, si es que alguna vez lo fue, que contó al sacerdote un pecado sexual y éste, un anciano español, pegó un grito que se escuchó como un trueno en el silencio del templo. Favorablemente entendió enseguida que había cometido un error porque al pecador hay que oírle su confesión, pero no maltratarlo. ¿Y si este moreno, la expulsaba del templo al escuchar la milésima parte de sus pecados? No importa, se responde, lo que ha de ser será.

Cuando le toca el turno ya no hay más fieles en la fila. Es la última pero no sabe a quién agradecérselo. Se arrodilla al lado del habitáculo, pero no sabe qué decir y sólo alcanza a expresar:
—Buenas tardes, padre.
—Buenas tardes, hija. Cuéntame tus pecados.
—No sé cómo principiar, padre. Es la primera vez que me confieso.
—No importa, hija. Principia por donde quieras. Lo importante es que estas aquí y que te trae un buen propósito: estar bien con Dios.
—Me interesa descargar mi conciencia, padre. Estoy cometiendo pecados desde la edad de nueve años y no quiero que se me olviden algunos que puedan impedirme más tarde acercarme a Dios.
—Hija mía, no te perturbes por eso. Dios todo lo sabe y si se te olvidan algunos de los pecados cometidos, no interesa ni la gravedad ni la cantidad, él, en su infinita sabiduría y en su infinita bondad, habrá de entenderte. La mente humana no solamente es débil, sino que a veces nos traiciona y si queremos rememorar viejas escenas, se obstina en ocultarlas. El Todopoderoso perdona esos olvidos, cuando el hombre, como especie, se muestra dispuesto a pedir el perdón. Al hombre pueden olvidársele los pecados, pero a Dios no. Él entiende nuestras debilidades, nuestras flaquezas, nuestras deficiencias. Decídete. Comienza por donde recuerdes y, aunque no haya una secuencia exacta, decláralos en la medida que te vengan a la mente.
-En estos últimos días, padre, he estado volviendo atrás en el trayecto de mi vida. Mis pecados son muchos, incontables, tal vez, y por eso me pregunto: ¿Puedo extenderme en esta confesión? Recuerde que no quiero dejar ninguno sin confesar.
-Principia, hija mía. Te informo que hay varias clases de pecados. Están los originales, que no requieren confesión. Están los veniales, que en veces no constituyen gravedad alguna y que pueden omitirse sin temer represalias, aun cuando Dios no es ser de represalias, sino de entendimiento y perdón. Están los pecados mortales. Esos sí debemos hacer el esfuerzo de no olvidarlos para confesarlos. El ser humano no debe pensar solamente en la vida terrenal. Hay otra vida prometida por el mismo Dios y es a esa vida nueva y eterna, a la que debemos prepararnos para no perderla. Como puedes ver, separa el grano de la paja y dedícale atención a lo que puede afectar tu vida futura y tu vida en el más allá, para no perder la gracia y la bendición del que todo lo puede.
—Gracias, señor, pero no creo que me alcance el tiempo, pese a las diferencias, para confesar mis pecados, a los que considero mortales en su totalidad.
—Si requieres más tiempo, ya lo analizaremos. Mientras, y no creo que puedas tener tanto pecado mortal dado a que por el tono de tu voz me pareces que eres una mujer joven, comienza y déjame a mí la tarea, como representante de Dios en este momento, de decidir qué tan graves son tus caídas.
—Gracias nuevamente, padre, porque tiene usted la bondad de la comprensión. Sí, soy una mujer relativamente joven, porque apenas tengo veinticinco años. Recuerdo, señor, que a los nueve años y cuando me preparaba para recibir la primera comunión, todo se truncó al optar mi padre por abandonar a mi madre y a mí, sin que hasta este momento haya podido saber las razones. Mi madre, jamás, se refirió al asunto ni yo se lo pregunté. Algo inexplicable me impedía hacer preguntas al respecto. Sólo sé que las cosas cambiaron y que mi preparación religiosa quedó abandonada y si seguía asistiendo a la escuela, era más por mi propio interés que por el de los demás. Mi abuela Patricia, mi verdadera y única amiga, había salido en una gira por diversos países y cuando regresó, seis años más tarde, ya me encontraba hundida hasta la coronilla en el pecado. Mi madre se perdía de la casa sin razón alguna. Como si estuviera trabajando en una oficina, salía a las siete de la mañana, bien emperifollada, y retornaba al hogar a eso de las nueve o diez de la noche toda desaliñada, como si su tarea hubiera sido de fuerza y no mental.
—Abrevia, hija mía, no matices tu relato con cosas que no vienen al caso.
—Son tan del caso, padre, que si no lo hago no podrá usted entender las circunstancias que me rodearon en ese entonces ni las razones para que hubiera caído tan hondamente en el pecado. ¿Puedo seguir?
—Sigue, hija mía, sigue, si ello es imperioso para que yo pueda entenderte, como dices.
—Mi madre se dedicó a esas inexplicables salidas desde el día siguiente en que mi padre se fue de la casa. Era como si ella lo hubiera estado deseando y esperando. Transcurrió cerca de un mes, cuando una tarde, al llegar del colegio, encontré un hombre, que no era mi padre, en la casa. Alto, delgado pero atlético, un rostro aceptable adornado por cejas negras y pobladas, una nariz bien trazada, unos ojos negros, labios delgados y un mentón algo pronunciado que lo hacía aparecer como hombre de pelea. Mi madre me lo presentó como a un compañero de trabajo, que había venido para ayudarle en el trámite de varios documentos y me insinuó que me retirara a mi cuarto desde esa hora, porque no podría atenderme y la señora del servicio doméstico le había pedido permiso para adelantar asuntos de su propia familia. Después de comer, me fui a mi alcoba y preparé las tareas y dispuse el otro uniforme para el día siguiente. La casa se encontraba en silencio y como a eso de las nueve de la noche bajé a por un vaso de agua para calmar la sed y escuché como una especie de gemidos en la alcoba de mi madre. Gemidos que confundían, según mi entendimiento a esa edad, el dolor y la satisfacción. Curiosidad de niña, una vez bebí agua, volví a subir la escalera, pero no me fui a mi cuarto, sino que con precaución me acerqué al de mi madre, que tenía la puerta entornada y se escapaba la luz interior. A medida que me acercaba subía el tono y la secuencia de los gemidos, que ahora los acompañaba con palabras sueltas de “mi vida”, “querido mío”, “mi amor”, etc. Con cuidado miré, pero no alcancé a divisar el sitio en que se encontraban. Me atreví y abrí un poco más la puerta y desde el ángulo los observé desnudos, el hombre encima de mi madre, en desarrollo de un extraño ejercicio sobre la cama. Nunca antes había visto una cosa como esa y la sorpresa me paralizó. En ese instante mi madre pegó un pequeño grito y se quedó como desvanecida y el hombre se bajó y al volverse, de pie, me vio en la puerta. Otra sorpresa más me cayó encima. Esa cosa, como las que tenían mis primitos que eran chiquitas, en él era enorme, tiesa y babosa. No dijo nada. Sólo me hizo señales para que me fuera y asustada me dirigí a mi alcoba, en donde los interrogantes sin respuestas me quitaron el sueño no sé hasta qué hora. Por la mañana, esperando el bus escolar, alcancé a verlos cuando ambos salieron y tomaron un taxi quién sabe a dónde. Esto continuó por varios días y la curiosidad me daba sed, creo que solamente para justificar mis bajadas a la nevera. Y cosa curiosa. La doméstica dejó de estar hasta las seis de la tarde “porque siempre tenía problemas hogareños que la obligaban a salir más temprano”, pero no respondía mis preguntas de por qué no cumplía el horario completo, hasta que un día me respondió que se lo preguntara a mi madre que fue quien así lo dispuso. Miguel, así se llamaba el compañero de mi madre, me hacía carantoñas sin que ella se opusiera. Como no me preguntó sobre mis nocturnas visitas a la puerta, supuse que él no la había informado. Desde la segunda vez, mientras cumplía su extraña labor, siempre buscaba la forma de mirar a la puerta sin que ella notara algo y me dejaba estar hasta cuando, con la mano, me señalaba que debía irme de allí. No sabía por qué el llamado de la curiosidad era más fuerte que el de la sensatez. Sabía que no debía hacerlo, pero todas las noches observaba el espectáculo entre curiosa y asustada, entre un llamado interior que me hacía sentir la necesidad de remplazar a mi madre debajo del cuerpo de Miguel y un lejano sentimiento que me indicaba que no era posible. Algo no estaba bien, pero no alcanzaba a dilucidad qué hacer para no recaer en el morbo de lo que más tarde supe se denominaba voyerismo. Lo cierto, padre, es que, pese a mi corta edad, ya le dije, nueve años, en ocasiones sentía primero que mi madre el brote de una sensación que salía no sé de qué parte de mi cuerpo o de mi mente e inundaba todo mi ser. Hasta el día antes de mi encuentro con otra realidad, cuando la sensación fue tan fuerte y tan profunda, tan incontenible, que gemí primero que mi madre sin estar en la cama. Miguel alcanzó a oír y para disimular mi entrometimiento, gimió varias veces mientras me señalaba que debía salir de allí. Fue un viernes en la noche y tal vez por no haberme entretenido en tareas, comencé a estar pendiente de lo que ocurriría en la alcoba de mamá mucho antes. Incluso, alcancé a ver mucho más de lo que hasta entonces no sabía que se denominaban preliminares del sexo. Y mi ser todo llegó a un punto máximo, porque miré cómo mi madre, acaballando a Miguel, tomó ese horrible instrumento, lo llevó a su boca y lo succionó por largo rato. Miguel, antes de sobrevenirle un acceso extraño, estuvo pendiente de mi presencia en la puerta. Luego intercambiaron posición y él, siempre arriba, introdujo eso en la boca de mi madre mientras dirigía, haciéndome guiños, su boca a las entrepiernas de mamá en donde sus labios y su lengua adelantaban una a manera de limpieza por los lados y luego pretendía entrar profundamente por allí. Esto quizás debió exacerbar mis sentidos hasta llevarme al gemido, que no repetí porque sabía que no debía hacerlo. El sábado, a eso de las diez de la mañana, mi madre salió para el centro de la ciudad y luego de hablar con Miguel, acordaron que él se pasaría el día en la casa y que mejor la esperaría, a lo que ella accedió. Me llamó a un lado y me pidió que no hiciera ruidos porque Miguel dormiría por largo rato y que ella vendría, tal vez, a eso de las dos de la tarde, por lo que dejaba en el calentador el almuerzo para ambos.
—¿No informaste a tu madre de lo que estaba ocurriendo?
—No padre. Sentía temor de la reacción de ella. Cierto que nunca puso una mano encima de mí, pero sus miradas y sus reproches me apenaban y me ofendían, por lo que evitaba ser blanco de ellos.
—Sigue, hija mía, con la advertencia de que, si hubieras informado a tu progenitora, tal vez las cosas habrían sido distintas. Sigue, por favor.
—Miramos cuando mamá tomó un taxi y nos separamos al mismo tiempo de la ventana. Me fui a mi alcoba, con el presentimiento de que algo debía ocurrir y que yo estaba esperándolo. No sé por qué, solo que mentalmente me encontraba acalorada, me quité el vestido y me quedé en pantaleta, tendida boca arriba en la cama y dejé la puerta entornada. Como a los diez minutos, Miguel me llamó abajo pero no le respondí. Casi enseguida escuché sus pasos en la escalera y entró a mi alcoba, diciéndome que lo perdonara pero que como había visto la puerta abierta no se imaginó que estuviera casi desnuda y por ello se atrevió a entrar. Sin embargo, ni yo me perturbé ni traté de taparme ni él me quitó la vista de encima. Le pregunté para qué me necesitaba y me mostró unos papeles que llevaba en las manos y sin esperar mi respuesta se acercó a la cama y se sentó a mi lado. No sé por qué, padre, abrí las piernas. Hizo como si fuera a entregarme los papeles y al doblarse hacia mí aparentó que había perdido el equilibrio y su mano cayó entre mis piernas en donde la dejó quieta. Me pidió perdón, pero sin apartarla y yo solamente me quedé mirándolo. Por dentro sentí un ligero temblor que me subía desde la entrepierna hacia el corazón y luego hacia la cabeza. No podía determinar qué era, pero sí sé que adquirió más fuerza cuando su mano abandonó los papeles e inició una caricia tenue con sus dedos que iban sobre un lado a otro de mi tortuguita, unas veces desde la derecha hacia la izquierda y viceversa y otras de arriba hacia abajo, pero sin llegar a donde yo quería que llegara. No hablamos una palabra. Él, que mientras yo subí a la alcoba se había despojado de sus interiores, quedando totalmente desnudo bajo la bata, fue metiendo la mano por debajo de mi interior de seda, bordado con flores azules, amarillas y verdes sobre fondo blanco, no lo he podido olvidar todavía, y al sentir sus dedos fríos sobre mi piel caliente, se me erizó la piel y el temblor se acentuó más y más. No sé a dónde volé, porque lo cierto es que mentalmente sentí elevarme cielo arriba y una sensación de asfixia me atacó, hasta el punto de que no alcanzaba a aspirar el aire antes de expirar el que ya tenía en los pulmones y fue entonces que lancé un grito que debió escucharse en toda la casa, en la que favorablemente sólo estábamos los dos. Quedó quieto observándome y luego de que entendió que mi grito no había sido de protesta sino de gozo, me quitó cuidadosamente la pantaleta y se quedó allí, en donde frotó sobre mi tortuguita sus cachetes y luego su mentón, con tal cuidado, que el enardecimiento debió ser la causa para que la cama traqueteara intempestivamente. De pronto su lengua remplazó su cara y se vino de abajo hacia arriba, por donde debió comenzar, y poco a poco deslizó su lengua caliente por mi pelvis, mi estómago, mi ombligo, hasta llegar a los incipientes senos en donde le dio a cada uno varias caricias de labios en besos encendidos y de lengua diestramente deslizada para esconderse debajo del mentón y un poco después enardecer mis orejas que debieron llegar a la rubicundez y trasladarse luego a contactar mi boca, en ese momento sedienta de labios, de caricias, de lengua, de saliva. Si, era una niña, pero mi cuerpo respondía por sí solo a los ataques de Miguel, que silenciosamente cumplía su labor sin cansancio y con seguridad absoluta. Entrelazamos nuestras lenguas largamente. Él chupaba y yo también, sin respirar. No sé cómo, al sentir de nuevo su mano sobre mi tortuguita, yo tendí la mía hacia su cosa, que había llegado a ser inmensa, tiesa, dura. Lo había deseado desde la primera vez que la miré, y ahora sentía un escalofrío al darle apretones, suaves al principio y más fuerte después, como si pudiera así torcerla, ahorcarla, despedazarla, quitársela para guardarla dentro de mí para siempre. Tomó una posición en que me dejó frente a esa cosa que yo temía y adoraba al mismo tiempo, y se enfrentó entonces a mi tortuguita llenándola de besos, pequeñas mordidas que me deleitaban hasta el paroxismo, paroxismo que llegó a su máximo grado cuando sacó la lengua y comenzó a barrer los labios de mi triángulo sin ninguna compasión, como si hubiera estado sucio y él encargado de limpiarlo de hasta la más infinita partícula de polvo. Fue metiendo poco apoco su lengua dentro de mí, bajando y subiendo por dentro de los labios, deteniéndose repentinamente en un sitio que no supe cuál, pero que conforme a su lengua sabía que era como una punta mía, allá dentro de mí, que me conmovía todo, para luego detenerse abajo, al final del triángulo, en una manera de pozo en donde oscilaba, como un péndulo, de izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Eso fue, padre, el colmo de la dicha. Teniendo su cosa entre mis manos, sin saber cómo, aun cuando ya lo había visto hacer a mi madre, la llevé poco a poco, con la mayor lentitud, al mismo tiempo que sufría los ataques en mis intimidades, hacia mi boca. Le di un beso y por su actitud supe que lo había sentido muy agradablemente, por cuanto comenzó a mover su cadera suavemente, como si temiera hacerlo con mayor fuerza para no romper nada, ni siquiera la majestad del momento, y cuando apreté la punta de ese garrote con mis labios y le pasé la lengua por la hendidura, brotó una forma como de gota acuosa, aceitosa más bien, que recibí en la punta de mi lengua, saboreé y me agradó su sabor como salobre y la dejé allí reunida con mi saliva y que tragué sin darme cuenta. Tenía tantos deseos de hacerlo, padre, que mis succiones fueron tan fuertes que él me pidió que se lo chupara con menos fuerza. Así, sin descanso y sin cansancio, continuamos por cerca de tres horas, hasta que por aproximarse el momento en que mi madre regresaría, suspendimos la agradable sesión de mi iniciación en asuntos sexuales. No hubo entre nosotros, cruce de palabras distintas a las que le señalé. Mudos, en nuestros ojos debía reflejarse la satisfacción. Acababa de perder la ingenuidad de niña, sin perder tal condición. Seguía siendo, integralmente, una niña de manera física. No supe, hasta hace pocos días, que fue allí en donde perdí la calidad de niña, espiritualmente hablando. Se rompieron todas las barreras, se superaron todos los obstáculos. Era poco lo que sabía, apenas lo visto a mi madre con Miguel y ahora una forma incompleta pero satisfactoria entre él y yo. Era como si hubiera hallado la forma de meter el agua al coco, pero sin hacerlo. El agua seguía dentro, pero el coco no era el mismo.
—¿Tampoco informaste a tu madre de esa situación, inusual para una niña de nueve años?
—No, no informé nada de lo ocurrido a mi madre, ni siquiera me preguntó cómo se había portado Miguel durante el tiempo que ella estuvo fuera del hogar. Tal vez consideraba normal y exento de indelicadeza al hombre que había remplazado a mi padre en sus sentimientos y en su cama. De paso, padre, ella, nunca más volvió a referirse a su esposo por ninguna circunstancia, ni siquiera porque se trataba de mi progenitor. Parecía que nunca hubiera existido.
—¿Volvió ese hombre a repetir lo que me acabas de confesar?
—Tantas veces, que no alcanzo a recordar cuántas. Especialmente los fines de semana, cuando mi madre salía a algo que al final no supe qué. No me buscaba, porque a todas luces era yo quien se hacía la encontradiza. La segunda vez y con el pretexto de que no le alcanzaban los brazos, me llamó a la alcoba de mi madre para que le untara jabón en la espalda y le ayudara a bañarse, lo que hice con mucho entusiasmo, porque ello justificaba el que me desnudara totalmente para no mojar la ropa de dormir. Fui, delicadamente, untándole el jabón de arriba abajo y cuando estaba acuclillada para limpiarle las posaderas, se dio vuelta repentinamente y esa cosa, en toda su extensión, golpeó mi cachete izquierdo y no solo quedó ante mis ojos sino pegada a mi boca. No resistí la tentación y aferrándola con mis dos manitas comencé a acariciarla y luego la besaba como si se tratara de algo muy especial, hasta que lamiéndola de un lado a otro la introduje en mi boca, que no alcanzaba, por lo pequeña, a rodear la cabeza de ese garrote, entonces, para mí, de un tamaño descomunal. Largo rato me entretuve, con gran placer, a esta labor. Luego, sin palabras, porque parecía que no se necesitaban, él me puso en pie y empezó a su vez a untarme jabón. La piel se me abroncaba al paso de las palmas de sus manos, deteniéndose con cuidado y mucho tacto en los asomos de mis senos por largo rato. Luego lavó esa zona y se agachó a pasar la lengua dejándome deshecha mentalmente de felicidad, para ir bajando, poco a poco hasta llegar al medio de mis piernas en donde el accionar de su lengua me elevó a no sé dónde, y dándome la vuelta, me hizo torcer un poco el cuerpo hacia abajo y sin esperarlo, colocó la lengua en el pequeño hueco de mi trasero, sin pizca de asco, obligándome a lanzar un largo gemido de felicidad. Le soy sincera, padre, no sabía que por allí se siente tanta o más agradable sensación que por la vulva. Total, que nos pasamos la mañana en el baño y él, previsoramente, había puesto la alarma del reloj que se encargó de traernos a la realidad, y tan a tiempo, que no me había terminado de cambiar cuando regresó mi madre. Fueron muchos los fines de semana en los que el reloj nos sacaba de entre las nubes de la satisfacción, siempre haciendo lo mismo.
—¿Tu madre no sospechó nada? ¿No se hacían entre ustedes algunas miradas o ademanes que pudieran delatarlos ante tu madre?
