Agosto 8 de 2918
Libro # 4 de Pequeñas Crónicas y Relatos Intrascendentes
Libro # 4 de Pequeñas Crónicas y Relatos Intrascendentes
Vino al mundo a las cinco de la
mañana de un domingo, lo cual permitió que junto a su madre y la partera
también se encontrara su padre, que apenas descansaba ese día, mientras el
resto del tiempo lo pasaba en el monte atendiendo los cultivos desde las cuatro
de la madrugada hasta las cinco o seis de la tarde. Pero el cansancio de todo
un día de labores bajo los candentes rayos del sol, no eran óbice para que
reposara y retozara con su mujer casi hasta la medianoche. Por eso, en los
siete años de convivencia habían engendrado seis hijos, cuatro hombrecitos y
dos mujercitas.
Hasta el día en que cumplió diez
años, Ana había sido una niña feliz, dedicada la mayor parte del tiempo, luego
de ayudar a su madre en diversos quehaceres propios de la casa y para su edad,
a los juegos infantiles con su hermana, Teresa, y sus cuatro hermanos, que se
separaban a los doce años, para enrolarse con su padre y los trabajadores de
ocasión en la atención de los cultivos. Generalmente iniciaban la vida laboral
espantando pájaros desde una troja en medio de los cultivos, especialmente de
arroz.
Más tarde iniciaban otra fase,
como la de aprender a amolar los machetes que se requerían para el macaneo, así
como de armas contra las fieras y las culebras, que abundaban en la zona. Por
esa causa disminuía, cada cierto tiempo, no más de ocho meses, el número de
jugadores.
Pero le llegó el turno a Teresa,
primero, y poco tiempo después a ella, de formar parte de los que trabajaban
desde la madrugada hasta poco antes de acostarse. Siempre había en la casa
alguna actividad que le impedía, como era su deseo, acostarse en una hamaca, a
meditar y soñar despierta en una vida diferente. No sabía de qué otra manera
podía vivirse, pero estaba segura de que algunos, en alguna otra parte debían
vivir sin tanto trajín, sin abrumarse ni ser abrumados con tanto trabajo. En
medio de las labores domésticas, su cerebro parecía un trapiche moliendo
pensamientos como si fueran trozos de caña.
Pero el día en que se aprestaba
a disfrutar de su cumpleaños, la desgracia se abatió sin misericordia alguna,
sobre la familia. Una culebra mapaná rabo seco mordió en el calcañal a su
hermano José María y cuando apenas habían logrado recostarlo en un camastro,
murió. El veneno se regó con prontitud por su cuerpo y lo mató en menos de una
hora, sin que el comisionado hubiera cumplido la mitad del recorrido desde el
cultivo a la aldea más cercana en donde vivía un curandero muy afamado. Contaba
después que antes de explicarle el suceso, el hombre, un anciano, le dijo que
se volviera como había venido, solo, porque el “picado ya murió”.
Antes que lucir un vestido nuevo
que su progenitora le había confeccionado para el onomástico, estampado con
flores blancas y amarillas sobre un fondo azul, el estreno correspondió a una
olla grande en la que junto con el agua mezclaron dos o tres paqueticos de un
polvo negro. La belleza de su atuendo se convirtió en un horrendo trapo oscuro
que la convertía en una vieja amargada.
Las risas, los gritos, las
expresiones burlescas, humorísticas o que representaran un motivo de alegría,
fueron recogidas y metidas en la parte de abajo del baúl al que cerraron con un
grueso candado. Terminantemente prohibidas todas las cosas que no fueran
llantos, gemidos o suspiros por el que, siendo un mozalbete que despuntaba a la
pubertad, había caído víctima de una travesura del diablo. Levantarse, trabajar
en silencio y hablar en voz baja, y luego a la cama a dormir. No sabía si su
padre, que lo hacía con mucho entusiasmo, había dejado de roncar para no
perturbar el silencio nocturno durante el cual su mujer descansaba en medio de
convulsiones por el llanto contenido para que no trascendiera del reducido
cuarto que servía de alcoba matrimonial.
Dos años más tarde, la tragedia
volvió a campear en la parcela. Esta vez, el menor de sus hermanos se dedicaba
a domar un potro brioso que era el orgullo, dentro de las restrictivas
disposiciones paternas, de los tres hermanos varones. En un descuido, el potro
lo sacó en forma de bolea por encima de la crin y como no había esperado el
movimiento, cayó de cabeza sobre el duro suelo del corral en donde la muerte lo
recibió de inmediato.
Dentro de su ignorancia por no haber asistido ni un minuto a una
escuela, estallaban de pronto, como pequeñas bombas de pólvora, los axiomas,
las sentencias, los proverbios. Los había acumulado durante sus ochenta y
cuatro años de vida. Una vida intensa, colmada de aventuras, plena de
sinsabores y una que otra satisfacción ya olvidada. Es decir, que había nacido
en la pobreza, vivido en la miseria y estaba dispuesto a regresar de donde
vino, que podía afirmarse era también de pobreza.
Sin embargo, nadie podía decir que él le hubiera sacado el cuerpo a las
dificultades. Por el contrario, si su familia se encontraba en otras
condiciones, era porque él así lo había obtenido y decidido. Él no importaba en
el conjunto familiar. Su misión la había cumplido sin quejas, sin reclamos, sin
protestas. Pero tampoco se había dejado amilanar. Luchó desde que tuvo uso de
razón y temía que se acercaba la cita ineludible. Es el momento en la vida de
un hombre, afirmaba, en el que menos rechazos deben hacerse. La muerte no tiene
compasión, ni da espera, ni otorga favores.
—Como dice el policía Mano Pello, cuando el borracho escandaloso le
ofrece el trago de ron: Me lo tomo, pero de que, vas preso, vas, porque la
guandoca te está esperando.
No era una actitud complaciente,
sino la aplicación de la realidad a la vida. Y en sus ochenta y cuatro años se
había distinguido por rechazar, con entereza de carácter, y en no pocas
ocasiones con valentía, lo que consideraba injusto para él o para sus
familiares y amigos. “No me pongan a comer cuentos, porque no tengo hambre de
ilusiones” respondía cuando algo le disgustaba o era contrario a sus
principios.
Isidoro Macareno había nacido en Plan Parejo y jamás, en su larga vida,
salió fuera de la vereda. Bajaba o subía por los cultivos de su propiedad y
después de la cosecha regresaba a preparar el terreno para la siembra de la
siguiente. Muy de vez en cuando, y solamente en fechas que lo ameritaban y en
el recinto familiar con su gente y amigos muy escogidos, libaba unas copas de
ron ñeque, preparado especialmente para él por su amigo y compadre Bienvenido
Fuentes, que lo hacía mejor que los de la fábrica oficial. Nunca tomó a una
mujer para salir con ella a una sala de baile, porque consideraba que el baile
era asunto de locos.
—Si usted quiere saber si una pareja es de cuerdos o de locos, bájele
el volumen a la vitrola y concluirá que son desmentizados. Y por añadidura,
ridículos. Mover el esqueleto sin un oficio es someterse a la burla.
Sin embargo, escuchaba la música con mucha atención y resaltaba las
bondades de una canción o recalcaba la letra.
—¿Usted entiende eso de la puya del bagre? ¿O la tal puya puyará? ¿Qué vainas es balajú? ¿O el pie peluo? ¿Y quién dijo que el ají picante pone a
bailar, si los pies no comen ni chupan?
Y así, si no se le atajaba, seguía con una lista inacabable de
canciones con letras sin sentido. Para él la música integraba letra y melodía y
por ello consideraba que la letra era tan importante como la melodía.
El pueblo de Plan Parejo lo consideraba como un pozo de sabiduría,
porque eran muy raras las cosas que se le planteaban que él no pudiera explicar,
o por lo menos dar un consejo al respecto. Nadie recordaba si el viejo Isidoro
Macareno había estado enfermo algún día. Por ello creían que poderes superiores
al hombre, seres inconcebibles, lo protegían. Y con el paso del tiempo fue
convirtiéndose en una leyenda viva de Plan Parejo y sus alrededores.
Lo conocí una mañana de domingo en que mi padre me llevó a Plan Parejo
para que lo acompañara y al mismo tiempo cuidara los seis gallos que había
seleccionado para ese día pelearlos con gallos provenientes de distintos
lugares. Sólo por ser amigos personales, mi padre se presentó ante Isidoro
inmediatamente llegó, con los gallos en las manos. Porque al viejo le
disgustaba ese espectáculo. Como también rechazaba las corralejas.
—“Nada que represente la muerte de alguien o de algo, debe ser motivo
de fiesta de un hombre serio, de un hombre cabal. En ninguna parte dice que
Dios creó una especie para morir en una gallera o en una corraleja. Esos
embelecos los inventaron los necios, los vagos, los indecentes”- recalcaba.
Por algo que aún no he comprendido, entre el viejo Isidoro y yo se
trenzaron sentimientos de amistad que fueron creciendo en la medida en que me
hacía hombre y porque en él siempre encontré no sólo al amigo, aun siendo yo un
niño y él un hombre que había consumidos años como quien bebe vasos de agua o
copas de aguardiente. Por esa razón, mi padre, que admiraba tanto o más que yo
al viejo, le pidió que me recibiera como peón y me enseñara cosas que mi
progenitor no podía trasladarme por vivir ocupado en otros quehaceres.
Desde la primera vez que entré a la larga y amplia sala de la casa de
Isidoro, un hecho singular llamó mi atención. Colgando de la vara central del
techo de palma, sostenida por dos cuerdas, una en cada punta, estaba un largo
cajón. Unos dos meses después, Mariano, el menor de sus hijos y mi
contemporáneo, me respondió la pregunta pertinente, diciéndome que se trataba
de un ataúd que el viejo mantenía allí listo para el momento de su muerte. No
quería Isidoro que hicieran gastos adquiriendo una caja, como él la llamaba, y
destacaba:
—Hasta para hacer el último viaje, hay que estar preparado. Un hombre
que ni siquiera trabaja en la vida para la hora de su muerte, es un
desagradecido y un inoportuno, porque como uno no sabe cuándo va a morirse, si
no tiene ni la caja le ocasionará problemas a la familia. La familia solamente
debe llorar, cosa que tampoco debería hacer.
—¿Por qué no debe llorar la familia cuando uno muere? Le pregunté.
—Porque cuando uno muere regresa al lugar de donde vino. Y allá no hay
nada a qué temerle. Si nadie regresa de ese lugar, es porque es un sitio bueno,
agradable, acogedor, amañador. Si así no fuera, los que ya murieron habrían
regresado protestando, pero, por el contrario, guardan silencio y se olvidan
hasta de la madre que queda. Y si como dice el padre Norberto, los buenos van
al lugar en que reina Dios, entonces hay que tratar de no caer en el pecado
para conseguir el cupo. Por eso no le tengo miedo a la muerte, porque si vienes
de la nada, te recuestas un tiempo sobre el poste de la vida y mueres para
volver a la nada,
no haces más que cumplir la ley de Dios. Y en ese caso, la muerte es en
verdad la vida eterna, de la que no debemos salir. Estamos entonces aquí por
accidente, o tal vez por castigo. Si nadie regresa es porque allá la cosa es
buena, y resulta que el lugar de castigo de que se habla, es éste. Aquí pagamos
lo que debemos, no lo dudes.
Y no le comprendí. Todo lo que decía era contrario a lo que nos
enseñaba el padre Norberto en la catequesis, el profesor Prioló, el profesor
Enrique Sanjuanelo, Antonio Loaiza y otros profesores en sus disertaciones
sobre filosofía, o en las comparaciones sobre cosas singulares que unían a la
religión con las matemáticas, la química y la física. Concluía que Isidoro
estaba equivocado, mucho más, porque él no había asistido a una escuela y
desconocía las letras de nuestra propia lengua. No obstante, le reconocía que
el hombre tenía unos conocimientos propios, adquiridos durante su larga vida,
pero él solo no podía primar sobre el resto. Por eso trataba de no tragar
entero lo que me entregaba.
Pasaron varios años. El niño que llegó al rancho de Isidoro Macareno se
convirtió en hombre con sus propios problemas, sus propias angustias, sus
propias necesidades de comprender a la vida y a la muerte, de escoger la
compañera de infortunios, porque eso es el matrimonio de los pobres, de
cimentar siquiera un modesto capital con el que atender las necesidades básicas
de la futura parentela y otros aspectos. Pero mis sentimientos humanitarios,
por un lado, la amistad sincera nacida entre el viejo y yo, no me permitían
tomar vuelo y dejarlo solo cuando era entonces que requería una compañía, y yo
que había relegado sin quererlo a los hijos propios de Isidoro, no podía
abandonarlo y decidí hacerlo sólo cuando él muriera.
En el lapso de mi decisión hasta la hora definitiva, tuve oportunidad
de conocer muchas cosas más, de recibir respuestas serias a preguntas serias.
Pero el ataúd que colgaba del techo se había borrado de mis recuerdos.
En una mañana de abril, con el cielo encapotado y listo casi para
volcar sobre la tierra el contenido siempre lleno del tonel en que se guardan
las aguas de lluvia, Isidoro se levantó primero que los demás, fue a la cocina,
preparó el fogón con buena leña, como no alcanzaba el café molido puso una
tártara sobre la candela y la colmó de granos secos de café que sembró bajo el
fresco follaje de cuatro árboles de almendro y rodeado de matas de plátano, que
en conjunto creaban el clima adecuado para lograr la germinación de las
semillas, y una vez tostadas las fue colocando por manotadas en la piedra de
moler hasta convertirlas en polvo. Fue el gratificante aroma del café molido el
que me despertó y corrí a la cocina a ver qué pasaba y me recibió con una
sonrisa.
—No me vayas a decir que ni siquiera puedo tostar unos granos de café
para prepararlo bien caliente, me dijo.
—No, no te lo voy a decir. Pero ten en cuenta que no es una manotada,
sino que has tostada más de veinte libras de café, que alcanzará para dos
meses. Ojalá no pierda el aroma en ese tiempo.
—Te sorprenderás, hijo mío, cuando veas que lo que hoy he tostado y que
debo moler todo, no alcanzará y que tendrás que tostar más.
—¿Y eso por qué? ¿Acaso vamos a recibir visitas que consuman esta
cantidad de café molido en un mes?
—Visitas si vamos a recibir y en buena cantidad. Nunca te he hablado de
esto, pero es conveniente que te enteres. Primero te agradezco no creer que caí
en la chochez, ni que en la noche me hubiera vuelto loco. Estoy consciente de
lo que hago y de lo que digo. Se que no vas a creerme. Tú piensas que no me doy
cuenta de tu actitud cuando algo que digo lo recibes como si fueran locuras,
pero en esta, en ésta hijo mío, no pongas en duda ni una letra. Te diré la
verdad y no lo dudes, por favor. Voy a morir el veinticinco de este mes de
abril, y por eso, además de lo que acabo de moler, debes moler más y adquirir
un bulto de azúcar en la tienda de Luis Sevilla, para que atiendas a todos los
que van a venir. También debes separar el dinero suficiente para comprar las
otras cosas que se reparten en el velorio. Contrata a Benigno, compra dos cajas
de velas, busca a los amigos que abran la sepultura en el momento oportuno,
saca y orea el pantalón negro, la camisa blanca mangas largas, el par de
abarcas que tengo en el baúl, nuevecitas, y el sombrero vueltiao, el de
veintiuna vueltas, para poderme presentar ante San Pedro decentemente. Dile a
Manuelita, la hija de Nicomedes, que venga para que me corte las uñas de los
pies y de las manos porque las tengo muy largas. Se me olvidaba: cómprame un
pantaloncillo primavera, porque los otros están viejos y rotos. No hagas más
gastos, porque el resto es tuyo. Mis hijos saben que esta finquita es para ti,
porque a ellos ya les di lo suficiente. Ojalá que no tengan muchas agallas y
pretendan recibir más, porque sin pelear, por el gusto de cada uno, se fueron
yendo poco a poco y te dejaron a ti la carga, por eso el último que vino a
visitarme fue José María, y de eso hace cinco años, nueve meses y veintidós
días. Llama al viejo Alcalá para que esté listo para limpiar la caja. No, mejor
no. No le digas a nadie nada de lo que te vengo diciendo. Que sea una sorpresa.