—No padre. Le repito, ni siquiera cuando estábamos solos, se cruzaban entre nosotros palabras. El silencio era el que imperaba en el entorno y apenas mis gemidos de satisfacción lo rompían. Cuando mi mamá estaba en la casa, como es obvio, interveníamos ambos en las conversaciones, casi siempre iniciadas por ella. Lo demás era como una especie de acuerdo mutuo. Sabíamos lo que queríamos y cómo lo queríamos. Ahora pienso que, si se hubieran cruzado palabras entre nosotros, el encanto se habría roto.
—¿Y eso fue todo?
—Hay más, padre. Dos días antes de cumplir los diez años, mi madre anunció que la empresa la había escogido para participar en un congreso que tendría lugar durante cinco días en una ciudad diametralmente opuesta a donde vivíamos, y que le dolía no estar conmigo en el cumpleaños y le preguntó a Miguel si había problemas en que él me acompañara en los siete días que estaría por fuera, y él respondió que ninguno, porque yo era una niña muy obediente y estudiosa. Al día siguiente, antes de salir para el congreso, mi madre me entregó un paquete con instrucciones para que lo abriera en la noche respectiva porque era mi regalo de cumpleaños. La acompañamos al aeropuerto. Era un jueves en la tarde. Al regreso, como era hora de la cena, nos sentamos a comer uno al lado del otro, lanzándonos miradas picarescas y riéndonos de ello. Después de la cena nos sentamos, uno al lado del otro en un mullido sofá de la sala y seguimos con interés dos o tres programas de televisión. Como a las diez de la noche me dijo que lanzáramos una moneda para saber en dónde nos acostaríamos, si en mi cama o en la de ellos, pero yo le dije que era mejor en la de ellos, por tener cama doble y aceptó, aparentemente satisfecho, o porque era eso lo que esperaba. Nos denudamos y nos acostamos y por largo rato nos acariciamos y besamos hasta que él señaló que era noche muy especial y que por tanto haríamos una sesenta y nueve. Le pregunté qué era eso y me explicó y al entenderle, me coloqué de tal manera, que él, cubriendo con su cuerpo todo mi cuerpecito, dejaba sobre mi cara eso bien fuerte al tiempo que hundía en mis entrepiernas su cara y su lengua no encontraba lugar que no saboreara, y yo me dedicaba a succionarle todo y a proporcionarle caricias en las cosas que le colgaban. Corriendo el riesgo de un rechazo, cuando ya teníamos cerca de media hora en esto, le puse mi dedo en el huequito de su trasero y comenzó a gemir. Parecía gustarle y fui introduciendo con cuidado mi dedo y en la medida que lo hacía él maneaba su parte baja y alzaba las posaderas como esperando que yo entrara más y más y así lo hice. Repentinamente lanzó un alto y largo gemido al mismo momento en que esa cosa comenzó a expulsar con fuerza dentro de mi boca chorros como de baba salobre, una, dos, tres y creo que hasta una cuarta vez. No sabía qué hacer, pero al notar que ello le satisfacía, tragué todo en un solo trago y sacándolo de mi boca lo lamía quitándole la baba y tragándomela. Su mirada y sus besos en mi boca y mi cuerpo me respondieron que le había agradado. Nos acostamos normalmente, me acurruqué a su cuerpo y dormimos hasta el otro día, pasándonos la mañana en el mismo ajetreo. El domingo, apenas abrí los ojos, él estaba ya sentado mirándome, me dio un beso de felicitación y puso en mis manos un estuche que contenía una cadena y un anillo de oro con esmeraldas, que me colocó. Por primera vez, me preguntó qué quería hacer con motivo de mi cumpleaños y yo, sin entender la gravedad, le respondí que quería que hiciera conmigo como lo hacía con mi madre. Me miró en silencio un largo rato y luego me indicó que aún era una niña, y que si bien era cierto que podía penetrar en mí no era aconsejable y que nos limitáramos a lo que veníamos haciendo desde tantos meses atrás. Pero para que no fuera a malentenderlo, haría un simulacro, pero sin romper mi virginidad. La pregunté qué era eso y me entregó con claridad la información. De esta manera, padre, Miguel me puso boca arriba, al borde de la cama, abrió mis piernas y tras una hora de pasarme la lengua por delante y por detrás, colocó eso en mi vulva y la restregaba de un lado para otro a lo que llamó “darme brochita”, es decir, como si se tratara de un pintor que brocha en mano pasaba la pintura sobre una pared. En ciertos momentos, hacía como el intento de penetrar, pero no pasaba de la entrada y no obstante que le pedía a gritos que rompiera lo que tenía que romper, que yo no diría nada, se negó. Hay que esperar, mínimo, dos años más, me dijo. No te apresures, que el momento llega. Y así fueron pasando los meses, en los que él, dirigiéndome con empeño, me enseñó a mover las caderas estando abajo, arriba, a medio lado, etc. A ello, agregamos la introducción de los dedos en los orificios traseros de ambos. No encuentro, reverendo, cómo explicarle la satisfacción de sentir que un hombre, aun cuando fuera con el dedo, entrara en mi cuerpo, que pedía a gritos el miembro masculino.
—¿Nunca dijiste a nadie, en tu colegio, de lo que ocurría? ¿Ni a profesores, ni directivos ni compañeros?
—Pese a mi corta edad, sabía que no era tema para conversarlo con cualquiera. Matilde, una compañerita de mí misma edad y del mismo salón, a la que cariñosamente llamaba Mati, me dijo un día que quería hablar conmigo de un pecado que había cometido y que la hacía sentir vergüenza. Le indagué si no había dicho nada a sus padres y me respondió que no, y que tampoco había querido hacerlo a las monjas ni a la madre superiora, porque creía que la expulsarían. Durante el recreo, bastante largo porque se asistía, ese día, a un partido de baloncesto, nos retiramos a un lugar seguro aparentando seguir las incidencias del juego, y ella me dijo que había sentido la debilidad de observar a su primo Camilo, un mozalbete en ese entonces de diecisiete años, para establecer cómo era un hombre desnudo. Lo siguió con cuidado y como habían quedado solos en la casa, él entró al baño y lo vio con eso en la mano que la agitaba y la agitaba. El muchacho se sorprendió al verla y ella, sin saber la razón, corrió, se puso a su lado, la tomó y continuó haciéndole de igual manera, mientras Camilo la sobaba por todos lados y alzándole la falda le metió la mano entre los cucos, acariciándola en sus intimidades. Así se estuvieron hasta que el muchacho lanzó largos y fuertes chorros de líquido baboso en un estado tal, que ella pensó que se desmayaría. Camilo comenzó entonces a bajarle la pantaleta y dirigiendo su boca a las entrepiernas, la puso al borde de la locura. Le pregunté si era posible que nos encontráramos con Camilo y me respondió que no quiso verlo más y, por otro lado, como estudiaba en otra ciudad se había ido a los pocos días después. No le conté nada de mi secreto, pero la convencí de ir a la rectoría y hablar con la madre superiora para pedirle un consejo. Nos dirigimos a ese lugar y encontramos la puerta entreabierta y en el interior se escuchaban uno susurros. Le hice señas de guardar silencio y con sigilo nos acercamos y detrás de un biombo, la madre superiora, con las faldas alzadas y acostada sobre un sofá, era penetrada por el Capellán de la Orden, el padre Ignacio. Al sentirnos no alcanzaron sin embargo a taparse con tiempo. Miré las entrepiernas de la madre superiora y poseía no una tortuguita como la mía y la de Mati, sino una señora tortuga, y el Padre Ignacio, al que cariñosamente llamábamos Nacho, tenía eso tan grande, que mi compañerita aseguró después que salían como diez de la de Camilo y pienso que eran unas dos como la de Miguel. En ese momento, padre, deseé con toda mi alma ser la madre superiora para gozar del padre Nacho y eso tan exageradamente grande. La superiora, como si nada hubiera ocurrido, bajó sus faldas y fue al escritorio, mientras el padre Ignacio se sentaba en una silla cercana. La superiora nos dijo que era necesario seguir las reglas de urbanidad y que debimos tocar antes de entrar, pero que estaba lista a escuchar qué queríamos. Mati se mantuvo en silencio y yo repetí entonces lo que ella me había contado. Momentos después, ambos nos señalaron que eso no podíamos repetirlo ni siquiera a nuestros padres, porque las urgencias del cuerpo son íntimas, pero nos citaron para el día siguiente, en horas diferentes, para tratar a fondo el asunto y darnos consejos y nos hicieron prometer que nada diríamos a nadie de la experiencia de Mati ni de lo que habíamos visto entre ellos. Lo juramos, sin que nos lo pidieran, y salimos. En el trayecto hacia el salón de clases, mi compañerita me miraba y yo la miraba, ambas en silencio. Luego nos invitamos a estar en su casa en las horas de la tarde, porque sus padres estaban en las oficinas y no llegarían hasta las siete de la noche. En mi casa dije a mi madre que debía ir a la casa de Mati para adelantar unas tareas complicadas que entregaríamos al día siguiente y que no me esperaran antes de las siete de la noche. Efectivamente, Mati estaba sola. Nos fuimos a su alcoba, cerramos bien la puerta para que no nos fueran a sorprender hablando de cosas difíciles y nos preparamos a comentar el incidente en la rectoría. Luego de reír a carcajadas por la sorpresa que mostraron el sacerdote y la monja, en nuestro corto entendimiento nos preguntábamos cómo era que ni ellos se escapaban de caer en la tentación. Veterana en los asuntos de caricias, le hacía preguntas a mi compañera sobre lo ocurrido con Camilo y dirigía mi mano hacia el lugar que ella indicaba. La frotaba, le dije que se pusiera de pie y así, ella misma, me fue suministrando sus recuerdos de la experiencia vivida con el primo, pese a que no había cómo demostrar lo que hizo con esa cosa en la mano. Luego le propuse, y aceptó sin complicaciones, que repitiéramos lo visto en la rectoría. Nos desnudamos y tomamos las posiciones, asumiendo ella el papel de la madre superiora y yo el del Capellán. Era una sensación nueva. El frote de nuestros sexos nos enardeció de tal manera, que en momentos esperaba un desmayo de Mati bajo mi cuerpo. Se retorcía, sus ojos no encontraban lugar en las cuencas y bailaban al ritmo del deseo en su primigenia batalla lésbica, igual que yo, pero con la ventaja de haber saboreado otras cosas mejores. Sin embargo, como me aseguró años más tarde una lesbiana, en toda mujer hay latente una Safo y en todo hombre un Onán para la masturbación y un sodomita para correr por la pista de arena o para que le corran en la suya. El siguiente fin de semana, propuse a Miguel aceptar que Mati, de acuerdo conmigo, asistiera durante el sábado a nuestra jornada habitual. En silencio, sólo me respondió dos horas más tarde, lo peligroso que ello podía ser si mi compañera no guardaba la misma compostura que yo. Le informé de mi experiencia con ella, y sin abandonar su prevención, me dijo que podía traerla, lo que así ocurrió. En el fondo, padre, Mati resultó más ardiente que yo. Lo cierto es que formamos una tríada que no se ha borrado de mi mente pese a los años transcurridos, ni menos en la de ella, con la que de vez en cuando rememoramos aquellos tiempos irrepetibles. Me asegura que lo ha repetido infinidad de veces con mujeres de todas las edades y condiciones, pero nada como lo nuestro, cuando ella averiguaba qué era, cómo se hacía, para qué se hacía el sexo. La experiencia nos sirvió a las dos, sin discusiones, pese a que no seguimos por la misma ruta, porque ella contrajo nupcias con Camilo y si bien no lo reprocha, de vez en cuando es él quien propone y ella acepta de inmediato. Alguna ocasión, dos tal vez, compartí con ellos esos momentos, pero sin la trascendencia que esperábamos, por lo que, cuando podemos, nos internamos las dos hacia la selva de la sabrosura.
- ¿Qué pasó con la madre superiora y el capellán?
-Que ambos, en el año lectivo siguiente, con once años de edad y espigadas como éramos, nos propusieron que los acompañáramos a retiros espirituales en un lugar montañoso y solitario, que nos permitiría conectarnos con Dios, y perdóneme inmediatamente este pecado, reverendo, lo cual aceptamos. Obtuvimos el permiso familiar y entendimos qué se pretendía de nosotras, por lo que pedí a la madre superiora y al Capellán, que no intentaran quitarnos la virginidad, porque los denunciaríamos a nuestros padres. Aceptaron y el tal retiro espiritual era solo para los cuatro. Nos dirigimos al pueblo de … y allí emprendimos a pie el camino hacia una especie de monasterio o convento, en donde, al término de una caminata de dos horas, una monjita muy bonita abrió las puertas para dejarnos entrar. En sus ojos resaltaba la felicidad de ver a dos niñas en compañía de la madre superiora del colegio de la comunidad y al capellán de este. Nos abrazó de una manera muy diciente, como para informarnos que le satisfacía tenernos allí. No vimos más monjas. El capellán fue alojado en un lugar retirado, la superiora entró a la clausura y a nosotras se nos condujo a un dormitorio especial para huéspedes. Eran las cinco de la tarde y a las seis fuimos llamadas a cenar. Entramos a un salón en donde alrededor de una larga mesa se sentaban a manteles el capellán, la madre superiora del convento, la superiora de nuestro colegio y una docena de monjas, a cuál más bella de rostro, lo que me hizo suponer de inmediato que debían poseer cuerpos esculturales, de acuerdo a como las veía sentadas a la mesa. Un ¡ooohh! de admiración nos recibió y una monjita algo mayor de edad nos condujo a los puestos que se nos había destinado. Luego de rezar una oración de agradecimiento por parte del capellán, comenzamos a comer en completo silencio y orden. Terminada la cena, frugal, por cierto, la superiora del colegio nos pidió no alarmarnos por cualquier cosa que viéramos o sintiéramos en las horas siguientes y que esperaba que nos enroláramos en una especie de fiesta que allí mismo, en el comedor, tendría lugar. Llamó a la hermana Ninfa, la que nos abrió las puertas cuando llegamos, y le pidió que señalara a la que había llamado su atención. Ella respondió que ambas, pero como sabía que solamente, y por un rato, podría tener a la escogida, me señaló con una mirada extraña, que con el paso de los años me enteré se le calificaba como mirada de lujuria. Como ella también me atrajo, no opuse remilgos de ninguna clase y me sometí a lo que se había decidido, correspondiéndole a Matilde alternar con la superiora del convento, una mujer relativamente joven — unos treinta años, por lo menos — y una media hora más tarde, como para reposar de la cena, se escuchó una campana que me informó mi pareja era un llamado al resto de monjas, unas cincuenta, que deambulaban en otros quehaceres en otros lugares del convento, para que se dirigieran a la clausura a dormir. Pasada otra media hora, se cerraron, bien cerradas, las puertas del comedor y se procedió por ellas y el capellán, a quitarse los hábitos y se nos indicó que nos deshiciéramos de las ropas que llevábamos, lo cual se hizo sin pena ninguna. Una vez desnudos, comenzó una serie de caricias entre unas y otras y el capellán con la superiora del colegio. Una verdadera orgía, en la que el capellán, un hombre como usted, padre, parecía el dios tronante cuando se sentó sobre una butaca y las dos superioras y las monjas, fueron desfilando ante él, agachándose para introducir en sus bocas esa cosa, desmesuradamente grande y gruesa. Creo que era descomunal, porque en ese momento solamente teníamos la experiencia, Matilde de Camilo y Felipe, y yo de éste. El paso de los años me permitió conocer una variedad infinita de falos, pero hasta ahora no he tropezado con ninguna similar a la del capellán. Por eso tal vez, debieron sacarme de entre sus piernas, al demorarme demasiado acariciándola y succionándola, a la par que Matilde procedió de igual manera. Mi pareja, Ninfa, simplemente la llamo con el nombre y jamás le di el título de hermana ni de sor, me demostró que cuando las puertas del convento se cierran, solamente quienes están dentro saben lo que pasa. ¡Qué mujer, padre! ¡Qué delicia! Mi inexperiencia sirvió a Ninfa para utilizar recursos linguales tal vez no practicados antes por ella. Lo cierto es que me llevó dos o tres cielos más arriba del séptimo que dicen y al corresponderme el turno, le hice de igual manera, porque en cuestiones de sexo, padre, capto todo, hasta las imaginaciones de mi pareja, y doy en igual o más medida de lo que recibí. Ninfa gemía primero y después lanzó grito tras grito, lo que atrajo la atención de todos que nos rodearon expectantes. Al ver la pieza erecta del capellán, le rogó a gritos que la penetrara, por lo que me eché a un lado y el santo varón cumplió con la obra de caridad de sacar del cuerpo de la monjita todo lo que una mujer encendida puede dar, hasta que se desmayó del gusto. A las doce de la noche se anunció que terminaba la sesión y se procedió a rifar al capellán, ganándoselo sor Simplicia, una monjita de cuerpo fenomenal y cara de reina universal de belleza, que supe había nacido en una ciudad andina, y juntos y desnudos, se metieron por una puerta que daba acceso a un discreto apartamento.
Nos concedieron permiso solamente por tres días más los de ida y regreso, pero cuando regresamos, a los diez días, fue suficiente que la superiora nos llevara personalmente a nuestras casas para que no surgieran inconvenientes ni indagaciones. La sola presencia de la religiosa fue la respuesta a cualquier interrogante, y, por el contrario, nos felicitaron por la demostración de religiosidad dada. Creo, si no estoy mal de la memoria, que fuimos dos veces más a esos retiros espirituales, porque al terminar los estudios secundarios, pasamos a la universidad, pero en diferentes ciudades.
Ese es un capítulo aparte. Al reencontrarnos Matilde y yo, en un lapso de vacaciones, intercambiamos informaciones sobre el devenir de los estudios profesionales y de lo que tras los estudios se oculta en la modalidad ahora imperante de realizar trabajos colectivos. Las tareas individuales, las investigaciones unitarias, no tienen recibo. Los profesores, para evitarse calificaciones individuales, exigen que sean en grupo y así, en vez de cien, califican cuatro de veinticinco.  Generalmente, un solo estudiante hace el trabajo por todos los demás, que aprovechan la ocasión para compartir experiencias sexuales. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Matilde y yo recurrimos a la mentira de señalar que no teníamos ninguna, por lo que gozamos la delicia de que todos, hombres y mujeres, se esmeraron por entregarnos lo poco o lo mucho que sabían de la materia, cuando en verdad, ellos se encontraban en el parvulario y ya nosotras habíamos egresado no solo de los estudios profesionales sino de especializaciones y maestrías, pero los dejamos hacer y, sin mucho esfuerzo, degustamos sus afanes. La fama de ambas corrió por las aulas, como prototipos de estudiantes que captaban y asimilaban con rapidez y practicaban con singularidad lo aprendido y algo más, lo que llamó la atención de los decanos y profesores. Al final, ambas, recibimos nuestros diplomas y certificados de haber terminado una carrera profesional con énfasis en otras áreas. La verdad, padre, es que, mediante la práctica intensiva, alcanzamos un grado de profesionales del sexo con énfasis en acrobacias de catre. Por esa razón, ninguna de las dos se atrevió a ejercer la profesión señalada en los diplomas.
De allí en adelante, sin llegar a los prostíbulos, hemos vivido del sexo. Especialmente yo, que alérgica al matrimonio, me he mantenido célibe. En los prostíbulos se cae en muchos errores, como el de depender económicamente de los propietarios y del necesario chulo, o cabrón, como dicen por estas tierras. Lo que se gana con el sudor de las entrepiernas, queda en un noventa por ciento entre ellos y una continua dependiendo de sus favores, hasta que se llega a la vejez y se pierde todo, hasta la manera y los medios de ganar un centavo. Libre de ataduras, alcancé a reunir ahorros suficientes para adquirir mi casa, un sitio de recreo, un voluminoso y fino escaparate y a seleccionar a los que mejor pagan para entregarles todo el fruto de mis experiencias, mis estudios y mis especializaciones sexuales.
Las tinieblas fueron cayendo en el poblado y el sacerdote debía asistir a una reunión de los miembros de la diócesis, por lo que pidió a la que se confesaba que si era posible suspender hasta la tarde siguiente y ella le respondió que no había impedimentos y acordaron que llegaría una hora más temprano.

—A ver hija mía, sigue tu confesión desde el punto en que la dejaste ayer.
—Con mucho gusto Reverendo y gracias por su tiempo y atención. Volviendo a Miguel, que tal vez por su interés en mí había seguido con mi madre, pese a las veleidades de esta y sus frecuentes escapadas a otros lugares del país en cumplimiento, según ella, de misiones de la empresa, él la pasó por alto y no protestó. Gozábamos, cada vez más de tiempo suficiente para retozar en la cama. Matilde venía con frecuencia en las tardes y se unía a nosotros conformando el trío que tanto nos agradaba a todos.
Una tarde en que sabíamos que no vendría ella, Miguel envió a la doméstica a una diligencia y la instruyó sobre dirigirse a su casa cuando terminara, para que no recorriera tanto trayecto y así se hizo. Para confirmar, volví a llamar a Matilde que repitió tendría que asistir con sus padres a un acto social y que sólo regresaría en la noche.
Como todas las veces, cerramos las puertas de la casa y nos sentamos en un sofá frente al televisor en donde poco a poco comenzamos a acariciarnos. En el fondo de mí, y con solamente once años, ansiaba una penetración. Anhelaba sentir primero el dolor, como me decía Miguel que sería la primera vez, y después el gozo que depara el sexo. Él fue poco a poco preparándome, y me convenció que primero debería ser por detrás la penetración, y con la lengua inicialmente, me dio una larga serie de lengüetazos que remató con el dedo gordo de la mano para que me acostumbrara a sentir entrar algo por el recto. En eso, padre, duramos algo así como dos horas y finalmente, untándome una crema que me introdujo también con el dedo, me puso bocarriba, me alzó las piernas y las abrió y fue tanteándome. El dolor fue intenso, pero las caricias iniciales paliaron lo que a todas luces era un castigo y cuando metió toda su barra en mí, y yo misma me tapaba la boca con la almohada porque sabía que gritaría del dolor, le agradecí el quedarse quieto. Dándome instrucciones para que relajara el cuerpo, porque si me movía bruscamente sentiría más dolor, estuvimos algo más de media hora. Me sorprendí yo misma cundo inicié los movimientos de mis caderas y él, con mucho tiento, movía su órgano dentro del mío hasta que alcanzamos un ritmo cuidadoso. Me escocía el dolor, pero al mismo tiempo quería que me hiciera más daño con su barra y así seguimos hasta que nos separamos para cenar. Eran las siete de la noche y habíamos iniciado a las tres de la tarde. Es que en esto del sexo las horas no se ven pasar.
Dormimos juntos, como las veces anteriores, pero él no hizo ningún intento por continuar y yo tampoco lo incité. Pasamos plácidamente el uno junto al otro toda la noche.   A las ocho de la mañana nos levantamos, al evacuar los intestinos sufrí un ramalazo de dolor y él me aplicó una crema anestésica que me calmó. Como siempre que estábamos solos, nos bañamos juntos, desayunamos y nos quedamos un rato durmiendo en el sofá y a eso de las once de la mañana desperté y él, a mi lado dormía profundamente pero su estilete estaba férreamente erecto. No sé por qué, pero mi mano fue hasta sus entrepiernas y lo tomó con delicia, apretándolo con suavidad y luego me lo llevé a la boca. Cuando despertó, me acarició los cabellos y me preguntó cómo seguía y le respondí que en el momento no sentía dolor, pero que deseaba hacerlo de nuevo. Esta vez me puso bocabajo con una pierna sobre el sofá y la otra en el piso y me fue penetrando con mucho cuidado. Volví a sentir dolor, pero aminorado quizás por el deseo yo misma me apretaba contra él para que se fuera metiendo y él, informándome que lo hacía para que si sentía dolor ya lo tenía todo adentro, empujó con fuerza hasta que sentí sus testículos pegados a mis posaderas. Qué dolor, pero qué deliciosa sensación. Una lucha incomprensible porque quería sacarlo, pero al mismo tiempo ansiaba que fuera más largo y más grueso para gozar de esa indefinible sensación que califico de masoquista, de sentir dolor y placer a un mismo tiempo. 
El resto del día y gran parte de la noche, Miguel salió muy pocas veces de mi trasero. Un experto en esas lides del sexo, el hombre parecía no sentir cansancio y su órgano, antes que decaer al término de la eyaculación, parecía recobrar alientos para mantenerlo en pie y dentro de mí bailaba un hula hula eterno. Me enseñó muchas cosas. Le agradaba que, al momento de correrse, alzara mi colita y cuando había entrado todo, apretaba los esfínteres y lo mantenía aprisionado en mi trasero en un ritmo que lo llevaba a otra dimensión. Me aseguró que, por primera vez, una mujer, pero en este caso una niña, le brindara una experiencia como esa.
Pero todo principio tiene un final. Un día mi madre salió para otra ciudad y quién sabe qué ocurrió, que dos horas después regresó a casa y nos encontró en plena faena. Le dio un plazo de una hora para que recogiera sus pertenencias y lo arrojó de la casa. Mirándonos, Miguel me indicó que al día siguiente iría por mí al colegio y así ocurrió.  Usted se preguntará qué hizo mi madre. No hizo nada. Aprovechó que yo estaba desnuda, me tiró a la cama, me abrió las piernas, comprobó que era virgen y me lanzó el calificativo de puta, yéndose para la oficina.
Había jurado que nadie evitaría que Miguel gozara de las primicias de mi vulva y al salir de la jornada escolar, él me esperaba a una cuadra. Subí a su vehículo y nos fuimos a un motel, en donde con un preámbulo de cinco minutos de caricias, me puse a su disposición. Me colocó bocarriba, al borde de la cama, me abrió las piernas, colocó su herramienta en mi gruta y entró como Pedro por su casa. Toda la tarde la pasamos en el motel haciéndome totalmente feliz.
¿Qué pasó para que Miguel se perdiera de mi vista hasta hoy? No he podido establecerlo. Fui condescendiente, hice lo que él quiso, disfrutó no de mi pasividad sino de mi silencio. Por otro lado, mi madre, ávida tal vez de sexo, fue también alargando sus ausencias del hogar. La criada, en algunas ocasiones, se quedaba en la casa para acompañarme, pero dejó de hacerlo cuando varias amigas se presentaban intempestivamente y nos encerrábamos en la alcoba para “hacer la tarea”. Entendí que se había dado cuenta o entrado en sospechas sobre la realidad de esos encierros, pero la copa se le rebosó cuando cinco compañeras llegaron un sábado a las ocho de la mañana y a la hora del almuerzo salimos desnudas para sentarnos frente a la mesa del comedor. Me notificó que ella no quería que alguien fuera a denunciarla por alcahueta o por corrupción de menores.
La soledad me mataba. No concebía pasar una noche sola en la casa. Pero ser menor de edad me impedía asistir a los establecimientos nocturnos en donde distraerme y trabar amistad con hombres y otras mujeres. No concebía tampoco el que una mujer se dedicara al lesbianismo únicamente, desechando las delicias del sexo con el hombre.
Compañeros de la universidad me pedían los dejara acompañarme en la elaboración de los trabajos encomendados por los profesores, y así, luego de terminar siempre salía a relucir el hecho de la peligrosidad de la noche en sitios solitarios y terminaban por quedarse en mi casa. Alegaba entonces que no podía profanar la alcoba materna y los convencía para compartir mi cama.