Y por favor, hijo mío, busca una mujer y forma tu hogar. No creas que te han
olvidado y ya estarán diciendo que eres raro, por no decir que eres marica,
porque sigues soltero. Ten hijos, aun cuando en la vejez te dejen solo,
abandonado, como a trapo sucio, porque ese es el destino de los padres. No se
trata del refrán que dice: Cría cuervos y te sacarán los ojos. Los cuervos no
le sacan los ojos a nadie, pero los hijos si nos abandonan. Sólo si tienes
plata, te rodean a la espera de que mueras rápido para luchar entonces entre
ellos por sacar la mejor y la más grande de las tajadas. No importa, ten hijos,
porque ellos son la satisfacción de la vida y la frustración más grande de la
vida. No hay paz si no se hace la guerra, no hay tranquilidad si no luchas por
establecerla, no eres rico si no te propones amasar fortuna, no importa a qué
ni a quién trituras con tus ambiciones. Pero, sobre todo, no eres hombre si no
tienes hijos.
—Viejo, ¿por qué tienes que hablar de la muerte, si tú te mueres
solamente cuando Dios lo quiera? Además, no estás enfermo.
—Algunos alcanzamos a enterarnos de la fecha de nuestra muerte. No
puedo explicarte eso, porque no sé cómo vino a mi mente, no hoy, ni anoche, ni
ayer. Fue hace cinco años que comprendí que el aviso que me estaban dando era
el de mi muerte en la fecha que te dije. No soy el primero en saberlo, ni
tampoco el último. Pero desde el más allá no nos mandan el aviso. Algunos, la
mayoría, no lo entiende. La minoría, unos pocos elegidos, logramos desentrañar
el misterio y entendemos el mensaje inmediatamente. Lo raro, hijo mío, es que
los que lo entendemos, sabemos que debemos guardar silencio. La gente le tiene
miedo a la muerte, cuando debería ser lo contrario. El día que Clemente se
mató, tú dijiste que el que se mataba era un cobarde, que violaba la ley de
Dios y otras muchas cosas. Entonces, ya sabía cuándo moriría y en el silencio
de mi mente dije: Nada hay de cobarde. Si Dios, como dice el padre Norberto, le
dio al hombre el libre albedrío, cosa que yo no sé qué es, pero que entiendo
que no requiere la guía permanente del Creador, lo facultó para vivir hasta que
quisiera y morir cuando esta porquería que llaman mundo ya lo tuviera cansado.
A mí no me ha cansado el mundo. Me gustaría vivir unos años más, pero con esta
tembladera que le cae al viejo, ¿para qué vivir tanto?
Mantuvimos una larga charla, quizás la más larga entre los dos,
mientras el uno tostaba los granos y el otro los molía. Creo que fueron por lo
menos unas cincuenta libras de café las que molimos en esa mañana que no nos
agotó porque cuando se trabaja y al tiempo se mantiene una charla interesante,
el cansancio se mantiene apartado y el tiempo no molesta con su tic tac del
reloj invisible.
Pese a la larga charla, los quehaceres cotidianos, y la espera de que
cesaran las lluvias para sembrar las semillas, relegaron lejos, muy lejos, el
asunto de la muerte de Isidoro. Por eso, en la madrugada del veinticinco de
abril me extrañó que el viejo me pidiera que llamara a varios de los vecinos y
de sus amigos, con los cuales quería tratar un asunto muy serio.
En la larga sala se encontraba una veintena de vecinos y amigos que
concurrieron al llamado. Y el viejo Isidoro, dijo:
—Señor Alcalá, baje la caja que está aquí arriba de nosotros, en el
techo, la limpia y si hay que repararle algo, hágalo y me dice cuánto es el
valor de su trabajo. Al padre Norberto deben ir a buscarlo a Pueblo Bijao para
que esté aquí mañana en la tarde. A mi comadre Julia y a su hija Miguelina, les
pido el favor de bañarme y cambiarme con la ropa que estará encima del
escaparate. Preparen los demás asuntos, porque a las cinco de la tarde de hoy,
me voy de este mundo.
El estupor llenó la sala. Jamás habían recibido una chanza, una
humorada del viejo Isidoro y si no hubo protestas en alta voz, fue quizás por
el respeto que le profesaban. El
Los chulavitas, también conocidos como popol,
policía política, llegaron a El Carmelo a las nueve de la noche, cuando casi
todos los habitantes dormían y apenas quedaban dos o tres grupos jugando
arrancón, una modalidad con naipes, o dominó. Llegaron en el mayor silencio,
apoderándose del poblado con el mismo sigilo. Los jugadores fueron los
primeros, que, ante la boca de los cañones de fusiles y revólveres, se dejaron
conducir sin protesta y sin romper la norma impuesta, a la plaza del poblado.
Poco a poco, los chulavitas fueron reuniendo a los habitantes de El Carmelo,
sacándolas casa por casa, calle por calle, hasta que no quedaron ni siquiera los
recién nacidos en sus cunas o en las hamacas. Los ancianos que no podían
caminar con rapidez por efectos del reumatismo, alcanzaron repentinamente a
movilizarse sin achaques, sin quejas ni lamentos.
El Charro dio la orden y se les informó a los
reunidos en la plaza que debían quitarse sus vestidos para que no pudieran
huir. Felipe del Valle protestó diciendo que su fervor por el partido
conservador le impedía cumplir una orden injusta y en medio de las risas de
burlas de los policías, un sable le quitó para el resto de sus días el azul de
metileno como insignia y señal de su militancia política y sin más protestas
quedó desnudo como los demás. Solamente quedaba vestida la bella joven
Carmelina O., a la que todos, liberales y conservadores, guardaban el mayor de
los respetos. Dispuestos a morir en un mismo acto, el rechazo de sus paisanos
fue unánime. Ella debía quedarse vestida, pero los chulavitas buscaron a todas
las niñas mayores de diez años y jovencitas no mayores de veinticinco años,
para demostrar que no había preferencias ni excepciones. Si las demás niñas y
jóvenes estaban desnudas, Carmelina no podía ser la excepción. Entonces los
hombres primeros, luego las mujeres, los ancianos, los niños y los jóvenes, le
dieron la espalda a Carmelina. Nadie del poblado, de los que quedaron vivos en
el lapso de treinta horas que duró la toma policial, supo cómo era el cuerpo
desnudo de Carmelina.
La conocí cuando los muchos años vividos
habían maltratado su cuerpo, pero en una medida aparentemente moderada, por
cuanto los muchachos del barrio que contaban desde los diez años en adelante,
nos desvivíamos por lograr siquiera su atención. Tendría entonces unos
cincuenta años de edad y su apariencia física competía con las de las muchachas
de veinte o veinticinco años. Unas arrugas muy tenues en los párpados, de las
que llaman pata de gallina, las disimulaba con afeites, guardando la lozanía de
la tez facial. Los mayores nos aseguraban que la vejez puede disimularse, pero
no ocultarse por completo, y en el caso de Carmelina O., se agregaba el
fenómeno de su proclamada virginidad, que se erigía como un reto entre los
jóvenes y por ello intentaban conquistarla sin conseguirlo, pero para nosotros
esas observaciones no eran más que la frustración de muchos que perdieron el
tiempo y el esfuerzo en los años anteriores, con el mismo propósito.
Carmelina fue una mujer blanca, de mediana
estatura, cabellos lacios y negros, ojos verdosos, nariz perfilada, boca mediana,
ostentaba una sonrisa agradable, pero sin coqueterías. Recatada, pulcra y
respetuosa, permanecía impasible ante los requerimientos masculinos, sin
aspavientos. Si el acoso pasaba más allá de lo normal, lo rechazaba con galantería,
pero de manera firme, categórica, directa, con lo que demostraba su alto
sentido de responsabilidad consigo misma. Tal vez por ello no le abrió la
puerta al amor en ninguna de las fases de su vida, que estaba siempre a la luz
del día.
El único pecado de Carmelina fue el de ser
liberal en una época en la que la intolerancia política había alcanzado cotas
elevadas y los militantes liberales buscaban la manera de acabar con todo lo
que representara conservadurismo y los conservadores con el mismo fin, apoyados
por un gobierno y unos gobernantes que buscaban perpetuarse en el poder por
siempre jamás.
En El Limón, el pequeño poblado donde nació y
vivió por los años suficientes para por su propia cuenta dirigirse a la ciudad,
vivía casi permanentemente vestida de rojo y hablando de liberalismo, de
doctrinas, de estatutos, de programas de gobierno, de reivindicaciones sociales
y de los proyectos de las figuras destacadas de su partido, y para mantenerse
actualizada, en una época en que se consideraba que las mujeres solamente
estaban destinadas a las tareas de hogar, a concebir y criar hijos y guardar
fidelidad a sus maridos, leyendo periódicos, folletos y libros sobre asuntos de
la política. No se perdía una manifestación ni la visita esporádica de
cualquiera de los dirigentes liberales, no obstante, a que su preferido fue
Jorge Eliécer Gaitán Ayala, el hombre del pueblo, por el pueblo y para el
pueblo. Luego, venían los demás como Benjamín Herrera, Enrique Olaya Herrera,
Darío Echandía, Alfonso López Pumarejo, etc. etc. En lo regional, con don
Antonio Navarro, Héctor Lorduy, Los Yances Pinedo,
Jesús Rodríguez Corrales, Jiménez al que
llamaban Lamparita sin gas, Maño Pico, y otros.
En el momento en que doblaba la esquina observé la fuga precipitada de
tres jovencitos, pero la soledad del entorno me dijo que no había peligro alguno
ni para mí ni para ellos y no entendí la carrera presurosa con la que
abandonaron la zona, hacia un lugar indeterminado sobre el cual cruzaba la
carrera quinta y a pocas cuadras se erguían las torres de la iglesia de San
Laureano. La pequeña historia, esa a la que no se tiene en cuenta pero que es
quizás más real y verdadera que la oficial, asegura que en una ocasión, en la
que dominaba al país el partido azul, se dispuso la erección del templo
católico de la céntrica zona, tiempo después convertida en sede de los
gobiernos regionales y de los organismos armados tras los cuales se amparaban,
y le dieron el nombre, no tanto para honrar la memoria del santo, sino al
verdugo que dirigía al partido, al que llamaban el basilisco.
Una pareja, también joven, en arrumacos amorosos, apareció por una de
las esquinas siguientes y simularon no verme, ni siquiera cuando al tropezar
con el zapato un rollo de papeles, me agaché para revisarlo y establecer su
contenido. Pensé que se le había caído a uno de los que corrieron instantes
antes por la calle y que desaparecieron al llegar a la calle treinta y cinco.
El contenido del rollo de papeles lo transcribo a continuación, con la
observación de que la escenificación de los jóvenes que huyeron y de la pareja
de enamorados, no tenía otro fin que entregarme una visión diferente a la que
se había divulgado oficialmente, tanto por parte del gobierno como de uno de
los grupos insurgentes, quizás el primero que, con el nombre de guerrilla,
apareció en el país. Si bien es cierto que formaba parte de una entidad
gubernamental, en los registros de seguridad nunca me sería borrado el pasado
en el que, como consecuencia de la rebeldía juvenil, milité en las juventudes
comunistas, pero dentro de una de sus ramas clandestinas, tanto, que ni el
aparato directivo juvenil ni del partido propiamente dicho, sabían de su
existencia. A ello se agregaba la divulgación franca y abierta de mi sentido
social, de mi rechazo a las acciones opresivas del gobierno, como militante
activo del partido rojo, y el tratamiento humano a los que por desgracia caían
en las redes del gobierno, que generalmente quedaban en mis manos. Un
tratamiento adecuado a los presos, sin violencias físicas ni síquicas, tal vez
porque yo había sido víctima de los sistemas de tortura oficiales, que siempre
han existido. Si bien es cierto que en ocasiones se dora la píldora, en otras
los gobernantes muestran el cobre y no les importa qué pueda decirse de ellos
posteriormente. En uno de mis escritos, ya viejo, por cierto, aseguré que pasar
las páginas del libro de la historia de mi país, era una manera de verse
salpicado de sangre y de mierda, porque en esencia, eso había sido la vida
nacional desde el instante aciago en que dos mundos se encontraron y los
condenados a muerte o a cárcel perpetua en la supuesta “madre patria”,
iniciaron los dos genocidios más aberrantes de la historia universal. Por eso
los gobernantes de mi patria ignoran la historia, ante el convencimiento de que
quienes la escriben se afanan más por resaltar el progreso y los programas de
gobierno, que el desarrollo de las masacres, de las torturas y la infinidad de
desmanes cometidos a nombre de la patria y la defensa de sus intereses y de las
instituciones. No hay historia sin cosméticos, no hay historia sin mentiras
piadosas. Dice el rollo de papeles:
“Fuiste elegido para guardar la realidad y la verdad de un hecho, del
que no podrá hablarse en mucho tiempo, hasta que mueran los protagonistas del
mismo, sin correr el peligro de retaliaciones personales y familiares. Eso
pensamos hoy. ¿Quién nos asegura que en el futuro las cosas no serán peores que
en estas calendas? Tu juicio ponderado, tu espíritu de entrega a las causas
justas, tu sentido de equilibrio y tu conocimiento de lo que acontece en este
país, no obstante ser miembro de uno de los aparatos represivos del Estado, nos
garantiza que guardarás la mesura necesaria y que, si es imposible divulgar
este documento, juzgarás lo que sea adecuado para preservarlo o destruirlo.
Ojalá que sea lo primero y no lo segundo, porque nuestros compatriotas
continuarían considerando las cosas como las acomodaron desde el principio los
interesados en tergiversar la realidad. Vamos por parte:
El país gozaba de una calma relativa, una calma chicha como la
describen los nativos de la zona andina, comparándola con la explosiva bebida
que heredaron de los chibchas y de otras tribus indígenas que habitaron el
territorio. Una calma relativa, una tranquilidad que permitía a los campesinos
entregarse a la producción sin mayores temores, una paz, si es que acaso en
nuestra patria ha habido paz en algún tiempo, fue pactada por los dos partidos
tradicionales, para repartirse los fondos depositados en las arcas públicas,
las posiciones burocráticas, la “representación del pueblo en las corporaciones
legislativas y administrativas” y la alternación sacrosanta del poder durante dieciséis años, en los cuales “patricios” de cada partido serían
presidentes por períodos de cuatro años cada uno. La tranquilidad se aposentó y
los ríos siguieron tranquilos hacia sus desaguaderos naturales. Los otrora
enemigos irreconciliables, sin tener en cuenta las acciones violentas, las
torturas, las muertes horrorosas que se aplicaron el uno al otro, se abrazaron
públicamente y se unieron a través del amancebamiento, del matrimonio, del
compadrazgo y de los negocios. La felicidad era la enseña en cada rostro y todo
parecía un edén bíblico.
Pero un sector del aparato del Estado no compartía la paz. No le
convenía, porque solamente a través de la violencia, de la guerra civil no
declarada, podían obtener lo que en la tranquilidad de la patria nunca
alcanzarían. Todos los gobiernos, de todas las épocas, han encontrado en los
organismos armados la llave oculta que al abrirse arroja dinero a los bolsillos
de los miembros del sistema político que detenta el poder, así como enriquece a
los militares y policías, que alcanzan aún imberbes los altos grados y la
jubilación por contabilizar doble los tiempos en que se declara perturbada la
paz nacional. Por eso, querido amigo, hay tantos zánganos con la condición de
eméritos cuando apenas han rayado el medio siglo de existencia. Una paz duradera, una paz larga, es la ruina
para los militares. No hay manera de justificar los gastos porque antes que
aumentar el pie de fuerza, se le reduce. Antes que adquirir armamentos, muchas
veces alegando que los países vecinos se arman para atacarnos, se dispone
agotar las existencias. Tampoco hay preferencias sociales ni reconocimientos
familiares. La paz es para todos y eso envilece, según el criterio de ellos,
naturalmente, la condición de militar o policía. Y hablamos de policías, porque
desgraciadamente en nuestro país, la policía se involucra en las acciones
bélicas tratándose de un organismo civil.
Pero los presidentes dictadores, aprovechan los anhelos policiales, y
los equiparan a ejércitos con funciones diferentes.