A lo largo de la historia, la contada y la ignorada, se ha dicho de mí todo lo que la mente de mis congéneres humanos ha creído es la verdad. Por eso chocan entre sí las versiones. Las que me favorecen y las que me envilecen, pero la verdad, la realidad, permanece desde el primer momento a la vista de todos, sin que ninguno la haya visto en su verdadera dimensión.
El hombre, como especie, luego de recibir el soplo divino que le otorgó el libre albedrío, no supo qué hacer con él. Divaga según sus conveniencias. Acomoda a sus necesidades la verdad y la mentira, la realidad y la fantasía. El libre albedrío, y ni siquiera de eso se dio cuenta, no es más que el principal elemento para su propia destrucción. No la colectiva, que sería lo ideal para volver a crearlo y adaptarlo a la realidad que ahora se niega a ver, sino la individual, que lo destruye poco a poco como un cáncer oculto que aflora cuando menos se le espera y no da tiempo de buscar ni encontrar la cura. Y esa individualidad, so pretexto de libre albedrío, lo frena en el camino hacia la vida eterna, y lo que es peor, a crear condiciones peligrosas para toda la especie y todas las especies, aquellas otras que no necesitan al hombre para nada. 
En el momento en que para mí desgracia fui separado de mi especie para residir al lado de los inmortales, preparaba un movimiento de protesta contra quien creó al ser humano. Sin negar sus atributos ni poderes, y más bien por ellos, me proponía señalarle, uno por uno, los errores de su obra. Porque si hay algo que reúna tantas deficiencias, tantas fallas, tantas carencias, ese es el hombre. El principal de esos errores, de esas deficiencias, es el cerebro. Allí se acumulan todos los conocimientos, todas las experiencias, todos los logros, todos los fracasos. Pero no hay manera de que las fallas sean sentidas a un mismo tiempo por todos los miembros de la especie, como para garantizar que no se volverá a incurrir en ellas. Por el contrario, lo que el uno califica como error, el otro pretende sentarlo como acierto. Y el hombre mismo discute infructuosamente sus aciertos y errores, sus triunfos y fracasos. Divide y reinarás es la frase apropiada para tratar de entender la Creación, y el hombre se ha dividido tanto, que no podría, en la hora de ahora, ni siquiera entrar en el propósito de entenderse.
Muchos piensan que, si se hubiera creado una mente colectiva, no habría razón de que la especie humana creciera y se multiplicara. Para pensar lo mismo del que está a mi lado, mejor es no pensar, y bastarían unos pocos, muy pocos, para vivir y ser un modelo de la Creación. En estos tiempos de evolución de la especie y de asimilación de experiencias y conocimientos, seríamos como unos robots, una especie de máquinas, pero el hombre ignora que no es más que una partícula infinitesimal, menor que el átomo, de una máquina inimaginable cuyo principio y fin no será visto jamás. 
Los inmortales, que me confían sus cuitas en los momentos de retozo, complacidos de sus poderosas formas de cumplir con la condición innata de humanos y dioses, me aseguran que lo peor que le puede pasar al hombre, y por ello se le arrojó del sitio que se le había destinado para vivir, es alcanzar la vida eterna. Si en un descuido, en un exceso de confianza, se le dejó sin vigilancia, se apoderó del fruto del árbol del bien y del mal, que es al mismo tiempo el del conocimiento, se corría el riesgo de que también lo hiciera con el fruto de la vida eterna. Lo más tedioso es vivir eternamente, porque ello ata a la ociosidad, a la apatía, a la indiferencia. Si voy a vivir siempre no tengo por qué acondicionar mi entorno, ni tratar de entender a mi prójimo, ni asimilar enseñanzas, ni acopiar conocimientos, ni ejercer la sabiduría.
Abrir un campo a la espiritualidad, es uno de los propósitos del hombre de estos tiempos, cansado de buscar la verdad por otros lados. Los más apreciables e importantes sectores religiosos, respaldan esos propósitos, porque ante la falta de espiritualidad es necesario trabajar por su desarrollo. Pero cuando está por llegar a la meta, cuando se propone a tomar las manijas de las puertas para abrirlas, los intereses materiales se espantan y corren a cerrar los candados, a colocar nuevas trancas. Es que, a semejanza de las actividades del hombre, como sobrevivientes de la semana, aman, ríen, pasean, se emborrachan y, en fin, degustan la satisfacción material del mundo, pero en la noche del domingo comienzan a sentir de nuevo los temores. Volver a otros siete días de tormentosos pensamientos, de aterradoras perspectivas, de eventualidades peligrosas, que tratan de esconder en desarrollo del trabajo, de tareas que dilaten los momentos de pensar.
En una ya bastante lejana ocasión, me miré ante un espejo y me extrañé que, pese al paso de las centurias, de los milenios, mientras el hombre se destruía a sí mismo y volvía, como el ave Fénix a surgir y resurgir de las cenizas del fuego que había creado para eliminarse, yo continuaba con el mismo porte varonil, con el mismo esplendor de una belleza envidiada por las mujeres de todos los tiempos, pero que indudablemente, sin discusiones, ya no era joven. De alguna manera, mi condición de hombre, de ser humano, sólo había permitido que se le frenaran los atributos exteriores a mi cuerpo. Era el deseo de los inmortales que no el mío. Me cansé de vivir eternamente, como los inmortales estaba hastiado de ser el mismo por siempre jamás. ¡Qué aburrido es vivir para siempre!  Por eso puedo asegurar que la juventud ya no llega a mí ni por contagio. Los inmortales no nos contagiamos de nada, porque para mí desgracia, como humano, no nací para vivir eternamente. Me acondicionaron como a una máquina, solamente para que por siempre jamás me mantenga a la mano del que todo lo puede en este lugar que, no obstante, a sabiendas de que soy hombre, me habilitó como a una mujer. Si los humanos supieran que sus debilidades, sus yerros, sus pecados, son situaciones comunes a los inmortales, rogarían por no encontrar la fuente de la eterna juventud, que a la larga es la inmortalidad. Para ellos no hay ni razón ni tiempo de arrepentirse, porque jamás serán enjuiciados por sus debilidades.
En un principio fui de uso exclusivo del principal de los dioses, pero ya no me acuerdo en qué momento de la eternidad me prestó a los otros dioses, a los otros inmortales. Creo que fue desde ese momento en que como consecuencia de regarse por mi cuerpo la simiente de los dioses, en las frecuentes y en veces inacabables bacanales, que adquirí la condición de inmortal, que no de dios. Ese privilegio es de unos pocos y mi tentativa de protesta por los errores cometidos en la conformación del hombre, impidieron alcanzar el otro grado, porque los que tienen el poder, incluyendo a los humanos y a las bestias, no permiten que se les hagan críticas ni mucho menos que se intente restarles poder. Es mi desgracia, es mi condena, pasar de humano perecedero a aborto de la naturaleza de ser humano e inmortal. Sí, soy Ganímedes, más hermoso que el dios Zeus, en quien se reunieron los atributos de Apolo y de Venus, que les aconseja: No busquen la vida eterna, porque ella no sirve para nada.


FIN




Es conveniente dejar aclarado desde el principio, que quien escribe estas notas no es periodista ni escritor ni poeta, y que si aparecen algunos desfases gramaticales no son más que fruto del deseo de dejar en letra de molde los recuerdos de la lejana e irrecuperable época de la niñez.
Pero el hecho de no ser ni una ni otra cosa, no quiere decir que escribamos a la ligera ni mucho menos impertinencias. Los recuerdos son la suma de una vida, y mis evocaciones se alejan en el tiempo y en la distancia y son pocos, esos sí entendidos y maestros de la literatura, los que, al referirse al pasado histórico de la hoy ciudad de Sincelejo, se refieren a las que para algunos pueden parecer pequeñeces, pero que para mí son de mucha importancia que no se pierdan. Un escritor monteriano decía que la pequeña historia no es tan menuda, y otro asegura que es ese micro mundo de las cosas aparentemente triviales, las que unidas, integran la base de la historia total de un pueblo.
Van entonces estos recuerdos de la primera época de mi vida, y tal vez gran parte de la segunda, esa que denominamos plena juventud, que de manera tan intensa forma hoy el pasado de un sector sincelejano que pasó de arrabal a centro de la futura urbe. Y digo que futura, porque si bien es cierto que no la voy a ver, sí lo harán mis hijos y mis nietos. En contra de la voluntad de los que aparecen en estos tiempos con la clara intención y amparados en el fuero de dirigentes, de acabar con Sincelejo, no lo lograrán. Por algo se dice que el pueblo es superior a sus dirigentes y llegará el momento en que la hoy Capital de Sucre, se sacuda con fuerza de la concha de la pereza y de la desidia, y reencuentre el camino que transitaba, mucho más prometedor que el actual.
La intención es traer a la memoria de quienes los vivieron y a los demás, que
La María, a tan pocos metros del perímetro central de Sincelejo, fue en otros
tiempos sede de un grupo de familias que se esmeraron por hacer las cosas
bien.  Es cierto, y jamás osaríamos restarles méritos, que sectores como los
barrios Majagual, El Bosque, La Pajuela, entre otros, escribieron la historia
de Sincelejo, La María no fue inferior.
Las corralejas de este lugar se realizaban los trece de junio en honor a San Antonio, bajo la procuraduría de don Luis Támara Salcedo, propietario del edificio desde cuyos balcones el más grande líder liberal de los últimos tiempos, Jorge Eliécer Gaitán Ayala, se dirigió y cautivó con su verbo al pueblo sincelejano, sitio en el que ahora funciona Fotocopi.
Mantuvimos estos datos en la memoria o en notas dispersas en el archivo personal, que es para nosotros un tesoro que nos enriquece y nos entretiene en los momentos en que la nostalgia amenaza nuestra tranquilidad mental. Jamás pensamos que tenían la importancia que le dieron algunos amigos que los leyeron y nos recomendaron publicarlos. No pretendemos ser escritores y respetamos a quienes, con dedicación, con esfuerzo, presentan obras escritas. Leímos en alguna parte que cada obra literaria lleva en sí parte de la experiencia del escritor, por lo que la historia se redondea desde el pasado con material reciente. No sabemos si esto que ahora presentamos a los que nos brinden la generosidad de su atención, puede considerarse historia. Para quien escribe, lo es. Y si con estos datos planteamos cosas nuevas, o reformas a las creencias mal formadas, o corregimos entuertos, bien por Sincelejo.

Para meternos en ese mundo de las evocaciones y la microhistoria, porque en el fondo se trata de la vida de una persona que tiene la ventaja de no olvidar, y conforme al ordenamiento de las notas, nos adentramos primero a lo que ha sido por siempre el alma del sincelejano: las corralejas.
Las corralejas no sólo se realizaron en las plazas Santander, El Bongo (Las Carautas), Majagual y Mochila, como lo afirman los historiadores. Aun cuando en otra fecha y en honor a otro santo, también se efectuaron en La María, hacienda de don Rogelio Támara López, rico potentado de la comarca y gran amigo del pueblo raso, de sus libertades y del folclor que lo identifica.
Por el lado derecho de su entrada, lindaba con la hacienda El Papayo, propiedad de los hermanos Samur; El Papayo, desde su entrada por la calle Ramón Guzmán, como se llamaba en ese entonces ese pedazo de la Calle Real, se extendía hasta los predios donde ahora se levanta el moderno mercado de Sincelejo. Por su izquierda, La María, abarcaba la Calle Cauca en toda su longitud.
Esta hacienda comprendía un territorio enmarcado desde su entrada principal, a unos doce metros de donde funciona ahora el taller de mecánica de César González Vergara (calle del pavé), hasta la que fuera plaza de ferias de Sincelejo.

Se jugaba ganado criollo, de mucha peligrosidad por su bravura. Fueron víctimas de esas fieras, entre los que recuerdo, mi padre Francisco Buelvas Chávez y Toribio Álvarez Támara, ambos ya fallecidos, pero no por esas cornadas. Un día cualquiera un grupo de señoritas requerían la plaza para llevar a cabo un partido de básquetbol y mi padre trató de cooperar con ellas. Acostumbrado al manejo del ganado, conocedor a fondo de cómo obedecía el ganado el canto de vaquería, intentó llevar el sólo a la manada al toril, cuando fue embestido por un toro que yendo a la cabeza se devolvió intempestivamente y lo tomó desprevenido y por tanto sin oportunidad alguna de defenderse.
En La María trabajaba un señor de nombre Elías Puente, natural de Ovejas,
que en ese momento se encontraba fuera del cuadrilátero y al escuchar los
gritos de las mujeres, no lo pensó dos veces y con las manos vacías, henchido
de valor por salvar al compañero, se arrojó al quite del animal que destrozaba
con la punta de sus cuernos a mi padre.
Al ser rescatado, lo envolvieron en unos trapos conduciéndolo en primera
instancia a la casa donde vivíamos, apreciándosele tres cornadas, todas de
gravedad: una en el abdomen, otra en la garganta y en el plato de la frente.
En ese momento y desde encima de una de las varetas de la corraleja, miraba
cómo el animal, por tres veces consecutivas empitonaba a un hombre y al
escuchar que se trataba de mi padre me bajé y corrí detrás de Elías, pero no se
qué manos providentes me sujetaron y me salvaron así de una muerte segura.
Mientras buenas personas luchaban para sacarme de la corraleja sin lograr
dominarme, porque un pelao que patalea y tira mordiscos como perro
peleando perra en calor, es cosa jodida y seria, ya el señor Elías, con una mata
de escobillas en las manos, en gesto de verdadero valor y lealtad al amigo,
distraía al toro que continuaba hociqueando el cuerpo inerte de mi padre para
que otros trataran de sacarlo de la corraleja.                                                                                                   