La situación llevaba, en sus primeros cuatro años, una cruelísima
condición para los militares. Si no se requerían más soldados para “salvar a la
patria”, no se justificaban nuevos cuarteles, ni divisiones, ni brigadas, ni
compra de armamentos, y, lo más grave, era necesario rebajar el número de
oficiales. Durante el conflicto anterior se habían multiplicado los generales,
los coroneles y los tenientes coroneles, y abierto un amplio campo para
mayores, capitanes y tenientes. Las escuelas de formación se habían equiparado
a universidades pese a que la instrucción era diferente. Si disminuía el número
de oficiales de la cúspide hacia abajo, muchos que venían corriendo tras los grados,
serían sacados a la vida común y corriente. Y en los conciliábulos militares,
en los que el coronel Toval Alva se destacaba por su capacidad intelectual que
lo colocaba en la cima de la inteligencia entre los oficiales militares de los
últimos cien años, estudiada la situación, se le encomendó buscar, encontrar y
poner a funcionar un sistema que no permitiera a los políticos continuar
durmiendo en las hamacas en completa tranquilidad y menos desmontar el aparato
militar. Si alguien dijo que la guerra era algo que no podía dejarse en manos
de los militares, aquí los militares señalaron que la paz era un asunto tan
serio que no podía seguir manejado por los políticos.
Novela
El frío se apoderó del ambiente en la extensa llanura de verdes pastizales,
como signo inequívoco de la entrada del verano. Pero es un frío engañoso,
porque de manera repentina y cuando el sol inicie su recorrido diario, el frío
se tornará en bruma y luego en fuego. Los rayos del astro se adueñarán de todo
el panorama sin dejar un resquicio de sombra, con excepción de los oasis que
las pequeñas aldeas forman de uno a otro lado de los puntos cardinales, y en
los pastizales en sí, los grandes árboles proporcionan un respiro al ganado que
ingiere la hierba verde y corre a guarecerse bajo los ramajes para regurgitar y
rumiar en silencio el alimento.
Los cambios intempestivos en el ambiente, en la llegada del verano,
dejan resentido tanto al ganado como a los habitantes de la región, azotados
por el sol y el viento, sin tregua alguna, durante la jornada diurna. En las
noches, la humedad produce un bochorno a falta de brisas refrescantes y
entonces se permanece sobre la hamaca en un vaivén de aquí para allá y
viceversa, intentando cada cual formar a su alrededor una tromba de aire
refrescante. Pero los sinsabores climáticos del verano, son mejor recibidos que
los de la llegada del invierno, cuando todo sucede al revés. Lo único que
permanece es el calor que agosta los cuerpos. La lluvia incesante y fuerte,
detiene las actividades. El ganado mismo busca refugio bajo los ramajes y
agacha la cabeza y baja las orejas. Es tan pertinaz la lluvia en la región, que
los toros montunos, bravos ante lo que se diferencia al común de los paisajes
que ven en lo profundo de las montañas, se amansa por sí mismo mientras evita
que el agua se cuele por sus orejas. Es una prevención natural.
En esta mañana, sin embargo, el cambio es repentino. Del bochorno
nocturno se pasa de un momento a otro al frío intenso que produce la oleada de
brisas que vienen del río. El cielo permanece oscuro y se siente en el ambiente
que una lluvia podría caer antes de las nueve de la mañana, si es que acaso el
rigor de los rayos solares no elimina la situación.
La anciana, una mujer delgada, negra, envuelve el cuello con una toalla
pequeña que siempre lleva sobre el hombro y que le sirve para secarse el sudor
que le rueda de la cabeza, baña su rostro y baja impetuoso. Así, evita que le
baje al cuerpo, que por sí solo, deja brotar el mismo sudor, pero con menos
rigor. Sus ojos ya no son los mismos, porque los casi noventa años que ha
vivido, los han desgastados. Alcanza a vislumbrar las cosas, pero ella misma
repite con frecuencia, no sólo su aceptación a los designios del Creador, que
da y quita la vida, sino un estribillo sin música: “Dios me la dio, Dios me la
quita poco a poco. Que se haga su voluntad”. La resignación no es tanto para
sus ojos sino para la integridad de su ser. Los cerca de noventa años le han enseñado
que todo tiene un fin, y ella siente cercano el de su propia vida. Una vida que
ha vivido plena de angustias, de sinsabores, sin un minuto de descanso para su
corazón, la parte más sólida de su ser. No obstante, los embates de la mala
fortuna, su corazón ha soportado golpes de toda naturaleza. Su vida sí que ha
sido un calvario, piensa, pero le ha servido para resistir los golpes. Los
miles de golpes violentos que, a otra de menos resistencia espiritual, la
habría llevado al sepulcro desde mucho tiempo atrás. Embutida en una vieja
blusa gris sin adornos y una larga falda negra, a manera de luto permanente por
los muertos de su familia y por los muertos, los otros, que sabe tienen una
relación muy cercana con ella, aun cuando nada tuviera que ver en ello. Hace
muchos años, recuerda, fue tanto su dolor por la primera muerte, que, desde
entonces, incluyendo las que no había podido establecer conexiones con su
entorno, le dolían por igual. Recorrió una vez más el trayecto de la vieja
alacena en la que guardaba café, azúcar, sal y otros elementos de cocina para
protegerlos de las ratas y las cucarachas, metió la cuchara en el recipiente
del café molido, sacó una porción y la metió en la bolsa de colar y se dirige
al fogón en el que hierve una pequeña olla de barro con agua suficiente para el
gasto mañanero. Agachada a un lado del fogón, alimentado con leña y charamuscas
recogidas por ella todas las tardes, pone dos tazas a un lado y derrama el
hirviente líquido sobre la bolsa y de éste emana el líquido ya coloreado por el
polvo negro y llena casi hasta el borde las dos tazas.
Es en este momento, cuando se apresta a tomar la primera taza, cuando
sabe que no está sola. Deduce que ha llegado el momento que ha esperado por
años, aun cuando siente un dolor que la contrita, por no haber sentido con
anticipación la llegada de alguien que está recostado al marco de la puerta
mirándola en silencio, casi sin respirar. Pero siente el odio que como un
viento brota del cuerpo desde la puerta hacia el interior de la humilde
vivienda, y se pregunta cuál de los cientos de enemigos que sabe que existen,
ha sido tan cuidadoso, tan prudente, que pudo llegar hasta el sitio sin cometer
ningún desliz, sin hacer ningún ruido, más sigiloso que una serpiente, a las
que ella oye reptar de uno a otro lado de la vivienda, del patio y del pequeño
potrero que le corresponde. Con voz baja, casi inaudible, pregunta:
—¿Quién eres y qué buscas? Dirige, entonces, la mirada al lugar en
donde sabe está el intruso. Un fuerte sentimiento, como si se tratara del golpe
de un ariete que no había visto venir, se abate contra su pecho. Dice: ¿Te
puedo pedir una cosa, hijo mío? El hombre, joven al que había visto por última
vez quince años atrás, no le responde. La mira, pero no con el odio con el que
había llegado, no obstante que éste no ha desaparecido sino acentuado, pero
ahora dirigido hacia la puerta del cuarto. En silencio, le hace una seña que
indica una pregunta sobre la o las personas que están dormidas o que se
aprestan a salir del recinto y ella, con el mismo tono de voz, como para que
adentro no la escuchen, repite:
—¿Viniste a matarlo? Si lo haces no serás castigado por nadie, ni
siquiera por Dios, porque tienes razón para hacerlo. Y no sólo tú, cientos de
padres, de esposos, hijos, nietos. Sabía que había de producirse un momento en
que la justicia divina permitiera llegar hasta él. Lo he escondido todos estos
años. Se que está arrepentido, pero eso no lo disculpa ni lo perdona. Hizo
tantos males, que ahora la sed de venganza de los demás lo ahoga. Todos lo
buscan, y yo lo he escondido de una y mil maneras. Lo hago, porque es mi hijo y
porque los que le enseñaron a matar, no le enseñaron a esconderse ni a evadir
la venganza de las víctimas.
Se encamina hasta el lado del hombre joven, cae de rodillas y le abraza
las piernas y con los ojos anegados por el llanto le dice:
—¡No lo mates, hijo mío! Por lo menos no lo mates en mi presencia,
porque no podría aguantar este otro golpe. Por el amor que le tienes a tu
propia madre, la víctima inocente de las tropelías de este hijo mío, no manches
tus manos de sangre de un asesino como mi hijo. No eres de esa calaña. Tu madre
lo perdonó hace mucho tiempo, y era ella la víctima principal de los primeros
actos de las tropelías de mi hijo. Ella no te perdonaría a ti, que fueras lo
mismo que él. No lo hagas hijo mío, mira el dolor que brota de mi cuerpo, que
ya brota sin fuerza porque emana desde hace muchos años de manera permanente.
Es el dolor de madre y como las otras madres, lo he sentido en mí. Todo acto criminal
de mi hijo, ha sido un golpe para mí. Pero es mi hijo y no puedo ni odiarlo ni
matarlo, como muchos piensan. ¡No lo mates, por favor! Vivir, para él, es el
mayor de los castigos. El estigma de sus pecados es permanente. Y eso es más
que una muerte, porque es morir sin morir, es pagar una deuda que siempre está
escrita y nunca se borra ni se borrará, por muchos abonos que de buena fe y de
buena voluntad se vayan haciendo en la cuenta.
El joven, que había sacado un revólver que traía en la pretina y asido
con la mano derecha y el cañón hacia abajo, miró a la anciana. Desde niño la
había conocido. Mujer esbelta, con un cutis terso, morena clara, de ojos
vivaces y un movimiento de caderas al caminar que llamaban la atención de los
hombres, pero pese a ello con el recato de las mujeres bien formadas en el seno
familiar, era ahora casi una piltrafa. La vejez se había apoderado de su cuerpo
y ahora estaba esmirriada, enclenque, de paso bamboleante, ojos opacos, con los
atributos perdidos. De risa serena y encantadora, veía ahora a sus pies a una
anciana que intuía sus intenciones de matar, pero que con sus actitudes había
ido derrumbando el muro del odio y abierto paso a la compasión. No por el que
buscaba, que no lo merecía, sino por ella que mostraba en su rostro, en la
flacidez de sus carnes en todo el cuerpo, que había sufrido inmensamente. Su
juventud y su vigor habían caído ante los golpes del destino, un destino cruel,
brutal, que convirtió al hijo de un niño y un joven alegre y dicharachero, en
un asesino, algo más que un tigre enfurecido, que una serpiente venenosa, que
mataba por instinto, porque sí, porque veía en todos al enemigo que sabía que
lo buscaba. Pero el enemigo había estado siempre dentro de él. Por eso huía. No
podía soportar los pensamientos ni mucho menos los recuerdos. Y ella, su vieja
madre, había compartido esos sentimientos y moría lentamente buscando un
refugio para él. Su odio se trocó en compasión por la anciana, y de pronto,
hasta por él. La vieja miró hacia la cara del joven y le aseguró:
—No te pido más que no lo mates en mi presencia. Vienes a buscarlo, sé
que eres miembro de la autoridad, y si llegas aquí es por él y como
consecuencia de las tantas órdenes de captura que han sido expedidas. Si me
prometes que no lo matas aquí, yo lo entrego en tus manos sin necesidad de
discusiones ni de luchas. Que tu conciencia te indique lo que debes hacer.
Se levanta, y con el mismo paso menudito e inseguro, se dirige al
cuarto cerrado. Abre la puerta, se escucha un diálogo a manera de susurro y
unos cinco minutos después emergen la anciana y un hombre de unos cuarenta años
de edad, atropellado por las circunstancias, flaco, que mira al joven que lo
encañona con el revólver, mientras la anciana se interpone entre ambos. El
hombre señala:
—Sé quién eres y lo que representas. Estoy a tus órdenes, pero si me
vas a matar, hazlo lejos de aquí y no frente a mi vieja. Se abraza a la
anciana, la mira a la cara, le da un beso y el llanto rueda por sus ojos.
¡Perdóname mamá!, casi grita y se encamina hacia el otro con los brazos
extendidos y las manos juntas para que le coloque las esposas. Pero el odio se
agita en el interior del joven, que logra dominarlo y le dice:
—Ramón G., tengo una orden de captura en tu contra por tres delitos de
asesinato Camina delante de mí, no te voy a poner esposas y quedas libre de
intentar la fuga cuando quieras. Pero cualquier movimiento que considere falso,
me autoriza para disparar a tu cuerpo, aún de espaldas, alegando que trataste
de fugarte ¡Vamos, andando!
Y la anciana queda en la arruinada casucha que le sirve de vivienda,
aferrada al marco de la puerta, sin llanto en sus ojos, porque no tiene
lágrimas qué derramar, y mira entre brumas cómo los dos hombres toman el
caminito hacia quién sabe dónde. No tiene esperanzas, pero tampoco está segura
de que no maten a su hijo. El momento de rendir cuentas le había llegado a su
hijo, mientras que ella continuaría allí, a la espera del desarrollo de los
acontecimientos y a la decisión de quien todo lo puede. Ni siquiera sabe si
sentarse a descansar, o llenar su corazón y sus ojos de llanto para mantenerse,
como hasta este momento, llorando por todos los muertos y por su hijo, que
considera muerto en vida.
=0=
Consideraba que, si había algo que se pudiera comparar a una porqueriza
campesina, en donde los cerdos permanecen acostados sobre el fango
revolviéndose con los alimentos y sus propios excrementos, sería sin ninguna
duda la historia de su país. Desde el encuentro de dos mundos que avanzaban,
uno a marcha forzada obligado por la guerra permanente y por cualquier motivo y
el otro que se movía conforme le habían enseñado los antepasados, con lentitud
pero a paso seguro, el continente en general, pero su país en particular, se
había sumergido en un fango de sangre y de excrementos humanos, con el mismo
placer y la misma ferocidad que le trajeron los que se convirtieron, antes que
en descubridores de un nuevo mundo, en unos crueles y sanguinarios depredadores de las razas autóctonas, por simple
capricho. Ante la realidad, espera que, en el futuro, habrá de tenerse cuidado
al abrir las páginas del libro de la historia nacional, para no recibir los
chorros de sangre ni ensuciarse las manos con la mierda acumulada, para no
hablar de los dolores y los horrores sufridos por sus paisanos. Es una víctima
de la violencia, pero no se incluye en las listas oficiales ni en las
clandestinas porque, al cotejarlas, resalta la eterna verdad de los opresores y
de los oprimidos que después cambiarán sus papeles en una forma de desquite
rotatorio. Así había sido siempre y por esas razones, su país había pasado de
una violencia a otra, con unos breves lapsos de reposo en la lucha, sin
importar las causas, que generalmente partían de las diferencias políticas. La
religión, una sola, prevalece, piensa, aprovechándose de las circunstancias.
Cuando mandan los azules, los representantes de Dios son de ese color y
despotrican, anatemizan y envían a los profundos infiernos a los rojos. Cuando
los rojos toman las riendas, los que van al imperio de las tinieblas son los
azules. Los religiosos no tienen empacho en convertirse en camaleones, con tal
de que “se mantenga incólume el respeto al Dios de los ejércitos, al que todo
lo puede y al que se debe la alabanza y la oración permanente”. La intención
real, el propósito verdadero, es mantener poder religioso, poder económico,
poder político y otras canonjías, que hicieron de la religión un aparato
cogobernante sin cuya anuencia nada es legal. Lo demás es pecado. Tal vez por
ello se deba que cada uno de los habitantes del país, sienta en lo más profundo
de su ser la necesidad de ser violento, porque ello es una forma de expresar
que se está acorde con el sentimiento divino de la violencia. No otra cosa
puede esperarse de un dios que desde el principio de los tiempos dispone el uso
de la violencia para apoderarse de las tierras cultivadas por otras razas para
entregarlas a “su pueblo” y el respaldo con armas poderosas, por eso lo llaman
Dios de los ejércitos, para imponerse a los otros pueblos y reducirlos a la
nada mediante la violencia. La iglesia había mantenido el sistema y alentaba a
los gobernantes para que asumieran la defensa de un dios y de su doctrina que
no requerían de ello, mediante las guerras santas. A nombre de Dios
ensangrentaban el mundo. Y esos que ya venían imbuidos de violencia, la
sembraron desde el momento del encuentro para imponer, con la cruz de palo y la
cruz de la espada, sus principios a unos pueblos que tenían otros dioses
benevolentes.
Nací en un castillo, rodeado de tantas comodidades, que desde los dos
días después de haber llegado a este mundo, me sentí hastiado de todo. Cientos
de caras pasan por frente a mi cuna, me sonríen hipócritamente y afirman, pese
a que las miro frente a frente para ver si así no se atreven a mentir, que soy
la criatura más bella del universo, lo más lindo que ha llegado al reino de mi
padre. Pero yo sé que no es cierto. Al momento de asomarme a este mundo cruel,
escuché a la comadrona de palacio preguntarle en voz susurrante a la que le
ayudaba en la tarea si había visto algo más horroroso que lo que acaba de sacar
del vientre de la reina, y aquella, con mirada temerosa y buscando la forma de
que mi madre no la viera ni la escuchara, respondió que parecía un sapo.