Por primera vez en treinta años, su cara cambió a la que quizás le alabaron cuando niño por la dulzura de sus ojos y los rasgos angelicales. Un algo interno, como un mensajero, salió de lo más profundo de su masa encefálica y comenzó a bajar a los ojos, a la nariz, a la boca y siguió a su corazón distendiendo a la vez los músculos, hasta llegar a las manos y finalmente a los pies. Hoy no sentía el cansancio de sus extremidades. Tal vez porque su cuerpo se había dilatado en una atmósfera de serenidad, de tranquilidad, de sosiego, de paz. Las manos abandonaron sorpresivamente el puño que impedía la irrigación y las cambiaba de color. De un pálido intenso a un morado negroide, como si la sangre se hubiera coagulado. Manos muertas, adoloridas, que, como todo en él, alcanzaron la insensibilidad que lo tornaron en el monstruo que todos conocían.
No había perdido su capacidad de raciocinio. Eso le facilitó el cumplimiento de su promesa y el poder dirigir a quienes lo acompañaban como perros fieles a todas las vicisitudes de sus acciones. Y no olvidó jamás que, en esa treintena de años, quienes lo idolatraban por su trabajo y por su misión, lo habrían ejecutado por la espalda con regocijo, con satisfacción. En diferentes ocasiones escuchó, unas veces los gritos de los familiares de sus víctimas y en otras el rumiar rencoroso, el odio que como sigilosa serpiente brotaba de la boca de quienes se decían sus amigos, llamándolo monstruo. Pero pese a que el odio fue el principio y fin de su misión, supo contener la ira cuando no necesitaba el sacrificio de una vida humana. Sí que conocía ambas situaciones porque las había vivido.
Sin embargo, hoy, después de tantos años, sus ojos volvían a deleitarse con el variado colorido de las montañas que rodeaban el campamento. Sus fosas nasales acopiaban y remitían a los pulmones el aire que tanto respiró sin notarlo. Aire limpio, con el olor de la clorofila de las innúmeras plantas que brotaban de la fértil tierra, o el de las aguas del río o de las quebradas que lo alimentaban. No sentía el olor a sangre derramada, a polvo sanguinolento, el humo de las armas de fuego, ni la fetidez de los excrementos de sus víctimas.
Ayer, nada más, también estuvo en esta esquina del campamento y no sintió nada de lo que ahora llamaba su atención. Tal vez el odio, la ira, el dolor de la frustración, le impidieron vivir y gozar de estas manifestaciones de la naturaleza. Pero ayer, hasta las cuatro de la tarde, no había terminado su misión en la vida, no había cumplido la promesa que hizo ante el cadáver de su padre en unos momentos que ahora no quería recordar.
La muerte de su padre. Mucho tiempo transcurrido desde entonces. Treinta años que lo marcaron para siempre. Treinta años que pasarían a la historia del país, porque indudablemente, era conocido en el país y en otros países. La primera vez que su foto apareció en las páginas de un periódico, su alegría no tuvo límites. Pero al verse en la primera plana de un periódico de otro país, rodeado de unos símbolos que no conocía porque eran letras de otro idioma, su entusiasmo llegó al cielo. No importaba que lo trataran de asesino, su foto apareció desde entonces con tanta frecuencia en periódicos y revistas del mundo, superando a los hombres más importantes del país, incluyendo al presidente de la República. Sin discusiones, su nombre sonaba por todas partes todos los días a la par de los más destacados estadistas del universo y las más famosas figuras de la farándula. Era todo un personaje, lo sabía.
Pero todo tiene un límite y ahora se preguntaba así mismo, interiormente, qué había ganado con todo lo hecho. Era tristemente famoso y ello le impedía presentarse en cualquier sitio sin llenar de pavor a quienes lo miraran. Su esposa y sus futuros hijos no levantarían la cabeza en los sitios decentes, apenados por la sangrienta historia del esposo y padre. Nadie creería que esos niños, no calcaran a su padre y se convirtieran en unos monstruos ávidos de sangre. Por fuerza de las circunstancias vivirían con él, pero en un lugar del campamento en el que no se escucharan los gritos de los torturados ni el estampido de las armas de fuego que ejecutaban enemigos o el de los fusiles cuando se adelantaban ejercicios de combate. Trataría de mantenerlos lejos de lo que era la esencia de su vida, pero no podría dejarlos en una ciudad, en donde las autoridades podrían identificarlos, localizarlos y capturarlos para someterlo a él, a la fuerza, a entregarse y enfrentar el ya incontable número de víctimas que justa o injustamente se le atribuyen, o lo peor, cumplir tareas innobles, esas que las “fuerzas legítimas del Estado” no quieren realizar para no quitarse la capa de barniz de honestidad y de pulcritud de que hacen gala. O, en el peor de los casos, abatidos por sus enemigos naturales, que en treinta años configuraran un grupo enorme de personas. No, no los someterá jamás a esas eventualidades.
Conoce a sus hombres. Sabe de lo que son capaces. Varios lo idolatran y lo siguen con lealtad. Pero otros, los más peligrosos, no rechazarían un buen fajo de billetes por traicionarlo. No encuentra respuesta del porqué de esa condición del ser humano, que cuando es cobarde no resiste una oferta. Ser cobarde es una característica esencial del traidor. No lo ha leído en ninguna parte. Lo comprobó por sí mismo en varias ocasiones en que su instinto de supervivencia le permitió conjurar los atentados contra su vida. Los más sanguinarios, los aparentemente más osados, los que usan la fuerza para crear miedo, son fáciles de desviar hacia el engaño y la traición. Por esa razón, confía apenas en cuatro o cinco de sus hombres. Y estos son callados, precavidos, cautos, con la mirada le anuncian el peligro que detectan y cumplen sus encargos sin preguntar.
Pero esta es su vida, concluye. No puede abandonarla, porque fuera de su círculo de violencia es presa fácil para sus enemigos y en el momento carece de suficiente dinero con el que sufragar los costos de un viaje a otro país. Es una camisa de fuerza que se colocó en el momento en que, en su presencia, asesinaron a su padre. Ahora no puede quitársela así por así, sin exponerse. No tanto él, porque si aún no ha llegado a la cúspide de los cincuenta años de vida, ha vivido dos o tres veces más. Mentalmente soy un Matusalén, se dice. Y ahora justifica el que los soldados y policías tripliquen el tiempo de servicio mientras se encuentran en acción de mantenimiento del orden público. Si, es cierto que los “valerosos” oficiales de oficina no tienen por qué beneficiarse de esa práctica, pero de todas maneras en las oficinas también se viven las mismas angustias, los mismos sinsabores, planeando tácticas y estrategias para ganarle al enemigo.
Esa camisa de fuerza le impide, sin un relevo adecuado y ventajoso para su familia, que es su principal preocupación, despojarse de prejuicios connaturales a su vida de peligros y de violencia. En verdad, jamás pensó dejarla sin llevar a la tumba al último de los asesinos de su padre y hoy se siente mentalmente realizado. Todo lo alcanzó conforme a lo que se prometió, a la venganza que juró ante el cuerpo inerte de su viejo. Y se siente feliz de haberlos buscado, uno por uno, a todo lo largo y ancho del país, y localizado y dado muerte con la misma sevicia con que lo hicieron con el autor de sus días. Jamás sintió compasión alguna, porque ellos no la sintieron con él ni con su hermano mayor, que por enfermedad se encuentra escondido en lugar seguro. Los otros no presenciaron esa muerte y si lo han acompañado en ocasiones, ha sido más por novelería, por conocer la violencia en toda su amplitud y porque el hombre joven siente ese llamado por el peligro, aún sin lesiones emocionales. No se arrepiente de haberles dado, directa y personalmente, la muerte. El goce fue infinito. Aunque entre uno y otro transcurrieron años, fueron doce ocasiones que gozó intensamente. Ayer nada más, y ante sus hombres, como en las anteriores ocasiones, ejecutó al último de los asesinos. Era ya un hombre anciano, sí, pero eso no le restaba méritos a su venganza. Quizás el asesino fue más feliz que él, porque cuando se llega a la senectud no se espera otra cosa que la muerte. Esa cita indefectible, inevitable, que el Creador le impuso al hombre. Pero ese mismo Creador le permitió vivir para que pagara sus delitos y fuera ejecutado por el hijo de una de sus víctimas. No siente reproches, ni vacilaciones, ni vergüenzas ni arrepentimientos. Lo hecho, hecho está.
¿Qué sigue ahora? Hasta que pueda encontrar una alternativa, permanecerá en estas actividades. Fuera de los asesinos de su padre les ha dado muerte a muy pocos. Es decir, de manera personal, directa. Los otros, es cierto que dio las órdenes, pero el trabajo lo llevaron a cabo sus hombres, de confianza o no. En esta vida de violencia, en ocasiones se obliga al hombre a ejecutar a otro, para establecer su capacidad y su temple. Esta no es vida de santos sino de violentos. Se debe demostrar que, si hay que matar al padre, a la madre, al hermano o al amigo, se hace. Sin reatos y sin reproches de conciencia. Por eso tiene un grupo reducido de hombres que son como sus manos y brazos. Hombres para los que la vida de los otros no tiene ningún valor y para los que la propia se entrega en el momento en que se presente la última hora. Sin miedos, sin temblores.

= = = = =

El Delegado del imperio del norte, que en una farsa nacional fue “elegido” por el pueblo de la Colonia en que se convirtió el país como Presidente de la República para guardar las apariencias, fue llamado al orden por el Cónsul del imperio para que cree nuevo cuarteles, aumente el número de soldados, forme a marchas forzadas en las escuelas militares a más y más oficiales, le promete nuevos equipos y armamentos que la colonia debe pagar con sus recursos y con ellos abrir más frentes de combate hasta que no quede un solo subversivo.
Ese es el motivo para que mientras el personaje violento que comienza a respirar de otra manera haya encontrado algo diferente en su vida, el “presidente” encabeza un consejo en el cual analizar la forma de complacer al imperio. Con crudeza, unos y otros, presidente y ministros, generales y comandantes y servicios de inteligencia, se cantan las verdades que el resto de los habitantes de la colonia no conocen, porque una de las maneras de lograrlo es comprometer en los programas del imperio a los que manejan los recursos económicos y los medios de comunicación están en sus manos.
= = = = =