Lo bello que traje a este mundo, luego de mis grandes dones naturales
para el apareamiento futuro, fue el título de Príncipe de Chochó, Conde de
Zapindonga, Duque de Villa Mady, Marqués de Brinca y Salta, entre otros miles
de perendengues que le otorgan a los que desgraciadamente nacen príncipes, pero
sin derecho a la corona. Mi hermano, el primogénito, nacido cinco años antes,
ya se prepara en las tareas necesarias para asumir el trono que pronto dejara
mi padre, por abdicación si una hermosa potra y su hermana próstata arrecian
sus caricias sobre el aparato genital del viejo, o por llevárselo una
tuberculosis galopante que lo deja sin aires, especialmente por las noches,
cuando desbocada de amor no se cansa de abrazarlo.
Mi madre, la reina, por su parte, hace esfuerzos para que el rey logre
mantenerse a flote en los siguientes quince años, cuando el proceso de
enseñanza del príncipe heredero termine, ante su manifiesto desprecio por los
asuntos oficiales.
Mi padre, el rey, que no ignora los sentimientos de la reina, por si
acaso se adelanta el viaje definitivo, designó un comité de regencia para
dirigir los asuntos del trono mientras termina el proceso de formación del
príncipe heredero. Así, escogió lo mejor de lo mejor entre los cortesanos y los
llamó a palacio para hablar del tema. Por eso, por primera vez en la historia
del reino, se sentaron a manteles el Conde Álvaro Gordo; Salvador Turcomalo,
Conde de Salud; Jaime, Marqués de Comelibros y su hermano Jairo, Duque de Lora
Mojada y quien sería el vocero del rey ante el pueblo dadas sus condiciones
demosténicas; José María, Marqués de Chepetescondes; Julio César El Gritón,
Duque de Peleacasada; Carlos, Conde de Papel Familia y otros más que por
carecer de importancia se me pierden en la mente.
En la cuna me burlo de todas esas previsiones y agüeros y por ello,
cuando escuché que el Conde Gordo dedicó desde su cuna todo el tiempo a comer y
comer sin pausa ni descanso, y ni siquiera jugó con la caca, muestro mi
regocijo ante los acontecimientos de que tengo noticia, revolcándome entre los
excrementos que expulso cada dos horas, por lo menos, en medio de la furia de
la nana que me tiene a su cargo, pero que nada puede decir abiertamente para no
encontrarse con una salva de nueve milímetros. Es que cuando nací ya habían
pasado de moda la lapidación, la crucifixión, el ahorcamiento, la guillotina y
otras formas de ajusticiamiento, para entrar al corte de franela, a la
motosierra y a la rociada de un elemento muy eficaz de plomo puro llamado nueve
milímetros.
La reina, comprometida con los asuntos sociales de palacio, carece de
tiempo para atenderme y me ve una vez a la semana cuando la nana me lleva a la
puerta de palacio para que cuando ella pase por allí rumbo a la carroza real,
un coche llamado limosina marca Peugeot, ponga los dedos en mi rala cabeza.
Como soy tan feo, ni siquiera me mira. Yo creo que, en el fondo, la reina no me
quiere, le avergüenza que sepan que parió a semejante monstruo. El rey, por su
parte, me mira cada dos o tres meses. Sus frecuentes visitas a los pueblos del
reino para mantener contento al populacho, que olvida los sufrimientos, el
hambre, la desnudez y las enfermedades cuando su soberano se digna pasar frente
a sus viviendas y mejor aún si mira hacia ellas, así como las visitas de
cortesía a los reinos vecinos de Chochó, para departir con el rey García, El
Cristo, y conocer sus libros de poemas; El Roble, en donde los herederos del
rey Tito continúan después de varias centurias esperando que Álvaro El
Eterno, rey del universo, les explique
en donde se perdieron las tropas que mandó para salvaguardar la vida del
monarca que se atrevió a denunciar anomalías con los tesoros reales; El
Corozal, cuyo trono se encuentra acéfalo desde que al rey Eduardo El Contento
lo destronaron; a Sampuix, en donde es atendido por el rey Dagoberto El Grosero
que le reserva para su uso exclusivo mientras está de visita, el harem que
mantiene en el palacio llamado Motel, localizado en los bellos bosques de ….. Mi padre viaja mucho, pero la nana
comenta con el palafrenero, con el que parece tiene sus amoríos, que desde que
yo nací lo hace con mayor frecuencia y por más largo tiempo.
SUEÑO EN UNA NOCHE DE SIERRA FLORECIDA
El estruendo de un bombo que rodaba cuesta abajo,
porque el que lo portaba se había
dormido se le salió de las manos y lo dejó caer, me sacó de la maraña de mis
propias ilusiones, tejidas en la esperanza de una época mejor y en medio de las
luces multicolores que adornaban las paredes, los pasillos, las salas y el
patio de la lujosa residencia en que nos habíamos reunido, para presentar al
alcalde el saludo de los artistas y los ruegos por una mejor atención a los
cultores de las artes.
Quedé boquiabierto, al contemplar que solo los músicos
de la banda y una mujer que representaba a una estatua desnuda, estábamos en el
lugar. Las hermosas esculturas de mármol, de plombagina y de varillas de
hierro, ya no adornaban el museo. Los escultores, como pudieron, las sacaron de
allí rumbo al lujoso barrio en donde residía el alcalde. Los pintores
descolgaron sus muestras y corriendo el peligro de romper las lonas, se las
llevaron bajo los brazos. Los grupos de danzas recogieron entre los dedos la
multitud de polleras y pollerines y se unieron a la carrera que encabezaban los
de las esculturas. Los del Conservatorio de Música portaban alegremente sus violas
y violines, sus violoncellos y contrabajos, sus clarinetes, bombardas y bombardinos,
y los ayudantes de la orquesta sinfónica se encargaron de alzar y conducir el
material de percusión. Los poetas dejaban regadas en el camino las cuartillas
con hermosos versos para construir poemas. Los mimos, en sus diálogos matizados
de silencio, los arlequines con sus campanillas, los payasos con sus carcajadas
fingidas, los actores dramatizando los guiones unos reían, otros fingían
pomposas poses como si fueran los potentados de un mundo nuevo abrazado por
Midas para relucir en el entarimado, aquellos con caras de tristeza para darle
notoriedad a la obra que protagonizaban mientras corrían por las calles del
pueblo.
Nunca antes ni nunca jamás, podría verse tan singular
carrera de los artistas. Las musas flotaban iniciando el presuroso desfile, ávidas
de la notoriedad de la que nunca habían gozado en la sierra florecida. Animaban
a los artistas, los arengaban, los orientaban, los instruían a gritos. ¡Corred!
¡Corred, amigos, que a donde vamos está la gloria que merecen los artistas!
Mientras ellos corrían hacia el palacio que el alcalde
había adquirido, aproveché para preguntarle a los pocos que me acompañaban en
el Teatro Odeón, qué había ocurrido y me respondieron que el funcionario
anunció que no asistiría a la ceremonia pero que con mucho gusto los esperaba
con el producto de sus mentes para admirarlo más de cerca y con mayor
confianza. Lo que el alcalde no tuvo en cuenta fue el deseo de los artistas por
demostrar que habían elaborado obras maestras y que sin esperar una nueva
invitación se fueron con su parafernalia para el castillo.
La estatua viviente y desnuda, una forma de arte, me
informó que no podía correr porque en el tubo de la vida había introducido una
alegoría que podría salirse y desluciría el espectáculo. Acercándose en un
fingido rapto de libidinosidad puso sobre una de mis piernas el obstruido
conducto por donde penetra la simiente y brota la vida en el constante vaivén
de la reproducción y tembló de furia
porque ahora no podría abrazar como quería al alcalde.
Y llegaron al palacio, pero el alcalde se protegió al
mantener cerrada la verja de gruesos barrotes de acero inoxidable. En medio de
la algarabía dispuso que el conjunto de acordeoneros ejecutara las melodías de
su preferencia y en un discurso que de haber estado escrito no habría pasado
más allá de diez renglones, les agradeció la visita y los invitó a irse a sus
casas a descansar, no fuera que la ronda policial en cumplimiento del decreto
de prohibición que acababa de firmar, se los llevara para la cárcel.
Le pidieron que se quedara con las obras, pero se negó.
Lo que no sabían los artistas es que el alcalde, que difícilmente sabe leer y
escribir, no entendía los mamarrachos, los matachines, ni la música clásica, ni
las danzas modernas, ni las obras pictóricas, ni los versos encendidos de amor
de los poetas. ¡Todo había sido un fracaso! La sierra florecida tendría que
esperar la resurrección de los muertos, el Armagedón, para reescribir su pobre
y triste historia de analfabetismo enaltecido en las urnas. Para iniciar un nuevo
canto y dejar el bramido a los toros, los terneros y las vacas, para quitarse
de encima la mierda de vaca que, como choza campesina, le embadurna el cuerpo,
el rostro y la sesera.
Dentro de la
ignorancia en que se les mantiene, los habitantes de los sectores populares se
dan sus mañas para burlarse de sí mismos y de los que creen que los mantienen
engañados. Cabe recordar que la mayoría (jamás diga la inmensa mayoría) de los
mandatarios colombianos, con los sincelejanos y sucreños a la cabeza,
retroceden en el tiempo, a las épocas en que el mayor orgullo era poseer una
inmensa riqueza, porque los asuntos intelectuales estaban a cargo de los
amanuenses. Una muestra: una señora estaba que explotaba de la ira, porque su
pequeño hijo lloraba y lloraba y no encontraba cómo ni con qué contentarlo. Una
vecina que había soportado desde las cinco de la mañana la gritería se acercó y
poniendo la boca sobre la oreja del niño le susurró algo y éste calló de
inmediato. La mamá, una hora después, le preguntó:
—Vecina ¿qué le dijo
usted a mi hijo para que se callara?
—Le dije que, si
seguía llamando la atención con sus gritos, podía oírlo el alcalde y éste sí
que en verdad se lo robaba.
Desde la infancia, mantenía un miedo terrible a la posibilidad de encontrarse
frente a frente con un fantasma. Los cuentos de la tía Mireya, del viejo Ladeo,
que mientras adelantaba las narraciones tabaleaba insistente e incansablemente
sobre el cajón de tiras de madera en que se sentaba para estas ocasiones, o las
del Niño Ayala, entre muchos otros, le impregnaron la conciencia de temor hacia
lo desconocido.
Pero el hombre es así. Eternamente terco, no se acomoda a lo que Dios
le da, sino que busca y rebusca otras cosas dentro de una misma cosa. A veces
las encuentra y entonces se habla de milagros o de invenciones. Pero su padre,
realista inmutable, aseguraba que no hay nada nuevo bajo el sol. El ahora, el
presente, es el mismo ayer y será el mismo mañana. Solamente el hombre, como
ser, no como género, porque las mujeres también viven en el mismo cuento, se
empeña en cambiar las cosas, supuestamente para mejorar su hábitat, búsqueda
que en el curso de las civilizaciones ha ocasionado tragedias de las que no
quedan más que vestigios desentrañables. Y eso que no comprende, el hombre
entonces lo convierte en elemento de especulación.
Eso aseguraba su padre. La realidad, sin embargo, lo tenía en este
momento arrinconado entre dos muros de una casona del pasado, que había quedado
en ruinas después del bombardeo a que la sometieron, cuando llegaron a la zona
las fuerzas de los países en conflicto. Como si cumplieran una orden de Jehová,
el dios de la guerra, no dejaron piedra sobre piedra y todos los habitantes de
la extensa región, conjuntamente con los soldados abatidos, a la par que los
caballos, los burros y todos los animales, la llenaron de cadáveres, en tal
número, que nadie quiso enterrar los cuerpos y prefirieron que se pudrieran a
la luz del sol y bajo los rayos de la luna. En aquellos tiempos, decían los
relatos históricos, tanto el sol como la luna y las estrellas, esparcían su luz
con una estela roja, como si la sangre de las víctimas hubiera ascendido al
espacio más allá de lo previsible.
La especie humana había sucumbido en diferentes ocasiones anteriores,
gracias al afán del hombre por descubrir los secretos de la naturaleza. Una
sola cosa parecía ser el eslabón perdido entre las civilizaciones desaparecidas
y la actual: la comunicación. En todas las civilizaciones anteriores, estimaban
los estudiosos, el hombre logró avances portentosos en las ciencias y las
tecnologías. Pero todas llegaron al mismo punto. Comprimieron en tal forma la
comunicación, que toda la historia de una de esas civilizaciones, con más de
mil años de existencia, quedaba impresa en un minúsculo elemento. Que tal vez,
mil años más tarde, algún niño podría encontrar y jugar con el minúsculo
aparato, inservible porque se carecía de los equipos adecuados para reproducir
su contenido.
Recordó en esos instantes de apremio, que una forma de disco había sido
considerado similar a uno de acetato de los primeros días de la civilización
que está por terminar, carcomido por los años que duró enterrado en las arenas
de los desiertos y luego de otros más en las estanterías del museo de El Cairo.
Él se dejó atrapar, sin poseer los suficientes conocimientos, en la tarea de
desentrañar el misterio del Valle de los Esqueletos, como llamaban la extensa
zona que había sido escenario de la última guerra. Y se maldecía por lo que su
mente ideó en un instante de locura, como fue recoger las osamentas de seres
humanos y de animales dispersados en los más de mil kilómetros cuadrados del
campo de batalla. Leyó en alguna parte que el zar Nicolás I de Rusia, había
construido una carretera con las osamentas encontradas en determinado lugar y
se dijo que ese zar no había contado con la cantidad de esqueletos que él había
visitado durante una excursión del colegio, cuando adelantaba estudios de
enseñanza media.
Se dirige resuelta a la entrada
del templo, sin mirar a ningún lado. Sabe que, a izquierda y derecha del lugar,
se reúnen grupos de hasta ocho hombres cada uno, que se dedican a charlar sobre
distintos temas sin profundizar en ninguno, por cuanto el objeto de estarse
allí no es otro que el de recibir sobre sus cuerpos los vientos que bajan de la
sierra y que les permite soportar los ardores de los rayos solares. El clima
promedio es superior a los treinta grados y cuando no pasan las brisas el sudor
les resbala por el cabello hacia el cuello y se deposita fastidiosamente en las
axilas, humedeciéndoles las camisas. Otros chorros bajan por la espalda a
través del canal de la columna vertebral y se depositan como en un lago,
atrapados por los ropajes interiores. A ella, como mujer, le sucede igual. Se
impacienta cuando el agua forma pozo inundándole el sexo y creándole, si se
descuida, una especie de olor fétido. ¿Cómo definirá la academia de la lengua
este hedor?
Las miradas concurren hacia ella
y la detallan, en silencio, mientras mueven los labios en susurros en donde
cada uno expresa el concepto sobre sus cualidades corporales. No la conocen y
por ello ni siquiera se atreven a especular en relación con su comportamiento
moral y espiritual.
Sabe que es bella, que tiene un
cuerpo curvilíneo en el que todas las cosas están en su puesto y bien
conformadas, dándole una panorámica inigualable al más exigente sibarita. Desde
la sedosidad de su pelo negro, que contrasta con la blancura de la piel, un
blanco atenuado que no repele a ningún ojo, unos ojos verdes, la nariz entre
aguileña y chata pero que no altera la armonía del rostro, boca mediana, labios
gordezuelos sin exagerar, dientes
blancos y parejos, cuello mediano, senos medianos sin llegar a la exuberancia,
cintura algo delgada conforme al prototipo de la moda corriente, abdomen plano
que facilita a la falda pegarse al cuerpo y resaltar una especie de tortuguita
en el triángulo formado por las piernas
y el cuerpo, posaderas levantadas, redondas,
y un par de piernas bien torneadas que
llegan a unos tobillos gruesos y excelentemente formados, para rematar en dos
pies delgados y cortos. Como sabe que el lado posterior de sus piernas es
perfecto, usa las faldas que no son muy cortas, pero tampoco muy largas, lo que
llama la atención de quienes la miran, por la perfección. Anda erguida, pero
sin petulancia, y camina sin prisa, pero con seguridad, como le enseñó su tía
Victoriana, cuando la preparó en el tránsito por la pasarela para participar en
el reinado entre los cursos de la escuela, alzándose con la corona sin discusiones
por la decisión del jurado. Sabe que es bonita, porque así se lo reconocen
hombres y mujeres a cada momento.
Con disimulo y desde el
automóvil de su propiedad, ha seguido con atención el modus operandi de los que
asisten al templo y de los que diariamente, algunos, y en las tardes, cuando
declina el sol, los demás, se están en el lugar. Cerca de un mes ha estado en
los alrededores. Parquea frente al templo o en los estacionamientos permitidos
de las calles adyacentes y como los vidrios ahumados de los parabrisas se lo
facilitan, los baja un poco para escuchar las conversaciones, especialmente de
los grupos de hombres. El templo se encuentra en medio de pequeños parques. El
del frente, llamado camellón, el de la izquierda entrando y, el mayor, el de la
derecha. Hombres y mujeres, niños, jóvenes, adultos, ancianos, locos y cuerdos,
otros que no son locos, pero tampoco cuerdos, jubilados, empleados públicos,
dependientes de almacenes, lustrabotas, loteros, fotógrafos, vendedores de
minutos para llamadas a celulares, taxistas, vendedores de frutas, de
abalorios, de artesanías. Mendigos, desempleados, desempleados de profesión a
los que no se puede calificar de vagos y vagos irredentos. De todas las
condiciones, de variadas mentalidades, variopintos políticos, mensajeros por
propinas, negros, blancos, millonarios, ricos, acomodados, pobres y miserables.
De todo un poco. Y para lo que ella requiere, también ha detectado, pero con
mayor énfasis cuando comienza a oscurecer, la presencia de prostitutas de la más
baja condición y homosexuales en la decadencia, que no suscitan ni siquiera una
mirada condolida. Las prosti y los homo, cobijados en el vocablo gay, que
remplazó a sick, (enfermo), voz que pretendió y logró eliminar los
vocablos “criminal”, “desviacionista” y otros, vulgares e insultantes, al
iniciarse el movimiento homófilo conocido como “Liberación Gay”, por allá por
1951 en el estado de Iowa, Estados Unidos. Las prostitutas, agrupadas en
“chicas prepago”, “estriptiseras”, “direccionales” y otras denominaciones, así
como por especialidades en el oficio
-libadoras, terneritas,
retráctiles, multiservicio, masajistas, triangulares, cuadrangulares y
multifacéticas, entre otras modalidades- y los homosexuales de mediana
condición hasta los encopetados y los simuladores, es decir, de los que lejos
parecen y de cerca lo son, pero que evitan demostrarlo, comienzan sus
actividades a las ocho o nueve de la noche en grilles, heladerías, salones de
baile, etc., en donde la sola entrada es de elevado valor. Lo ha visto todo y
nada la ha sorprendido.
Al tenderse en la cama del
hotel, se pregunta cómo es que ha llevado su vida en tales menesteres. No
encuentra respuesta a los cientos, o tal vez miles de interrogantes que se hace
desde el momento ¿fatal? en que algo muy infinito la asaltó sorpresivamente sin
lograr un entendimiento al respecto. Por eso, anoche, decidió que solamente la
confesión, de que tanto le hablara su abuela materna mientras vivió, podría
solucionarle el problema. “Confiesa tus
pecados, niña, porque sólo así hallarás reposo” Sólo que ella, desde que
murió la abuela Patricia, no había vuelto a un templo. En ese entonces, apenas
se preparaba, a los nueve años, a recibir la primera comunión, que jamás tuvo
lugar. Fue a esa tierna edad, cuando comenzó su, ahora lo considera así,
calvario. Por ello ignoraba qué era confesarse, en qué consistía la primera
comunión y otros asuntos religiosos. Su madre quedó en dificultades económicas
y sin una profesión definida, cuando el esposo, su padre al que recuerda vagamente
y al que jamás volvió a ver, la abandonó, tomó el camino fácil de abrir la
entrada a la gruta misteriosa en donde se colocó el más preciado tesoro del ser
humano. Después de unos seis meses, la observó en plena actividad y la sorpresa
se enquistó en las profundidades de su cerebro formándosele altibajos
espirituales y morales, que la llevaron a buscar por sí misma la razón de tales
actos y qué deparaban a la mujer -y al hombre, indudablemente- realizarlos con
tanto fervor. Pero no podía decírselo a quien no tuviera la capacidad
suficiente para entenderla y orientarla, o mejor, retornarla al camino que tan
temprano había dejado a un lado para internarse en la anfractuosidad de una
tupida selva de marañas indudablemente diabólicas. Eso la llevó al pasado para
recordar los consejos de la abuela Patricia. Y luego de sopesar las cosas,
decidió que el mejor lugar era el templo de la religión que su abuela había
practicado con tanto fervor mientras vivió. Y a él se encaminó con decisión,
para bien o para mal.
No obstante, el propósito, no
alcanzó el suficiente valor para entrar al templo y dirigirse a uno de los
habitáculos dedicados a la confesión de los fieles. Dio vueltas por todos
lados, se metió a supermercados, heladerías, se tomó fotografías para renovar
la licencia de conducción y una hora más tarde para solicitar el certificado de
antecedentes judiciales y se le pasó la mañana con las vacilaciones y las
dudas. Durmió en el hotel una larga siesta y estimó que tal vez la sola
intención ya le había permitido conciliar el sueño sin que el tejido de
recuerdos y de propósitos la mantuviera insomne, como le estaba ocurriendo
desde hacía un año. Por eso salió y sin pensar en nada ni en nadie, se internó
por el pasadizo central de la que llamaban “Casa del Señor”.
Una cosa era entrar y permanecer
en la mansión divina, y otra la de encaminarse a formar fila ante el
habitáculo, por cuyos laterales un sacerdote iba turnando a los fieles para
escucharles sus relaciones de pecado. La fila era corta esta tarde y contempló
cómo los fieles se arrodillaban, se persignaban y en voz baja y por la
ventanilla, entregaban una como especie de informe. Solamente los más viejos
permanecían mayor tiempo en la confesión. Los jóvenes parecía que, por su corta
edad, los pecados cometidos eran pocos y menos graves, porque el tiempo pasaba
rápido y algunos demoraron más esperando el turno que confesándose. Una anciana
prefirió enfrentar al sacerdote y se arrodilló frente a él. Vio la mano del
religioso hacer ante la cara de la vieja mujer la señal de la cruz y comenzaron
el diálogo. En el momento de despedirla, le colocó la mano en la cabeza y se
inclinó un poco hacia adelante por lo que pudo verle el rostro. Un hombre de
mediana edad, o tal vez en plena adultez, fornido, de piel negra que
contrastaba con la sotana, blanca, cuya sonrisa le llamó la atención. Tomó más
confianza, porque el hombre que sabe sonreír o ríe con franqueza, entiende
mejor las cosas. Son terribles al momento de protestar, pero lo hacen sin
dobleces. ¿Qué pena le pondría a su cascada de pecados? Recordó a una amiga de
los tiempos de su vida decente, si es que alguna vez lo fue, que contó al
sacerdote un pecado sexual y éste, un anciano español, pegó un grito que se
escuchó como un trueno en el silencio del templo. Favorablemente entendió
enseguida que había cometido un error porque al pecador hay que oírle su
confesión, pero no maltratarlo. ¿Y si este moreno, la expulsaba del templo al
escuchar la milésima parte de sus pecados? No importa, se responde, lo que ha
de ser será.
Cuando le toca el turno ya no
hay más fieles en la fila. Es la última pero no sabe a quién agradecérselo. Se
arrodilla al lado del habitáculo, pero no sabe qué decir y sólo alcanza a
expresar:
—Buenas tardes, padre.
—Buenas tardes, hija. Cuéntame
tus pecados.
—No sé cómo principiar, padre.
Es la primera vez que me confieso.
—No importa, hija. Principia por
donde quieras. Lo importante es que estas aquí y que te trae un buen propósito:
estar bien con Dios.
—Me interesa descargar mi
conciencia, padre. Estoy cometiendo pecados desde la edad de nueve años y no
quiero que se me olviden algunos que puedan impedirme más tarde acercarme a
Dios.
—Hija mía, no te perturbes por
eso. Dios todo lo sabe y si se te olvidan algunos de los pecados cometidos, no
interesa ni la gravedad ni la cantidad, él, en su infinita sabiduría y en su
infinita bondad, habrá de entenderte. La mente humana no solamente es débil,
sino que a veces nos traiciona y si queremos rememorar viejas escenas, se
obstina en ocultarlas. El Todopoderoso perdona esos olvidos, cuando el hombre,
como especie, se muestra dispuesto a pedir el perdón. Al hombre pueden
olvidársele los pecados, pero a Dios no. Él entiende nuestras debilidades,
nuestras flaquezas, nuestras deficiencias. Decídete. Comienza por donde
recuerdes y, aunque no haya una secuencia exacta, decláralos en la medida que
te vengan a la mente.
-En estos últimos días, padre,
he estado volviendo atrás en el trayecto de mi vida. Mis pecados son muchos,
incontables, tal vez, y por eso me pregunto: ¿Puedo extenderme en esta
confesión? Recuerde que no quiero dejar ninguno sin confesar.
-Principia, hija mía. Te informo
que hay varias clases de pecados. Están los originales, que no requieren
confesión. Están los veniales, que en veces no constituyen gravedad alguna y
que pueden omitirse sin temer represalias, aun cuando Dios no es ser de
represalias, sino de entendimiento y perdón. Están los pecados mortales. Esos
sí debemos hacer el esfuerzo de no olvidarlos para confesarlos. El ser humano
no debe pensar solamente en la vida terrenal. Hay otra vida prometida por el
mismo Dios y es a esa vida nueva y eterna, a la que debemos prepararnos para no
perderla. Como puedes ver, separa el grano de la paja y dedícale atención a lo
que puede afectar tu vida futura y tu vida en el más allá, para no perder la
gracia y la bendición del que todo lo puede.
—Gracias, señor, pero no creo
que me alcance el tiempo, pese a las diferencias, para confesar mis pecados, a
los que considero mortales en su totalidad.
—Si requieres más tiempo, ya lo
analizaremos. Mientras, y no creo que puedas tener tanto pecado mortal dado a
que por el tono de tu voz me pareces que eres una mujer joven, comienza y
déjame a mí la tarea, como representante de Dios en este momento, de decidir
qué tan graves son tus caídas.
—Gracias nuevamente, padre,
porque tiene usted la bondad de la comprensión. Sí, soy una mujer relativamente
joven, porque apenas tengo veinticinco años. Recuerdo, señor, que a los nueve
años y cuando me preparaba para recibir la primera comunión, todo se truncó al
optar mi padre por abandonar a mi madre y a mí, sin que hasta este momento haya
podido saber las razones. Mi madre, jamás, se refirió al asunto ni yo se lo
pregunté. Algo inexplicable me impedía hacer preguntas al respecto. Sólo sé que
las cosas cambiaron y que mi preparación religiosa quedó abandonada y si seguía
asistiendo a la escuela, era más por mi propio interés que por el de los demás.
Mi abuela Patricia, mi verdadera y única amiga, había salido en una gira por
diversos países y cuando regresó, seis años más tarde, ya me encontraba hundida
hasta la coronilla en el pecado. Mi madre se perdía de la casa sin razón
alguna. Como si estuviera trabajando en una oficina, salía a las siete de la
mañana, bien emperifollada, y retornaba al hogar a eso de las nueve o diez de
la noche toda desaliñada, como si su tarea hubiera sido de fuerza y no mental.
—Abrevia, hija mía, no matices
tu relato con cosas que no vienen al caso.
—Son tan del caso, padre, que si
no lo hago no podrá usted entender las circunstancias que me rodearon en ese
entonces ni las razones para que hubiera caído tan hondamente en el pecado.
¿Puedo seguir?
—Sigue, hija mía, sigue, si ello
es imperioso para que yo pueda entenderte, como dices.
—Mi madre se dedicó a esas
inexplicables salidas desde el día siguiente en que mi padre se fue de la casa.
Era como si ella lo hubiera estado deseando y esperando. Transcurrió cerca de
un mes, cuando una tarde, al llegar del colegio, encontré un hombre, que no era
mi padre, en la casa. Alto, delgado pero atlético, un rostro aceptable adornado
por cejas negras y pobladas, una nariz bien trazada, unos ojos negros, labios
delgados y un mentón algo pronunciado que lo hacía aparecer como hombre de
pelea. Mi madre me lo presentó como a un compañero de trabajo, que había venido
para ayudarle en el trámite de varios documentos y me insinuó que me retirara a
mi cuarto desde esa hora, porque no podría atenderme y la señora del servicio
doméstico le había pedido permiso para adelantar asuntos de su propia familia.
Después de comer, me fui a mi alcoba y preparé las tareas y dispuse el otro
uniforme para el día siguiente. La casa se encontraba en silencio y como a eso
de las nueve de la noche bajé a por un vaso de agua para calmar la sed y
escuché como una especie de gemidos en la alcoba de mi madre. Gemidos que
confundían, según mi entendimiento a esa edad, el dolor y la satisfacción.
Curiosidad de niña, una vez bebí agua, volví a subir la escalera, pero no me
fui a mi cuarto, sino que con precaución me acerqué al de mi madre, que tenía
la puerta entornada y se escapaba la luz interior. A medida que me acercaba
subía el tono y la secuencia de los gemidos, que ahora los acompañaba con
palabras sueltas de “mi vida”, “querido mío”, “mi amor”, etc. Con cuidado miré,
pero no alcancé a divisar el sitio en que se encontraban. Me atreví y abrí un
poco más la puerta y desde el ángulo los observé desnudos, el hombre encima de
mi madre, en desarrollo de un extraño ejercicio sobre la cama. Nunca antes
había visto una cosa como esa y la sorpresa me paralizó. En ese instante mi
madre pegó un pequeño grito y se quedó como desvanecida y el hombre se bajó y
al volverse, de pie, me vio en la puerta. Otra sorpresa más me cayó encima. Esa
cosa, como las que tenían mis primitos que eran chiquitas, en él era enorme,
tiesa y babosa. No dijo nada. Sólo me hizo señales para que me fuera y asustada
me dirigí a mi alcoba, en donde los interrogantes sin respuestas me quitaron el
sueño no sé hasta qué hora. Por la mañana, esperando el bus escolar, alcancé a
verlos cuando ambos salieron y tomaron un taxi quién sabe a dónde. Esto
continuó por varios días y la curiosidad me daba sed, creo que solamente para
justificar mis bajadas a la nevera. Y cosa curiosa. La doméstica dejó de estar
hasta las seis de la tarde “porque siempre tenía problemas hogareños que la
obligaban a salir más temprano”, pero no respondía mis preguntas de por qué no
cumplía el horario completo, hasta que un día me respondió que se lo preguntara
a mi madre que fue quien así lo dispuso. Miguel, así se llamaba el compañero de
mi madre, me hacía carantoñas sin que ella se opusiera. Como no me preguntó
sobre mis nocturnas visitas a la puerta, supuse que él no la había informado.
Desde la segunda vez, mientras cumplía su extraña labor, siempre buscaba la
forma de mirar a la puerta sin que ella notara algo y me dejaba estar hasta
cuando, con la mano, me señalaba que debía irme de allí. No sabía por qué el
llamado de la curiosidad era más fuerte que el de la sensatez. Sabía que no
debía hacerlo, pero todas las noches observaba el espectáculo entre curiosa y
asustada, entre un llamado interior que me hacía sentir la necesidad de
remplazar a mi madre debajo del cuerpo de Miguel y un lejano sentimiento que me
indicaba que no era posible. Algo no estaba bien, pero no alcanzaba a dilucidad
qué hacer para no recaer en el morbo de lo que más tarde supe se denominaba voyerismo. Lo cierto, padre, es que,
pese a mi corta edad, ya le dije, nueve años, en ocasiones sentía primero que
mi madre el brote de una sensación que salía no sé de qué parte de mi cuerpo o
de mi mente e inundaba todo mi ser. Hasta el día antes de mi encuentro con otra
realidad, cuando la sensación fue tan fuerte y tan profunda, tan incontenible,
que gemí primero que mi madre sin estar en la cama. Miguel alcanzó a oír y para
disimular mi entrometimiento, gimió varias veces mientras me señalaba que debía
salir de allí. Fue un viernes en la noche y tal vez por no haberme entretenido
en tareas, comencé a estar pendiente de lo que ocurriría en la alcoba de mamá
mucho antes. Incluso, alcancé a ver mucho más de lo que hasta entonces no sabía
que se denominaban preliminares del sexo. Y mi ser todo llegó a un punto
máximo, porque miré cómo mi madre, acaballando a Miguel, tomó ese horrible
instrumento, lo llevó a su boca y lo succionó por largo rato. Miguel, antes de
sobrevenirle un acceso extraño, estuvo pendiente de mi presencia en la puerta.