RELATOS DE CASIANO
“TRIPITA” SE PERDIÓ EN EL MONTE”
Los acontecimientos del día ocuparon a todos en la búsqueda de cuatro niños del pueblo, que desde la mañana y después de buscar la leche en la huerta de don Gabito Torres, no fueron vistos en el resto del día. Con las madres llorando a moco tendido, los hombres se repartieron en cuatro grupos y cuatro expertos en tocar cacho acompañaron a los de la búsqueda, para dar el aviso respectivo al encontrarlos, de manera que no se perdieran los esfuerzos de todos.
A eso de las cinco de la tarde, el cacho sonó por el oriente, hacia la finca “Come si Traes” del compadre Jorge Lobelo y las explicaciones posteriores dieron cuenta que el estado físico de los desaparecidos era bueno, pero se dudaba del mental, aunque coincidían, pero eran inexplicables. No vieron nada, no sintieron nada, no escucharon nada, pero se enredaron en una bola de monte y alrededor de ella dieron vueltas hasta el cansancio, encontrándolos apeñuscados entre las gruesas venas que formaban las raíces de un árbol de bonga, agotados, sedientos y hambrientos. Por esa razón no fueron castigados, pese a obligar a todos a suspender las faenas normales del día para adelantar la búsqueda.
Tal vez por eso, los “pastores” de todas las sectas que predominaban en la región, en la que conocer un cura de la iglesia católica era cosa maravillosa que ocurría cuando viajaban al sitio, generalmente en enero, decidieron que los “cultos” fueran cortos. Como todas utilizaban el mismo templo, se turnaron para media hora de oraciones cada una, agradecidas por el hallazgo, sanos y salvos, de los muchachos, que en la plaza compartían con los otros niños y jóvenes los pocos detalles de sus peripecias del día.
El viejo Casiano, como todas las tardes de todos los días, como lo había hecho desde una fecha que hasta él mismo había olvidado, esperaba sentado en una banqueta en medio de la calle principal que los niños, preferencialmente, se sentaran a su alrededor para escucharle sus anécdotas, sus cuentos, sus chistes y hasta sus regaños. Era una especie de maestro que no exigía tareas, que no obligaba a los niños a aprenderse algunas normas, porque todo estaba implícito en sus relatos a manera de parábolas; que no pedía libros, cuadernos ni lápices. Solamente silencio y atención, que, por la calidad de los relatos, no requerían advertencia alguna para que los asistentes las respetaran. Si no prestaban atención, si se distraían o rompían el silencio, Casiano se detenía en cualquier lugar en que se encontrara hasta que retornaba la quietud y el culpable ocultaba entre las manos la cara ante la mirada de reproche de los demás.
Pero esa tarde, él, que reía por todo, sostenía una seriedad inusitada. Ensimismado, mostraba sin quererlo, que no se encontraba allí, que su mente discurría por otros caminos, otros paisajes, otras épocas y otros acontecimientos. Los niños, especialmente, lo miraban atentamente pero no encontraban en su rostro señal ninguna de tristeza, de cansancio, de dolor u otra manifestación. Guardaron silencio a la espera de que el viejo se encargara de las explicaciones si las había. Cuando el “culto” de los adeptos a la iglesia de los santos del último día finalizó en el pequeño templo de paredes de tablas, piso de tierra y techo de palmas, el círculo se hizo más denso que todos los días. Los mayores sabían que Casiano habría de referirse directa o indirectamente a los acontecimientos de aquel día que ya terminaba. Y en efecto, así fue.
“Dicen que los diablos quedan sueltos y se apoderan del mundo desde el momento del jueves santo en que apresan a Jesús, el hijo de Dios, hasta la medianoche del sábado, cuando éste abandona el infierno y se dirige, resucitado, a la casa celestial. Por eso, especialmente el viernes santo, por estas tierras alejadas del mundo y sin protección, esos diablos hacen y deshacen. Arrasan los cultivos con vientos huracanados, matan el ganado con tábanos y garrapatas venenosos, se llevan a los niños que las brujas alcanzan a reunir por descuido de los padres, y hacen muchas otras maldades. Así como la gente, los diablos son muchos y de muchas condiciones. Lo único que no tiene ningún diablo aprendiz, menor, mayor o jefe, es capacidad para amar. De allí que aseguren, y eso lo oigo desde niño y mi niñez es algo que pasó hace mucho, muchísimo tiempo, que el diablo y sus ejércitos se disolverán el día en que una mujer logre enamorar al diablo principal, Luzbel, así como a Lucifer, Satanás y los demás. El diablo dejará de serlo cuando sienta amor, un sentimiento que desde el momento en que se rebeló y principió la guerra contra Dios para apoderarse del mundo, dejó de sentir. Y hace tanto tiempo, que se olvidó del amor.
Lo ocurrido hoy, sin ser semana santa, es una muestra de que el diablo deambula sin tiempo y sin cansancio. Como el judío errante, que va de uno a otro confín de la tierra rumiando su rencor, maldiciéndose así mismo, buscando la perdición de los otros hombres para no caminar solo por los caminos del mundo.  Todos los años el primer viernes del mes seis, el mes de junio, dedicado en la antigüedad al dios pagano llamado Jano, en los territorios atrapados por las selvas, como el nuestro, uno de los diablos se lleva los niños que encuentra en los caminos solitarios. Se los lleva a Luzbel, el diablo supremo, que festeja así la fecha de su separación del cielo, engulléndolos bien asaditos, como los chicharrones que vende la familia Hoyos en el barrio La Ceiba. Con un suculento arroz con coco y yuca bien harinosa y desde la que resbala una baba amarilla que es un encanto, celebra el día en que traicioneramente atacó a sus hermanos del ejército del cielo y los derrotó, por cuanto Dios mismo salió a defenderse y contra él, que hizo todo, no hay rayos ni centellas que hagan efecto. Para atender otras cosas, tan importantes como pelear contra los rebeldes, el Constructor formó un nuevo ejército y se lo entregó a los generales Gabriel y Miguel, los Arcángeles, que desde entonces están en lucha permanente. Muchos se preguntan por qué no han derrotado al diablo, pero esos olvidan que Luzbel fue creado por Dios, que como estaba destinado a iluminar al Supremo y al trono en el palacio imperial, le otorgaron poderes de gran envergadura. Por eso la esperanza del hombre es que un miembro de su especie, una mujer, logre calar en la mente y en el corazón del diablo. La mujer es la única y la última arma que le queda al ser humano para colaborarle a Dios en la victoria de la batalla final.
Por eso desaparecen niños el primer viernes de junio, como también en la semana santa. Esa es la razón para que todos hagan los asuntos de la semana desde el domingo de ramos, de manera que el miércoles la casa esté dotada de lo indispensable y no haya necesidad de dirigirse al monte de manera solitaria y mucho menos los niños.
Pocos del pueblo recuerdan ya a la señora Lorenza, que, por su oficio de vender fritangas, le decían “Tripa Frita”. Preparaba unos chicharrones de primera clase. Hacía unas morcillas dulces que las gentes las peleaban por lo deliciosas. Vendía asaduras y migajón para hacer arroz. Pero su especialidad eran las tripas de marranos, preferible las empellas, que tronaban en la boca. Lo que falta es una mujer que además de bonita e inteligente, sepa fritarle unas buenas empellas a Luzbel, para quedar exentos de peligro.      
Lorenza tenía un hijo, el único porque lo demás fueron tres mujeres que, de tanto tragar chicharrones, asaduras y empellas, se engordaron de tal manera que murieron solteras. ¿Quién carajos carga con un manatí de grasa para la casa?  El muchacho tal vez, como los demás en el pueblo, jamás conoció su nombre verdadero por cuanto todos lo llamaban “Tripita”. Era tan flaco que se aseguraba que tenía una tenia, una lombriz de esas cuyas única función es comer y comer, pero él no se puso nunca amarillo, jipato, como dicen, ni pipón. Un cuerpo normal y no comía más de lo adecuado. Buen muchacho, indudablemente. Todos lo querían y los otros muchachos veían en él un buen ejemplo de comportamiento y de compañerismo. Sobre todo, de compañerismo.