Luego intercambiaron posición y él, siempre arriba, introdujo eso en la boca de
mi madre mientras dirigía, haciéndome guiños, su boca a las entrepiernas de
mamá en donde sus labios y su lengua adelantaban una a manera de limpieza por
los lados y luego pretendía entrar profundamente por allí. Esto quizás debió
exacerbar mis sentidos hasta llevarme al gemido, que no repetí porque sabía que
no debía hacerlo. El sábado, a eso de las diez de la mañana, mi madre salió
para el centro de la ciudad y luego de hablar con Miguel, acordaron que él se
pasaría el día en la casa y que mejor la esperaría, a lo que ella accedió. Me
llamó a un lado y me pidió que no hiciera ruidos porque Miguel dormiría por
largo rato y que ella vendría, tal vez, a eso de las dos de la tarde, por lo
que dejaba en el calentador el almuerzo para ambos.
—¿No informaste a tu madre de lo
que estaba ocurriendo?
—No padre. Sentía temor de la
reacción de ella. Cierto que nunca puso una mano encima de mí, pero sus miradas
y sus reproches me apenaban y me ofendían, por lo que evitaba ser blanco de
ellos.
—Sigue, hija mía, con la
advertencia de que, si hubieras informado a tu progenitora, tal vez las cosas
habrían sido distintas. Sigue, por favor.
—Miramos cuando mamá tomó un
taxi y nos separamos al mismo tiempo de la ventana. Me fui a mi alcoba, con el
presentimiento de que algo debía ocurrir y que yo estaba esperándolo. No sé por
qué, solo que mentalmente me encontraba acalorada, me quité el vestido y me
quedé en pantaleta, tendida boca arriba en la cama y dejé la puerta entornada.
Como a los diez minutos, Miguel me llamó abajo pero no le respondí. Casi
enseguida escuché sus pasos en la escalera y entró a mi alcoba, diciéndome que
lo perdonara pero que como había visto la puerta abierta no se imaginó que
estuviera casi desnuda y por ello se atrevió a entrar. Sin embargo, ni yo me
perturbé ni traté de taparme ni él me quitó la vista de encima. Le pregunté
para qué me necesitaba y me mostró unos papeles que llevaba en las manos y sin
esperar mi respuesta se acercó a la cama y se sentó a mi lado. No sé por qué,
padre, abrí las piernas. Hizo como si fuera a entregarme los papeles y al
doblarse hacia mí aparentó que había perdido el equilibrio y su mano cayó entre
mis piernas en donde la dejó quieta. Me pidió perdón, pero sin apartarla y yo
solamente me quedé mirándolo. Por dentro sentí un ligero temblor que me subía
desde la entrepierna hacia el corazón y luego hacia la cabeza. No podía
determinar qué era, pero sí sé que adquirió más fuerza cuando su mano abandonó
los papeles e inició una caricia tenue con sus dedos que iban sobre un lado a
otro de mi tortuguita, unas veces desde la derecha hacia la izquierda y
viceversa y otras de arriba hacia abajo, pero sin llegar a donde yo quería que
llegara. No hablamos una palabra. Él, que mientras yo subí a la alcoba se había
despojado de sus interiores, quedando totalmente desnudo bajo la bata, fue
metiendo la mano por debajo de mi interior de seda, bordado con flores azules,
amarillas y verdes sobre fondo blanco, no lo he podido olvidar todavía, y al
sentir sus dedos fríos sobre mi piel caliente, se me erizó la piel y el temblor
se acentuó más y más. No sé a dónde volé, porque lo cierto es que mentalmente
sentí elevarme cielo arriba y una sensación de asfixia me atacó, hasta el punto
de que no alcanzaba a aspirar el aire antes de expirar el que ya tenía en los
pulmones y fue entonces que lancé un grito que debió escucharse en toda la
casa, en la que favorablemente sólo estábamos los dos. Quedó quieto
observándome y luego de que entendió que mi grito no había sido de protesta
sino de gozo, me quitó cuidadosamente la pantaleta y se quedó allí, en donde
frotó sobre mi tortuguita sus cachetes y luego su mentón, con tal cuidado, que
el enardecimiento debió ser la causa para que la cama traqueteara
intempestivamente. De pronto su lengua remplazó su cara y se vino de abajo
hacia arriba, por donde debió comenzar, y poco a poco deslizó su lengua
caliente por mi pelvis, mi estómago, mi ombligo, hasta llegar a los incipientes
senos en donde le dio a cada uno varias caricias de labios en besos encendidos
y de lengua diestramente deslizada para esconderse debajo del mentón y un poco
después enardecer mis orejas que debieron llegar a la rubicundez y trasladarse
luego a contactar mi boca, en ese momento sedienta de labios, de caricias, de
lengua, de saliva. Si, era una niña, pero mi cuerpo respondía por sí solo a los
ataques de Miguel, que silenciosamente cumplía su labor sin cansancio y con
seguridad absoluta. Entrelazamos nuestras lenguas largamente. Él chupaba y yo
también, sin respirar. No sé cómo, al sentir de nuevo su mano sobre mi
tortuguita, yo tendí la mía hacia su cosa, que había llegado a ser inmensa,
tiesa, dura. Lo había deseado desde la primera vez que la miré, y ahora sentía
un escalofrío al darle apretones, suaves al principio y más fuerte después,
como si pudiera así torcerla, ahorcarla, despedazarla, quitársela para
guardarla dentro de mí para siempre. Tomó una posición en que me dejó frente a
esa cosa que yo temía y adoraba al mismo tiempo, y se enfrentó entonces a mi
tortuguita llenándola de besos, pequeñas mordidas que me deleitaban hasta el
paroxismo, paroxismo que llegó a su máximo grado cuando sacó la lengua y
comenzó a barrer los labios de mi triángulo sin ninguna compasión, como si
hubiera estado sucio y él encargado de limpiarlo de hasta la más infinita
partícula de polvo. Fue metiendo poco apoco su lengua dentro de mí, bajando y
subiendo por dentro de los labios, deteniéndose repentinamente en un sitio que
no supe cuál, pero que conforme a su lengua sabía que era como una punta mía,
allá dentro de mí, que me conmovía todo, para luego detenerse abajo, al final
del triángulo, en una manera de pozo en donde oscilaba, como un péndulo, de
izquierda a derecha y de derecha a izquierda. Eso fue, padre, el colmo de la
dicha. Teniendo su cosa entre mis manos, sin saber cómo, aun cuando ya lo había
visto hacer a mi madre, la llevé poco a poco, con la mayor lentitud, al mismo
tiempo que sufría los ataques en mis intimidades, hacia mi boca. Le di un beso
y por su actitud supe que lo había sentido muy agradablemente, por cuanto
comenzó a mover su cadera suavemente, como si temiera hacerlo con mayor fuerza
para no romper nada, ni siquiera la majestad del momento, y cuando apreté la
punta de ese garrote con mis labios y le pasé la lengua por la hendidura, brotó
una forma como de gota acuosa, aceitosa más bien, que recibí en la punta de mi
lengua, saboreé y me agradó su sabor como salobre y la dejé allí reunida con mi
saliva y que tragué sin darme cuenta. Tenía tantos deseos de hacerlo, padre, que
mis succiones fueron tan fuertes que él me pidió que se lo chupara con menos
fuerza. Así, sin descanso y sin cansancio, continuamos por cerca de tres horas,
hasta que por aproximarse el momento en que mi madre regresaría, suspendimos la
agradable sesión de mi iniciación en asuntos sexuales. No hubo entre nosotros,
cruce de palabras distintas a las que le señalé. Mudos, en nuestros ojos debía
reflejarse la satisfacción. Acababa de perder la ingenuidad de niña, sin perder
tal condición. Seguía siendo, integralmente, una niña de manera física. No
supe, hasta hace pocos días, que fue allí en donde perdí la calidad de niña,
espiritualmente hablando. Se rompieron todas las barreras, se superaron todos
los obstáculos. Era poco lo que sabía, apenas lo visto a mi madre con Miguel y
ahora una forma incompleta pero satisfactoria entre él y yo. Era como si
hubiera hallado la forma de meter el agua al coco, pero sin hacerlo. El agua
seguía dentro, pero el coco no era el mismo.
—¿Tampoco informaste a tu madre
de esa situación, inusual para una niña de nueve años?
—No, no informé nada de lo
ocurrido a mi madre, ni siquiera me preguntó cómo se había portado Miguel
durante el tiempo que ella estuvo fuera del hogar. Tal vez consideraba normal y
exento de indelicadeza al hombre que había remplazado a mi padre en sus
sentimientos y en su cama. De paso, padre, ella, nunca más volvió a referirse a
su esposo por ninguna circunstancia, ni siquiera porque se trataba de mi
progenitor. Parecía que nunca hubiera existido.
—¿Volvió ese hombre a repetir lo
que me acabas de confesar?
—Tantas veces, que no alcanzo a
recordar cuántas. Especialmente los fines de semana, cuando mi madre salía a
algo que al final no supe qué. No me buscaba, porque a todas luces era yo quien
se hacía la encontradiza. La segunda vez y con el pretexto de que no le
alcanzaban los brazos, me llamó a la alcoba de mi madre para que le untara
jabón en la espalda y le ayudara a bañarse, lo que hice con mucho entusiasmo,
porque ello justificaba el que me desnudara totalmente para no mojar la ropa de
dormir. Fui, delicadamente, untándole el jabón de arriba abajo y cuando estaba
acuclillada para limpiarle las posaderas, se dio vuelta repentinamente y esa
cosa, en toda su extensión, golpeó mi cachete izquierdo y no solo quedó ante
mis ojos sino pegada a mi boca. No resistí la tentación y aferrándola con mis
dos manitas comencé a acariciarla y luego la besaba como si se tratara de algo
muy especial, hasta que lamiéndola de un lado a otro la introduje en mi boca,
que no alcanzaba, por lo pequeña, a rodear la cabeza de ese garrote, entonces,
para mí, de un tamaño descomunal. Largo rato me entretuve, con gran placer, a
esta labor. Luego, sin palabras, porque parecía que no se necesitaban, él me
puso en pie y empezó a su vez a untarme jabón. La piel se me abroncaba al paso
de las palmas de sus manos, deteniéndose con cuidado y mucho tacto en los
asomos de mis senos por largo rato. Luego lavó esa zona y se agachó a pasar la
lengua dejándome deshecha mentalmente de felicidad, para ir bajando, poco a
poco hasta llegar al medio de mis piernas en donde el accionar de su lengua me
elevó a no sé dónde, y dándome la vuelta, me hizo torcer un poco el cuerpo
hacia abajo y sin esperarlo, colocó la lengua en el pequeño hueco de mi
trasero, sin pizca de asco, obligándome a lanzar un largo gemido de felicidad.
Le soy sincera, padre, no sabía que por allí se siente tanta o más agradable
sensación que por la vulva. Total, que nos pasamos la mañana en el baño y él,
previsoramente, había puesto la alarma del reloj que se encargó de traernos a
la realidad, y tan a tiempo, que no me había terminado de cambiar cuando
regresó mi madre. Fueron muchos los fines de semana en los que el reloj nos
sacaba de entre las nubes de la satisfacción, siempre haciendo lo mismo.
—¿Tu madre no sospechó nada? ¿No
se hacían entre ustedes algunas miradas o ademanes que pudieran delatarlos ante
tu madre?
—No padre. Le repito, ni
siquiera cuando estábamos solos, se cruzaban entre nosotros palabras. El
silencio era el que imperaba en el entorno y apenas mis gemidos de satisfacción
lo rompían. Cuando mi mamá estaba en la casa, como es obvio, interveníamos
ambos en las conversaciones, casi siempre iniciadas por ella. Lo demás era como
una especie de acuerdo mutuo. Sabíamos lo que queríamos y cómo lo queríamos.
Ahora pienso que, si se hubieran cruzado palabras entre nosotros, el encanto se
habría roto.
—¿Y eso fue todo?
—Hay más, padre. Dos días antes
de cumplir los diez años, mi madre anunció que la empresa la había escogido
para participar en un congreso que tendría lugar durante cinco días en una
ciudad diametralmente opuesta a donde vivíamos, y que le dolía no estar conmigo
en el cumpleaños y le preguntó a Miguel si había problemas en que él me
acompañara en los siete días que estaría por fuera, y él respondió que ninguno,
porque yo era una niña muy obediente y estudiosa. Al día siguiente, antes de
salir para el congreso, mi madre me entregó un paquete con instrucciones para
que lo abriera en la noche respectiva porque era mi regalo de cumpleaños. La
acompañamos al aeropuerto. Era un jueves en la tarde. Al regreso, como era hora
de la cena, nos sentamos a comer uno al lado del otro, lanzándonos miradas
picarescas y riéndonos de ello. Después de la cena nos sentamos, uno al lado
del otro en un mullido sofá de la sala y seguimos con interés dos o tres
programas de televisión. Como a las diez de la noche me dijo que lanzáramos una
moneda para saber en dónde nos acostaríamos, si en mi cama o en la de ellos,
pero yo le dije que era mejor en la de ellos, por tener cama doble y aceptó,
aparentemente satisfecho, o porque era eso lo que esperaba. Nos denudamos y nos
acostamos y por largo rato nos acariciamos y besamos hasta que él señaló que
era noche muy especial y que por tanto haríamos una sesenta y nueve. Le
pregunté qué era eso y me explicó y al entenderle, me coloqué de tal manera,
que él, cubriendo con su cuerpo todo mi cuerpecito, dejaba sobre mi cara eso
bien fuerte al tiempo que hundía en mis entrepiernas su cara y su lengua no
encontraba lugar que no saboreara, y yo me dedicaba a succionarle todo y a
proporcionarle caricias en las cosas que le colgaban. Corriendo el riesgo de un
rechazo, cuando ya teníamos cerca de media hora en esto, le puse mi dedo en el
huequito de su trasero y comenzó a gemir. Parecía gustarle y fui introduciendo
con cuidado mi dedo y en la medida que lo hacía él maneaba su parte baja y
alzaba las posaderas como esperando que yo entrara más y más y así lo hice.
Repentinamente lanzó un alto y largo gemido al mismo momento en que esa cosa
comenzó a expulsar con fuerza dentro de mi boca chorros como de baba salobre,
una, dos, tres y creo que hasta una cuarta vez. No sabía qué hacer, pero al
notar que ello le satisfacía, tragué todo en un solo trago y sacándolo de mi
boca lo lamía quitándole la baba y tragándomela. Su mirada y sus besos en mi
boca y mi cuerpo me respondieron que le había agradado. Nos acostamos
normalmente, me acurruqué a su cuerpo y dormimos hasta el otro día, pasándonos
la mañana en el mismo ajetreo. El domingo, apenas abrí los ojos, él estaba ya
sentado mirándome, me dio un beso de felicitación y puso en mis manos un
estuche que contenía una cadena y un anillo de oro con esmeraldas, que me
colocó. Por primera vez, me preguntó qué quería hacer con motivo de mi
cumpleaños y yo, sin entender la gravedad, le respondí que quería que hiciera
conmigo como lo hacía con mi madre. Me miró en silencio un largo rato y luego
me indicó que aún era una niña, y que si bien era cierto que podía penetrar en mí
no era aconsejable y que nos limitáramos a lo que veníamos haciendo desde
tantos meses atrás. Pero para que no fuera a malentenderlo, haría un simulacro,
pero sin romper mi virginidad. La pregunté qué era eso y me entregó con
claridad la información. De esta manera, padre, Miguel me puso boca arriba, al
borde de la cama, abrió mis piernas y tras una hora de pasarme la lengua por
delante y por detrás, colocó eso en mi vulva y la restregaba de un lado para
otro a lo que llamó “darme brochita”, es decir, como si se tratara de un pintor
que brocha en mano pasaba la pintura sobre una pared. En ciertos momentos,
hacía como el intento de penetrar, pero no pasaba de la entrada y no obstante
que le pedía a gritos que rompiera lo que tenía que romper, que yo no diría
nada, se negó. Hay que esperar, mínimo, dos años más, me dijo. No te apresures,
que el momento llega. Y así fueron pasando los meses, en los que él,
dirigiéndome con empeño, me enseñó a mover las caderas estando abajo, arriba, a
medio lado, etc. A ello, agregamos la introducción de los dedos en los
orificios traseros de ambos. No encuentro, reverendo, cómo explicarle la
satisfacción de sentir que un hombre, aun cuando fuera con el dedo, entrara en
mi cuerpo, que pedía a gritos el miembro masculino.
—¿Nunca dijiste a nadie, en tu
colegio, de lo que ocurría? ¿Ni a profesores, ni directivos ni compañeros?
—Pese a mi corta edad, sabía que
no era tema para conversarlo con cualquiera. Matilde, una compañerita de mí
misma edad y del mismo salón, a la que cariñosamente llamaba Mati, me dijo un
día que quería hablar conmigo de un pecado que había cometido y que la hacía
sentir vergüenza. Le indagué si no había dicho nada a sus padres y me respondió
que no, y que tampoco había querido hacerlo a las monjas ni a la madre
superiora, porque creía que la expulsarían. Durante el recreo, bastante largo
porque se asistía, ese día, a un partido de baloncesto, nos retiramos a un
lugar seguro aparentando seguir las incidencias del juego, y ella me dijo que
había sentido la debilidad de observar a su primo Camilo, un mozalbete en ese
entonces de diecisiete años, para establecer cómo era un hombre desnudo. Lo
siguió con cuidado y como habían quedado solos en la casa, él entró al baño y
lo vio con eso en la mano que la agitaba y la agitaba. El muchacho se
sorprendió al verla y ella, sin saber la razón, corrió, se puso a su lado, la
tomó y continuó haciéndole de igual manera, mientras Camilo la sobaba por todos
lados y alzándole la falda le metió la mano entre los cucos, acariciándola en
sus intimidades. Así se estuvieron hasta que el muchacho lanzó largos y fuertes
chorros de líquido baboso en un estado tal, que ella pensó que se desmayaría.
Camilo comenzó entonces a bajarle la pantaleta y dirigiendo su boca a las
entrepiernas, la puso al borde de la locura. Le pregunté si era posible que nos
encontráramos con Camilo y me respondió que no quiso verlo más y, por otro
lado, como estudiaba en otra ciudad se había ido a los pocos días después. No
le conté nada de mi secreto, pero la convencí de ir a la rectoría y hablar con
la madre superiora para pedirle un consejo. Nos dirigimos a ese lugar y
encontramos la puerta entreabierta y en el interior se escuchaban uno susurros.
Le hice señas de guardar silencio y con sigilo nos acercamos y detrás de un
biombo, la madre superiora, con las faldas alzadas y acostada sobre un sofá,
era penetrada por el Capellán de la Orden, el padre Ignacio. Al sentirnos no
alcanzaron sin embargo a taparse con tiempo. Miré las entrepiernas de la madre
superiora y poseía no una tortuguita como la mía y la de Mati, sino una señora
tortuga, y el Padre Ignacio, al que cariñosamente llamábamos Nacho, tenía eso
tan grande, que mi compañerita aseguró después que salían como diez de la de
Camilo y pienso que eran unas dos como la de Miguel. En ese momento, padre,
deseé con toda mi alma ser la madre superiora para gozar del padre Nacho y eso
tan exageradamente grande. La superiora, como si nada hubiera ocurrido, bajó
sus faldas y fue al escritorio, mientras el padre Ignacio se sentaba en una
silla cercana. La superiora nos dijo que era necesario seguir las reglas de
urbanidad y que debimos tocar antes de entrar, pero que estaba lista a escuchar
qué queríamos. Mati se mantuvo en silencio y yo repetí entonces lo que ella me
había contado. Momentos después, ambos nos señalaron que eso no podíamos
repetirlo ni siquiera a nuestros padres, porque las urgencias del cuerpo son
íntimas, pero nos citaron para el día siguiente, en horas diferentes, para
tratar a fondo el asunto y darnos consejos y nos hicieron prometer que nada
diríamos a nadie de la experiencia de Mati ni de lo que habíamos visto entre
ellos. Lo juramos, sin que nos lo pidieran, y salimos. En el trayecto hacia el
salón de clases, mi compañerita me miraba y yo la miraba, ambas en silencio.
Luego nos invitamos a estar en su casa en las horas de la tarde, porque sus
padres estaban en las oficinas y no llegarían hasta las siete de la noche. En
mi casa dije a mi madre que debía ir a la casa de Mati para adelantar unas
tareas complicadas que entregaríamos al día siguiente y que no me esperaran
antes de las siete de la noche. Efectivamente, Mati estaba sola. Nos fuimos a
su alcoba, cerramos bien la puerta para que no nos fueran a sorprender hablando
de cosas difíciles y nos preparamos a comentar el incidente en la rectoría.
Luego de reír a carcajadas por la sorpresa que mostraron el sacerdote y la
monja, en nuestro corto entendimiento nos preguntábamos cómo era que ni ellos
se escapaban de caer en la tentación. Veterana en los asuntos de caricias, le
hacía preguntas a mi compañera sobre lo ocurrido con Camilo y dirigía mi mano
hacia el lugar que ella indicaba. La frotaba, le dije que se pusiera de pie y
así, ella misma, me fue suministrando sus recuerdos de la experiencia vivida
con el primo, pese a que no había cómo demostrar lo que hizo con esa cosa en la
mano. Luego le propuse, y aceptó sin complicaciones, que repitiéramos lo visto
en la rectoría. Nos desnudamos y tomamos las posiciones, asumiendo ella el
papel de la madre superiora y yo el del Capellán. Era una sensación nueva. El
frote de nuestros sexos nos enardeció de tal manera, que en momentos esperaba
un desmayo de Mati bajo mi cuerpo. Se retorcía, sus ojos no encontraban lugar en
las cuencas y bailaban al ritmo del deseo en su primigenia batalla lésbica,
igual que yo, pero con la ventaja de haber saboreado otras cosas mejores. Sin
embargo, como me aseguró años más tarde una lesbiana, en toda mujer hay latente
una Safo y en todo hombre un Onán para la masturbación y un sodomita para
correr por la pista de arena o para que le corran en la suya. El siguiente fin
de semana, propuse a Miguel aceptar que Mati, de acuerdo conmigo, asistiera
durante el sábado a nuestra jornada habitual. En silencio, sólo me respondió
dos horas más tarde, lo peligroso que ello podía ser si mi compañera no
guardaba la misma compostura que yo. Le informé de mi experiencia con ella, y
sin abandonar su prevención, me dijo que podía traerla, lo que así ocurrió. En
el fondo, padre, Mati resultó más ardiente que yo. Lo cierto es que formamos
una tríada que no se ha borrado de mi mente pese a los años transcurridos, ni
menos en la de ella, con la que de vez en cuando rememoramos aquellos tiempos
irrepetibles. Me asegura que lo ha repetido infinidad de veces con mujeres de
todas las edades y condiciones, pero nada como lo nuestro, cuando ella
averiguaba qué era, cómo se hacía, para qué se hacía el sexo. La experiencia
nos sirvió a las dos, sin discusiones, pese a que no seguimos por la misma
ruta, porque ella contrajo nupcias con Camilo y si bien no lo reprocha, de vez
en cuando es él quien propone y ella acepta de inmediato. Alguna ocasión, dos
tal vez, compartí con ellos esos momentos, pero sin la trascendencia que esperábamos,
por lo que, cuando podemos, nos internamos las dos hacia la selva de la
sabrosura.
- ¿Qué pasó con la madre
superiora y el capellán?
-Que ambos, en el año lectivo
siguiente, con once años de edad y espigadas como éramos, nos propusieron que
los acompañáramos a retiros espirituales en un lugar montañoso y solitario, que
nos permitiría conectarnos con Dios, y perdóneme inmediatamente este pecado,
reverendo, lo cual aceptamos. Obtuvimos el permiso familiar y entendimos qué se
pretendía de nosotras, por lo que pedí a la madre superiora y al Capellán, que
no intentaran quitarnos la virginidad, porque los denunciaríamos a nuestros
padres. Aceptaron y el tal retiro espiritual era solo para los cuatro. Nos
dirigimos al pueblo de … y allí emprendimos a pie el camino hacia una especie
de monasterio o convento, en donde, al término de una caminata de dos horas,
una monjita muy bonita abrió las puertas para dejarnos entrar. En sus ojos
resaltaba la felicidad de ver a dos niñas en compañía de la madre superiora del
colegio de la comunidad y al capellán de este. Nos abrazó de una manera muy
diciente, como para informarnos que le satisfacía tenernos allí. No vimos más
monjas. El capellán fue alojado en un lugar retirado, la superiora entró a la
clausura y a nosotras se nos condujo a un dormitorio especial para huéspedes.
Eran las cinco de la tarde y a las seis fuimos llamadas a cenar. Entramos a un
salón en donde alrededor de una larga mesa se sentaban a manteles el capellán,
la madre superiora del convento, la superiora de nuestro colegio y una docena
de monjas, a cuál más bella de rostro, lo que me hizo suponer de inmediato que
debían poseer cuerpos esculturales, de acuerdo a como las veía sentadas a la
mesa. Un ¡ooohh! de admiración nos recibió y una monjita algo mayor de edad nos
condujo a los puestos que se nos había destinado. Luego de rezar una oración de
agradecimiento por parte del capellán, comenzamos a comer en completo silencio
y orden. Terminada la cena, frugal, por cierto, la superiora del colegio nos
pidió no alarmarnos por cualquier cosa que viéramos o sintiéramos en las horas
siguientes y que esperaba que nos enroláramos en una especie de fiesta que allí
mismo, en el comedor, tendría lugar. Llamó a la hermana Ninfa, la que nos abrió
las puertas cuando llegamos, y le pidió que señalara a la que había llamado su
atención. Ella respondió que ambas, pero como sabía que solamente, y por un
rato, podría tener a la escogida, me señaló con una mirada extraña, que con el
paso de los años me enteré se le calificaba como mirada de lujuria. Como ella
también me atrajo, no opuse remilgos de ninguna clase y me sometí a lo que se
había decidido, correspondiéndole a Matilde alternar con la superiora del
convento, una mujer relativamente joven — unos treinta años, por lo menos — y
una media hora más tarde, como para reposar de la cena, se escuchó una campana
que me informó mi pareja era un llamado al resto de monjas, unas cincuenta, que
deambulaban en otros quehaceres en otros lugares del convento, para que se
dirigieran a la clausura a dormir. Pasada otra media hora, se cerraron, bien
cerradas, las puertas del comedor y se procedió por ellas y el capellán, a
quitarse los hábitos y se nos indicó que nos deshiciéramos de las ropas que
llevábamos, lo cual se hizo sin pena ninguna. Una vez desnudos, comenzó una
serie de caricias entre unas y otras y el capellán con la superiora del
colegio. Una verdadera orgía, en la que el capellán, un hombre como usted,
padre, parecía el dios tronante cuando se sentó sobre una butaca y las dos
superioras y las monjas, fueron desfilando ante él, agachándose para introducir
en sus bocas esa cosa, desmesuradamente grande y gruesa. Creo que era
descomunal, porque en ese momento solamente teníamos la experiencia, Matilde de
Camilo y Felipe, y yo de éste. El paso de los años me permitió conocer una
variedad infinita de falos, pero hasta ahora no he tropezado con ninguna
similar a la del capellán. Por eso tal vez, debieron sacarme de entre sus
piernas, al demorarme demasiado acariciándola y succionándola, a la par que
Matilde procedió de igual manera. Mi pareja, Ninfa, simplemente la llamo con el
nombre y jamás le di el título de hermana ni de sor, me demostró que cuando las
puertas del convento se cierran, solamente quienes están dentro saben lo que
pasa. ¡Qué mujer, padre! ¡Qué delicia! Mi inexperiencia sirvió a Ninfa para
utilizar recursos linguales tal vez no practicados antes por ella. Lo cierto es
que me llevó dos o tres cielos más arriba del séptimo que dicen y al
corresponderme el turno, le hice de igual manera, porque en cuestiones de sexo,
padre, capto todo, hasta las imaginaciones de mi pareja, y doy en igual o más
medida de lo que recibí. Ninfa gemía primero y después lanzó grito tras grito,
lo que atrajo la atención de todos que nos rodearon expectantes. Al ver la
pieza erecta del capellán, le rogó a gritos que la penetrara, por lo que me
eché a un lado y el santo varón cumplió con la obra de caridad de sacar del
cuerpo de la monjita todo lo que una mujer encendida puede dar, hasta que se
desmayó del gusto. A las doce de la noche se anunció que terminaba la sesión y
se procedió a rifar al capellán, ganándoselo sor Simplicia, una monjita de
cuerpo fenomenal y cara de reina universal de belleza, que supe había nacido en
una ciudad andina, y juntos y desnudos, se metieron por una puerta que daba
acceso a un discreto apartamento.
Nos concedieron permiso
solamente por tres días más los de ida y regreso, pero cuando regresamos, a los
diez días, fue suficiente que la superiora nos llevara personalmente a nuestras
casas para que no surgieran inconvenientes ni indagaciones. La sola presencia
de la religiosa fue la respuesta a cualquier interrogante, y, por el contrario,
nos felicitaron por la demostración de religiosidad dada. Creo, si no estoy mal
de la memoria, que fuimos dos veces más a esos retiros espirituales, porque al
terminar los estudios secundarios, pasamos a la universidad, pero en diferentes
ciudades.
Ese es un capítulo aparte. Al
reencontrarnos Matilde y yo, en un lapso de vacaciones, intercambiamos
informaciones sobre el devenir de los estudios profesionales y de lo que tras
los estudios se oculta en la modalidad ahora imperante de realizar trabajos
colectivos. Las tareas individuales, las investigaciones unitarias, no tienen
recibo. Los profesores, para evitarse calificaciones individuales, exigen que
sean en grupo y así, en vez de cien, califican cuatro de veinticinco. Generalmente, un solo estudiante hace el
trabajo por todos los demás, que aprovechan la ocasión para compartir experiencias
sexuales. Como si nos hubiéramos puesto de acuerdo, Matilde y yo recurrimos a
la mentira de señalar que no teníamos ninguna, por lo que gozamos la delicia de
que todos, hombres y mujeres, se esmeraron por entregarnos lo poco o lo mucho
que sabían de la materia, cuando en verdad, ellos se encontraban en el
parvulario y ya nosotras habíamos egresado no solo de los estudios
profesionales sino de especializaciones y maestrías, pero los dejamos hacer y,
sin mucho esfuerzo, degustamos sus afanes. La fama de ambas corrió por las
aulas, como prototipos de estudiantes que captaban y asimilaban con rapidez y
practicaban con singularidad lo aprendido y algo más, lo que llamó la atención
de los decanos y profesores. Al final, ambas, recibimos nuestros diplomas y certificados
de haber terminado una carrera profesional con énfasis en otras áreas. La
verdad, padre, es que, mediante la práctica intensiva, alcanzamos un grado de
profesionales del sexo con énfasis en acrobacias de catre. Por esa razón,
ninguna de las dos se atrevió a ejercer la profesión señalada en los diplomas.
De allí en adelante, sin llegar
a los prostíbulos, hemos vivido del sexo. Especialmente yo, que alérgica al
matrimonio, me he mantenido célibe. En los prostíbulos se cae en muchos
errores, como el de depender económicamente de los propietarios y del necesario
chulo, o cabrón, como dicen por estas tierras. Lo que se gana con el sudor de
las entrepiernas, queda en un noventa por ciento entre ellos y una continua
dependiendo de sus favores, hasta que se llega a la vejez y se pierde todo,
hasta la manera y los medios de ganar un centavo. Libre de ataduras, alcancé a
reunir ahorros suficientes para adquirir mi casa, un sitio de recreo, un
voluminoso y fino escaparate y a seleccionar a los que mejor pagan para
entregarles todo el fruto de mis experiencias, mis estudios y mis
especializaciones sexuales.
Las tinieblas fueron cayendo en
el poblado y el sacerdote debía asistir a una reunión de los miembros de la
diócesis, por lo que pidió a la que se confesaba que si era posible suspender
hasta la tarde siguiente y ella le respondió que no había impedimentos y
acordaron que llegaría una hora más temprano.
—A ver hija mía, sigue tu
confesión desde el punto en que la dejaste ayer.
—Con mucho gusto Reverendo y
gracias por su tiempo y atención. Volviendo a Miguel, que tal vez por su
interés en mí había seguido con mi madre, pese a las veleidades de esta y sus
frecuentes escapadas a otros lugares del país en cumplimiento, según ella, de
misiones de la empresa, él la pasó por alto y no protestó. Gozábamos, cada vez
más de tiempo suficiente para retozar en la cama. Matilde venía con frecuencia
en las tardes y se unía a nosotros conformando el trío que tanto nos agradaba a
todos.