Señor Juez: No estoy, como usted cree, imaginando una mentira para responderle. En materia de crímenes no hay, para mí, nada que inventar. La realidad supera a la fantasía, porque desde hace muchos años entendí que el crimen es innato para mí. No puedo decir que para todos los de la raza humana, porque no tengo estudios ni ilustración suficiente como para convertirme en un analista de esa fase de la vida humana, pero cual más cual menos, todo hombre, como especie, está sujeto a la posibilidad de cometer un crimen en cualquier momento y sin premeditación. Las posibilidades van a nuestro lado permanentemente.
Es cierto que me he demorado para responderle su pregunta. Pero la demora obedece a que busco muy dentro de mí y de mis recuerdos, esa primera vez que cometí un delito. No llego yo a un acuerdo, porque un sicólogo y después un siquiatra en la cárcel de Medellín, me insistieron en las dos respuestas. El uno decía que sí había sido un delito y el otro de que se trataba simplemente de un accidente. Para el crimen, me aseguraba, se necesita predisposición, luego meditación y finalmente organización para ejecutarlo. Y aquí viene mi duda. ¿Puede un recién nacido asesinar a otro ser humano encontrándose en la cuna, en la que permanece casi todo el día, que medio abre los ojos y dedica su tiempo a dormir, evacuar los intestinos y la vejiga, succionar el seno materno o el tetero para dejarla descansar y volver a dormir? Como las opiniones estaban divididas, comencé a buscar una razón, un motivo que me obligara, tan tierno en mi cuna, a cometer un asesinato y me respondo que no existía el motor que me impulsara a ello. Pero la verdad es que asesiné a otro ser humano en mi cuna, lo que me hace pensar que acaso nací para cumplir una misión que ni siquiera el Diablo, de quien tan mal se habla, fue capaz de hacer. Es cierto, todas las muertes no son provocadas por otro ser humano. Tal vez es así y por ello se asegura con frecuencia que todo es resultado de un accidente. Pero si no fuera una falta de respeto, le preguntaría a usted y le exigiría que me confesara si cree que un recién nacido pueda, adrede, cometer un delito de esa magnitud. Hoy tengo más de cincuenta años, me acerco más bien a los sesenta, y desde que tengo uso de razón me pregunto mentalmente, cómo fue que maté a otro. ¿Acaso nací para criminal? Conforme al acontecer de mi vida, parece que sí.  Antes de cumplir los quince años había asesinado a cuatro personas. No por hacerlo, si no por las circunstancias. Hombres como usted, con la distinción de jueces, aseguraron que no, luego de declararme inocente de la muerte de dos individuos que llegaron a matar a mi padre y yo me interpuse en el camino. Los siguientes, aseguraron los jueces, unidos a los primeros conocidos, me convertían de hecho en un asesino. Pero le puedo afirmar que no hubo intención de matarlos. Fueron las circunstancias. O ellos o yo. Alguien debía morir y fueron ellos. Mi cuna seguía derramando sangre y, de acuerdo a lo ocurrido ayer, en donde no maté a nadie, pero se me encontró en el momento en que sacaba de la espalda de un amigo un chuzo de hierro, sirvió para adjudicármelo.  El guardián no dijo todo lo que vio, porque era amigo de Grisales, pero saqué el chuzo, lo lancé con vigor contra el tipo que huía para dejarme con la culpa y lo atravesé, tan limpiamente, que fue mi perdición. Ambas muertes no permitían pensar otra cosa que decir que fueron hechas por una misma persona, yo.
No se preocupe, señor Juez. El que debe preocuparse es su secretario, porque por primera vez en sesenta años, voy a referirme a mis crímenes. Los de verdad y los que me adjudicaron, por aquello de cría fama y acuéstate a dormir. A esta edad ya no necesito matar a nadie. Por cualquier plato de comida, otro preso lo hace, con mucho gusto, por mí. Para noventa y nueve de cada cien presos que se arraciman en esta cárcel, sería motivo de orgullo estar al servicio de quien aparece como el más grande asesino del país y tal vez del mundo. O como el que tuvo el valor suficiente para matarme, cosa que no descarto, porque en gran medida es cierto que el que a hierro mata, a hierro muere. Mi demora, señor juez, se debe a un viaje al pasado. Fui a la cuna ensangrentada, volví a preguntarme cómo y se repitió en mi mente la escena, como en una película en la que yo era el artista principal y, cosa rara, el único espectador en la sala en que fue presentada. ¡La cuna sangrienta!, llamo a mi propia película. Actor, espectador, guionista, director, maquinista de la sala de cine y único espectador. Allí está el principio del fin de mi película. Porque todos nosotros, usted entre ellos, señor juez, no somos más que personajes de una película que empezó a filmarse quién sabe cuándo y aún siguen las sesiones de grabación. Si mueren las figuras principales, los actores del elenco, los dobles, directores, guionistas, camarógrafos, músicos y demás, son remplazados de inmediato y los directores se van relevando en la medida en que también mueren, para tratar de llegar al fin. Sólo que el productor, en este caso Dios, no permite que la película se acabe e introduce modificaciones que uno no espera, la mayoría absurdas, sin sentido, pero otras, muy pocas, esplendorosas, de una altura intelectual inigualable. Mientras la película sea apoyada por el productor, la comedia de la vida seguirá filmándose. En mi caso particular, ya el fin está cercano, pero a mí sí que me dejan poner la palabra fin, luego de dos horas de proyección. Porque eso es una película. Hilvanar hechos que muchas veces acaban cuando uno no lo espera.
Mi nombre, Isaías, que usted sabe porque desde aquí lo leo en la carátula del mamotreto que reposa a su lado Mi apellido no importa. Nací en un pueblo que se llama Caucasia, y por eso me lo pusieron como apodo. Pregunte por “Caucasia” el asesino y le darán todos los datos que quiera, pero no pregunte por Isaías J., que muy pocos conocen en el mundo del crimen. Nací en un hogar que era todo un ejemplo de bondad, de cariño, de amor filial, de honestidad, de honradez, de trabajo, de respeto hasta de uno mismo. Desgraciadamente mi padre se involucró en la política, no para aspirar a nada porque fuera del trabajo en el campo nada sabía del mundo y mucho menos de la política y del gobierno. Caprichos que le dan a uno y que a él le salió bastante caro. Pagó con su vida y la de los suyos y la destrucción de un hogar que había levantado a fuerza de machete, de pala, de cavadores, de semillas, de limpieza de rastrojos, trabajando de sol a sol.
Alcancé, con mucho esfuerzo, entrar a la escuelita de la vereda, pero sin pasar más allá de las cosas más elementales. Hoy, ni siquiera puedo leer bien un periódico, porque cancaneo tanto, que algunos creen que soy tartamudo. Lo demás fue trabajo. En el momento en que moría, y duró cerca de tres horas para hacerlo porque en el lugar que estábamos escondidos no había manera de ayudarlo sino de verlo morir, me dijo que no podía irse sin contarme la historia de mi vida. Yo me reí, porque en ese momento apenas tenía doce años y le pregunté que, si acaso no era su vida la que debía referirme y me ratificó que no, que era la mía. Sorprendido de que mi padre supiera más de lo que yo sabía, por lo menos trascendente, me informó que mi madre dio a luz a dos niños en el último parto de su vida, porque después no pudo reponerse de un raro mal que le cae a las mujeres en el momento de parir, y uno de ellos era yo. Sin proponérmelo le pregunté dónde estaba el otro, al cual no conocía. Y me dio la noticia más cruel que puede dársele a un ser humano. Yo había matado a mi hermano y por eso no se había levantado conmigo. Me quedé estupefacto. Un sudor cubrió mi cuerpo y un temblor se ocupó de mí por varios segundos. Mi padre me llamó al orden. Si bien fuimos una familia en paz, no había dejado de ilustrarnos con ejemplos, la necesidad de no evadir los retos de la vida por muy peligrosos que fueran. Ustedes no van a matar a nadie, pero tampoco se van a dejar matar. Sabíamos, por la situación de la región y por lo que acababa de ocurrir, que estábamos en grave peligro y que era hora de sacar a relucir el valor que el viejo hubiera podido incentivarnos o el que viene junto con la sangre cuando uno nace. Me repuse y mi padre terminó diciéndome que nos acostaban juntos en una misma cuna y que como a los ocho días de vida, alargué un brazo y lo puse sobre la nariz de mi hermano que murió asfixiado. Mi primer asesinato, señor Juez. Eso me conmovió, pero mi padre supo sacar de mi mente la tentativa de matarme, que fue la conclusión que me mostró mi ignorancia. Se me olvidaba que acababan de matar a mi madre, a mis tres hermanas y dos hermanos y que apenas quedaba yo para vengar la injusticia cometida. No me pregunte quién mató a mi padre. Pudieron ser los liberales, los conservadores, los delincuentes al servicio de los terratenientes que buscaban sacar a mi padre de la finca que quedaba a tan poco trecho del pueblo y que sería cruzada por una carretera que uniría a todo el país. La ubicación de la finca llenaba las expectativas de negocio de los ricos del pueblo, pero mi padre anunció que no la vendería a ningún precio. Como antes de eso, como en ese tiempo, y como sucede hoy, los de la izquierda y los de la derecha, los del frente y los de atrás, los de arriba y los de abajo, se unen para obtener lo que los campesinos han culturizado en años de duro trabajo. No pude saber quién ordenó la muerte de mi padre, porque todos a una, llegaron a mostrar el mismo interés y hasta pelearon por el derecho a participar en el remate. Como no sabía leer, perdí en una hora de discusión todos los bienes que me habían dejado y en el mismo juzgado civil, debí pedir limosnas para irme del pueblo cuanto antes, a trabajar para pagar lo que según las autoridades quedaba debiendo por impuestos de toda clase. Como quemaron la casa de la finca y con ella los documentos que mi padre guardaba tan celosamente, quedé inerme ante una manada de interesados de todos los partidos.
Pero hay una condición que los paisas no regalamos ni nos dejamos quitar, que no es otra cosa que la venganza. Si vamos a la iglesia, debajo de la ruana llevamos el cuchillo aferrado y listo para entrar a cualquier cuerpo, pero eso sí, si nos han de matar mañana que sea ahora mismo porque no creemos en eso de poner la otra mejilla ni mucho menos la de perdonar la ofensa, porque si hay algo más dulce que la miel, es la dulzura de sentir muy adentro del corazón y de la mente la alegría de haber castigado duramente a quien nos causó un mal muy grande. Aseguré ante todos que me iría ese mismo día a buscar trabajo y para evitarme encerronas que me quitaran la vida lo más rápido posible, comenté que tenía parientes en los llanos de Casanare y salí por la vía que va al interior del país, pero cuando lo juzgué conveniente, me introduje por las selvas del Chocó y aparecí por el Urabá, en donde trabaje algún tiempo en las bananeras. Al obtener medios económicos, porque fui ahorrando para garantizar el éxito de mis proyectos, me aparecí en el pueblo con barba y bigote y un cuerpo diferente debido al fuerte trabajo realizado. Y ese primer día, sin agüeros, sin compasión alguna, localicé a los dos hijos del jefe liberal y a dos de los tres del jefe conservador, los reté a una jornada de dado corrido y cuando menos lo esperaban, mi cuchillo voló de una garganta a otra, de esta a un pecho y la cuarta la metí en el lado izquierdo de la barriga del muchacho y profundamente la saqué por el lado derecho. Ni siquiera mil cirujanos trabajando al mismo tiempo habrían podido unir tripas, venas y cuero para salvarlo. Desaparecí del lugar y como nada se dijo de mí, porque el pueblo se había convertido en paradero de vehículos de la costa al interior y del interior a la costa, se daba por descontado que algún chofer o un ayudante de éstos habría sido el autor para robarles, porque no tenían ni una moneda en los bolsillos. Todo el dinero de los cuatro que no había ganado, lo saqué de sus bolsillos para vivir otros días más en mi pueblo. Mi venganza, señor Juez, si mi padre lo hubiera sabido, no me la habría permitido. Cobré con exceso, pero veintiocho tipos probaron el filo de mi cuchillo. Cuatro por cada uno de mis muertos. Saciada la sed de sangre, me fui a Medellín y allí me enrolé con hombres cuya compañía no la querían ni los otros asesinos profesionales, porque una cosa es alguien que mata por venganza o por rabia o por accidente, y otra la de los que lo hacen a sangre fría, no importa que el señalado sea su propio padre. Estos asesinos, a los que se llama sicarios, son diferentes. La muerte es su fuente de trabajo. Viven para matar y la muerte les proporciona lo suficiente para seguir viviendo. Tiene sus peligros, porque el mismo que lo contrata puede contratar a otro para acallarlo, pero el riesgo es menor al que puede producir una muerte involuntaria. La sangre fría, el pensamiento despejado de dudas y de prevenciones y de simpatías, le facilita al sicario su labor. Sabe que no puede permitirse un ligero temblor ni un tris de demora. Ya es ya, dicen, y matan a mansalva, sobre seguro y sin alevosía. El que es alevoso no es sicario, es un vulgar que cree que puede matar, pero que huye cobardemente si se le enfrentan. La diferencia es grande. No me pregunte qué soy. A veces me sacio en el muerto porque vuelco sobre él todo mi odio. Otras soy imprudentes, porque me dejo agarrar de la duda. Pero generalmente, mis golpes de muerte son certeros, sin temblores, sin apasionamientos, sin entretenerme en las cosas que pudieran unirme a la víctima. Si maté a mi propio hermano, por qué vacilar ante otro que simplemente es mi compañero, que no mi amigo, en el crimen.
Yo no dudo que los abogados defensores de mis compañeros de prisión leerán esta declaración e informarán a sus clientes lo que acabo de decir y lo que diré en unos momentos. Están en todo su derecho. Pero los abogados de cárceles, defendiendo lacras que deberían ser ajusticiados y no condenados a prisión, porque allí aprenden cosas que no sabían y maduran la comisión de sus delitos, son como unas larvas sanguinolentas. Es como cagar y comerse la mierda para no tener que gastar en comprar otros alimentos. Ellos se nutren del crimen y de los criminales y se esmeran por encontrar las pruebas, reales o preparadas por otros criminales, para no perder el juicio ni los honorarios. La sociedad no les importa nada. Esa es la razón, señor juez, para que me negara a designar un defensor. ¿Defensor de qué? Si usted necesita que yo esté asistido por una larva de éstas, páguele usted los servicios. Total, no le voy a decir nada, no le voy a pagar nada, y gane o pierda ni siquiera le doy las gracias. Fueron los abogados los que a mis trece años me engañaron, me dejaron en la ruina, me robaron para que otros lucraran mis bienes. Si usted averigua, en los más de ciento veinte casos de Asesinato en que me han involucrado, nunca designé un abogado. Yo no les voy a dar lo poco que obtengo en la celda para que ellos vivan. Que delinquen y acumulen bienes y no se dejen apresar por las autoridades, para que demuestren que no solo son buenos abogados, sino que conocen el delito en toda su extensión. Sepa usted, señor Juez, que los abogados deberían ser delincuentes cansados, jubilados en la comisión de delitos, que podrían juzgar la verdad sin necesidad de torturar al delincuente. Solamente el que sabe más, puede juzgar el trabajo del que sabe menos. Si encontrara un abogado que conozca la vida del delincuente, yo lo designaría mi representante legal para todos los juicios que tenga pendiente o me salgan en el futuro.



UN INSTANTE PARA LA ETERNIDAD

Fui el compañero fiel, honrado, honesto. No gozaba de la popularidad de Juan, el menor del grupo y agraciado con facciones hermosas.  No podía practicar la austeridad, y hasta la cicatería de Mateo, el tesorero. No poseía ni la fuerza física ni moral de un Pedro, inflexible. Es decir, que parecía no congeniar con los otros miembros. Sólo él me miraba de otra manera. No era la mirada respetuosa ni mucho menos recibido ni con ditirambos ni menosprecio. Para él, cada uno poseía unas condiciones especiales que reunidas hacían del grupo algo fuerte, distinto, hombres decididos, convencidos de que algo extraordinario resaltaba a quien nos fue llamando a su paso por los pueblos.
Fue al regreso de una de sus interminables jornadas solitarias por el desierto, que me dijo algo con la mirada que no le entendí. Hice esfuerzos de toda clase y seguí en las mismas. Había para mí un mensaje que él, misteriosamente, no divulgaba. Así pasamos varios meses. Incluso, los compañeros, se dieron cuenta de la situación, pero él se mantuvo en silencio. Lo atribuimos a la necesidad de preparar sus sermones a la multitud. Cierto que su verbo era fluido, que enardecía, con un tono mediano, sin peroratas, a los que le escuchaban, porque su tonalidad era profunda y fuerte, un poco gutural, cuando se revestía de sus condiciones. Era algo así como un extranjero que domina el idioma del lugar a donde llega y evita que se le distinga como de otro lugar. El dejo, las cadencias de cada uno de los pueblos de la Judea, Samaria y otros con lenguas diferentes, le permitían aparecer como del lugar.
Su anuncio, un algo parecido a los mensajes de los profetas venidos durante las últimas centurias y plasmados en los libros sagrados, era no obstante diferente. Hablaba de un Dios único al que calificaba como su padre, el Dios Eterno, el Dios Creador, pero insistía en que los tiempos cambiarían y que una doctrina nueva sería entregada por él, a nombre de su padre, a la humanidad. Ya no hablaba del dios de los judíos, sino del Dios de toda la humanidad para toda la eternidad. Ya no planteaba un dios de guerras ni maldiciones ni castigos, sino de un Ser si bien divino y todopoderoso, que sembraría en los corazones humanos el sentido de la paz, el sentido de la hermandad. Nada de ojo por ojo ni diente por diente. Y si bien los judíos esperaban que encabezara la rebelión contra los romanos invasores y dominadores él les señaló que había que dar a César lo que era de César y a Dios lo que era de Dios.
Fue esa consideración lo que sembró el odio de los judíos encumbrados en organizaciones políticas disfrazadas de religión contra él. Todos venían, de una u otra manera, alentando la guerra para quitarse de encima el yugo esclavizador de los romanos, y quien se decía y se consideraba Hijo de Dios, del Dios de Israel, del Dios de los ejércitos y por tanto de la guerra, pregonaba el perdón para los enemigos y la paz entre los pueblos. Y eso no podían permitirlo. Y si faltara algo para despreciarlo, su aseveración de que podría derruir el templo de Jerusalén y levantarlo en tres días, les permitía preguntar por qué entonces no derrotaba a los romanos aun cuando fuera en un año.
A la par de las huestes que lo seguían, que pedían el perdón para sus pecados, la salud para sus cuerpos y almas, un pequeño grupo luchaba en medio de las fuerzas enemigas por perderlo y liberar a Barrabás, éste sí luchador decidido y empedernido, que no pasaba por alto todo momento que le permitiera causarle daño a los del imperio.







Comentarios