Una tarde en que sabíamos que no
vendría ella, Miguel envió a la doméstica a una diligencia y la instruyó sobre
dirigirse a su casa cuando terminara, para que no recorriera tanto trayecto y
así se hizo. Para confirmar, volví a llamar a Matilde que repitió tendría que
asistir con sus padres a un acto social y que sólo regresaría en la noche.
Como todas las veces, cerramos
las puertas de la casa y nos sentamos en un sofá frente al televisor en donde
poco a poco comenzamos a acariciarnos. En el fondo de mí, y con solamente once
años, ansiaba una penetración. Anhelaba sentir primero el dolor, como me decía
Miguel que sería la primera vez, y después el gozo que depara el sexo. Él fue
poco a poco preparándome, y me convenció que primero debería ser por detrás la
penetración, y con la lengua inicialmente, me dio una larga serie de
lengüetazos que remató con el dedo gordo de la mano para que me acostumbrara a
sentir entrar algo por el recto. En eso, padre, duramos algo así como dos horas
y finalmente, untándome una crema que me introdujo también con el dedo, me puso
bocarriba, me alzó las piernas y las abrió y fue tanteándome. El dolor fue
intenso, pero las caricias iniciales paliaron lo que a todas luces era un
castigo y cuando metió toda su barra en mí, y yo misma me tapaba la boca con la
almohada porque sabía que gritaría del dolor, le agradecí el quedarse quieto.
Dándome instrucciones para que relajara el cuerpo, porque si me movía
bruscamente sentiría más dolor, estuvimos algo más de media hora. Me sorprendí
yo misma cundo inicié los movimientos de mis caderas y él, con mucho tiento,
movía su órgano dentro del mío hasta que alcanzamos un ritmo cuidadoso. Me
escocía el dolor, pero al mismo tiempo quería que me hiciera más daño con su
barra y así seguimos hasta que nos separamos para cenar. Eran las siete de la
noche y habíamos iniciado a las tres de la tarde. Es que en esto del sexo las
horas no se ven pasar.
Dormimos juntos, como las veces
anteriores, pero él no hizo ningún intento por continuar y yo tampoco lo
incité. Pasamos plácidamente el uno junto al otro toda la noche. A las ocho de la mañana nos levantamos, al
evacuar los intestinos sufrí un ramalazo de dolor y él me aplicó una crema
anestésica que me calmó. Como siempre que estábamos solos, nos bañamos juntos,
desayunamos y nos quedamos un rato durmiendo en el sofá y a eso de las once de
la mañana desperté y él, a mi lado dormía profundamente pero su estilete estaba
férreamente erecto. No sé por qué, pero mi mano fue hasta sus entrepiernas y lo
tomó con delicia, apretándolo con suavidad y luego me lo llevé a la boca.
Cuando despertó, me acarició los cabellos y me preguntó cómo seguía y le
respondí que en el momento no sentía dolor, pero que deseaba hacerlo de nuevo.
Esta vez me puso bocabajo con una pierna sobre el sofá y la otra en el piso y me
fue penetrando con mucho cuidado. Volví a sentir dolor, pero aminorado quizás
por el deseo yo misma me apretaba contra él para que se fuera metiendo y él,
informándome que lo hacía para que si sentía dolor ya lo tenía todo adentro,
empujó con fuerza hasta que sentí sus testículos pegados a mis posaderas. Qué
dolor, pero qué deliciosa sensación. Una lucha incomprensible porque quería
sacarlo, pero al mismo tiempo ansiaba que fuera más largo y más grueso para
gozar de esa indefinible sensación que califico de masoquista, de sentir dolor
y placer a un mismo tiempo.
El resto del día y gran parte de
la noche, Miguel salió muy pocas veces de mi trasero. Un experto en esas lides
del sexo, el hombre parecía no sentir cansancio y su órgano, antes que decaer
al término de la eyaculación, parecía recobrar alientos para mantenerlo en pie
y dentro de mí bailaba un hula hula eterno. Me enseñó muchas cosas. Le agradaba
que, al momento de correrse, alzara mi colita y cuando había entrado todo,
apretaba los esfínteres y lo mantenía aprisionado en mi trasero en un ritmo que
lo llevaba a otra dimensión. Me aseguró que, por primera vez, una mujer, pero
en este caso una niña, le brindara una experiencia como esa.
Pero todo principio tiene un
final. Un día mi madre salió para otra ciudad y quién sabe qué ocurrió, que dos
horas después regresó a casa y nos encontró en plena faena. Le dio un plazo de
una hora para que recogiera sus pertenencias y lo arrojó de la casa.
Mirándonos, Miguel me indicó que al día siguiente iría por mí al colegio y así
ocurrió. Usted se preguntará qué hizo mi
madre. No hizo nada. Aprovechó que yo estaba desnuda, me tiró a la cama, me
abrió las piernas, comprobó que era virgen y me lanzó el calificativo de puta,
yéndose para la oficina.
Había jurado que nadie evitaría
que Miguel gozara de las primicias de mi vulva y al salir de la jornada
escolar, él me esperaba a una cuadra. Subí a su vehículo y nos fuimos a un
motel, en donde con un preámbulo de cinco minutos de caricias, me puse a su
disposición. Me colocó bocarriba, al borde de la cama, me abrió las piernas,
colocó su herramienta en mi gruta y entró como Pedro por su casa. Toda la tarde
la pasamos en el motel haciéndome totalmente feliz.
¿Qué pasó para que Miguel se
perdiera de mi vista hasta hoy? No he podido establecerlo. Fui condescendiente,
hice lo que él quiso, disfrutó no de mi pasividad sino de mi silencio. Por otro
lado, mi madre, ávida tal vez de sexo, fue también alargando sus ausencias del
hogar. La criada, en algunas ocasiones, se quedaba en la casa para acompañarme,
pero dejó de hacerlo cuando varias amigas se presentaban intempestivamente y
nos encerrábamos en la alcoba para “hacer la tarea”. Entendí que se había dado
cuenta o entrado en sospechas sobre la realidad de esos encierros, pero la copa
se le rebosó cuando cinco compañeras llegaron un sábado a las ocho de la mañana
y a la hora del almuerzo salimos desnudas para sentarnos frente a la mesa del
comedor. Me notificó que ella no quería que alguien fuera a denunciarla por
alcahueta o por corrupción de menores.
La soledad me mataba. No
concebía pasar una noche sola en la casa. Pero ser menor de edad me impedía
asistir a los establecimientos nocturnos en donde distraerme y trabar amistad
con hombres y otras mujeres. No concebía tampoco el que una mujer se dedicara
al lesbianismo únicamente, desechando las delicias del sexo con el hombre.
Compañeros de la universidad me
pedían los dejara acompañarme en la elaboración de los trabajos encomendados
por los profesores, y así, luego de terminar siempre salía a relucir el hecho
de la peligrosidad de la noche en sitios solitarios y terminaban por quedarse
en mi casa. Alegaba entonces que no podía profanar la alcoba materna y los
convencía para compartir mi cama.
A lo largo de la historia, la
contada y la ignorada, se ha dicho de mí todo lo que la mente de mis congéneres
humanos ha creído es la verdad. Por eso chocan entre sí las versiones. Las que
me favorecen y las que me envilecen, pero la verdad, la realidad, permanece
desde el primer momento a la vista de todos, sin que ninguno la haya visto en
su verdadera dimensión.
El hombre, como especie, luego
de recibir el soplo divino que le otorgó el libre albedrío, no supo qué hacer
con él. Divaga según sus conveniencias. Acomoda a sus necesidades la verdad y
la mentira, la realidad y la fantasía. El libre albedrío, y ni siquiera de eso
se dio cuenta, no es más que el principal elemento para su propia destrucción.
No la colectiva, que sería lo ideal para volver a crearlo y adaptarlo a la
realidad que ahora se niega a ver, sino la individual, que lo destruye poco a
poco como un cáncer oculto que aflora cuando menos se le espera y no da tiempo
de buscar ni encontrar la cura. Y esa individualidad, so pretexto de libre
albedrío, lo frena en el camino hacia la vida eterna, y lo que es peor, a crear
condiciones peligrosas para toda la especie y todas las especies, aquellas
otras que no necesitan al hombre para nada.
En el momento en que para mí
desgracia fui separado de mi especie para residir al lado de los inmortales,
preparaba un movimiento de protesta contra quien creó al ser humano. Sin negar
sus atributos ni poderes, y más bien por ellos, me proponía señalarle, uno por
uno, los errores de su obra. Porque si hay algo que reúna tantas deficiencias,
tantas fallas, tantas carencias, ese es el hombre. El principal de esos
errores, de esas deficiencias, es el cerebro. Allí se acumulan todos los
conocimientos, todas las experiencias, todos los logros, todos los fracasos.
Pero no hay manera de que las fallas sean sentidas a un mismo tiempo por todos
los miembros de la especie, como para garantizar que no se volverá a incurrir
en ellas. Por el contrario, lo que el uno califica como error, el otro pretende
sentarlo como acierto. Y el hombre mismo discute infructuosamente sus aciertos
y errores, sus triunfos y fracasos. Divide y reinarás es la frase apropiada
para tratar de entender la
Creación , y el hombre se ha dividido tanto, que no podría, en
la hora de ahora, ni siquiera entrar en el propósito de entenderse.
Muchos piensan que, si se
hubiera creado una mente colectiva, no habría razón de que la especie humana
creciera y se multiplicara. Para pensar lo mismo del que está a mi lado, mejor
es no pensar, y bastarían unos pocos, muy pocos, para vivir y ser un modelo de la Creación. En estos tiempos de
evolución de la especie y de asimilación de experiencias y conocimientos,
seríamos como unos robots, una especie de máquinas, pero el hombre ignora que
no es más que una partícula infinitesimal, menor que el átomo, de una máquina
inimaginable cuyo principio y fin no será visto jamás.
Los inmortales, que me confían
sus cuitas en los momentos de retozo, complacidos de sus poderosas formas de
cumplir con la condición innata de humanos y dioses, me aseguran que lo peor
que le puede pasar al hombre, y por ello se le arrojó del sitio que se le había
destinado para vivir, es alcanzar la vida eterna. Si en un descuido, en un
exceso de confianza, se le dejó sin vigilancia, se apoderó del fruto del árbol
del bien y del mal, que es al mismo tiempo el del conocimiento, se corría el
riesgo de que también lo hiciera con el fruto de la vida eterna. Lo más tedioso
es vivir eternamente, porque ello ata a la ociosidad, a la apatía, a la
indiferencia. Si voy a vivir siempre no tengo por qué acondicionar mi entorno,
ni tratar de entender a mi prójimo, ni asimilar enseñanzas, ni acopiar
conocimientos, ni ejercer la sabiduría.
Abrir un campo a la
espiritualidad, es uno de los propósitos del hombre de estos tiempos, cansado
de buscar la verdad por otros lados. Los más apreciables e importantes sectores
religiosos, respaldan esos propósitos, porque ante la falta de espiritualidad
es necesario trabajar por su desarrollo. Pero cuando está por llegar a la meta,
cuando se propone a tomar las manijas de las puertas para abrirlas, los
intereses materiales se espantan y corren a cerrar los candados, a colocar
nuevas trancas. Es que, a semejanza de las actividades del hombre, como
sobrevivientes de la semana, aman, ríen, pasean, se emborrachan y, en fin,
degustan la satisfacción material del mundo, pero en la noche del domingo
comienzan a sentir de nuevo los temores. Volver a otros siete días de
tormentosos pensamientos, de aterradoras perspectivas, de eventualidades
peligrosas, que tratan de esconder en desarrollo del trabajo, de tareas que
dilaten los momentos de pensar.
En una ya bastante lejana
ocasión, me miré ante un espejo y me extrañé que, pese al paso de las
centurias, de los milenios, mientras el hombre se destruía a sí mismo y volvía,
como el ave Fénix a surgir y resurgir de las cenizas del fuego que había creado
para eliminarse, yo continuaba con el mismo porte varonil, con el mismo
esplendor de una belleza envidiada por las mujeres de todos los tiempos, pero
que indudablemente, sin discusiones, ya no era joven. De alguna manera, mi
condición de hombre, de ser humano, sólo había permitido que se le frenaran los
atributos exteriores a mi cuerpo. Era el deseo de los inmortales que no el mío.
Me cansé de vivir eternamente, como los inmortales estaba hastiado de ser el
mismo por siempre jamás. ¡Qué aburrido es vivir para siempre! Por eso puedo asegurar que la juventud ya no
llega a mí ni por contagio. Los inmortales no nos contagiamos de nada, porque
para mí desgracia, como humano, no nací para vivir eternamente. Me
acondicionaron como a una máquina, solamente para que por siempre jamás me
mantenga a la mano del que todo lo puede en este lugar que, no obstante, a
sabiendas de que soy hombre, me habilitó como a una mujer. Si los humanos
supieran que sus debilidades, sus yerros, sus pecados, son situaciones comunes
a los inmortales, rogarían por no encontrar la fuente de la eterna juventud,
que a la larga es la inmortalidad. Para ellos no hay ni razón ni tiempo de
arrepentirse, porque jamás serán enjuiciados por sus debilidades.
En un principio fui de uso
exclusivo del principal de los dioses, pero ya no me acuerdo en qué momento de
la eternidad me prestó a los otros dioses, a los otros inmortales. Creo que fue
desde ese momento en que como consecuencia de regarse por mi cuerpo la simiente
de los dioses, en las frecuentes y en veces inacabables bacanales, que adquirí
la condición de inmortal, que no de dios. Ese privilegio es de unos pocos y mi
tentativa de protesta por los errores cometidos en la conformación del hombre,
impidieron alcanzar el otro grado, porque los que tienen el poder, incluyendo a
los humanos y a las bestias, no permiten que se les hagan críticas ni mucho
menos que se intente restarles poder. Es mi desgracia, es mi condena, pasar de
humano perecedero a aborto de la naturaleza de ser humano e inmortal. Sí, soy
Ganímedes, más hermoso que el dios Zeus, en quien se reunieron los atributos de
Apolo y de Venus, que les aconseja: No busquen la vida eterna, porque ella no
sirve para nada.
FIN
Es conveniente dejar aclarado desde el principio, que quien escribe
estas notas no es periodista ni escritor ni poeta, y que si aparecen algunos
desfases gramaticales no son más que fruto del deseo de dejar en letra de molde
los recuerdos de la lejana e irrecuperable época de la niñez.
Pero el hecho de no ser ni una ni otra cosa, no quiere decir que
escribamos a la ligera ni mucho menos impertinencias. Los recuerdos son la suma
de una vida, y mis evocaciones se alejan en el tiempo y en la distancia y son
pocos, esos sí entendidos y maestros de la literatura, los que, al referirse al
pasado histórico de la hoy ciudad de Sincelejo, se refieren a las que para
algunos pueden parecer pequeñeces, pero que para mí son de mucha importancia
que no se pierdan. Un escritor monteriano decía que la pequeña historia no es
tan menuda, y otro asegura que es ese micro mundo de las cosas aparentemente
triviales, las que unidas, integran la base de la historia total de un pueblo.
Van entonces estos recuerdos de la primera época de mi vida, y tal vez
gran parte de la segunda, esa que denominamos plena juventud, que de manera tan
intensa forma hoy el pasado de un sector sincelejano que pasó de arrabal a
centro de la futura urbe. Y digo que futura, porque si bien es cierto que no la
voy a ver, sí lo harán mis hijos y mis nietos. En contra de la voluntad de los
que aparecen en estos tiempos con la clara intención y amparados en el fuero de
dirigentes, de acabar con Sincelejo, no lo lograrán. Por algo se dice que el
pueblo es superior a sus dirigentes y llegará el momento en que la hoy Capital
de Sucre, se sacuda con fuerza de la concha de la pereza y de la desidia, y
reencuentre el camino que transitaba, mucho más prometedor que el actual.
La intención es
traer a la memoria de quienes los vivieron y a los demás, que
La María, a tan
pocos metros del perímetro central de Sincelejo, fue en otros
tiempos sede de
un grupo de familias que se esmeraron por hacer las cosas
bien. Es cierto, y jamás osaríamos restarles
méritos, que sectores como los
barrios
Majagual, El Bosque, La Pajuela, entre otros, escribieron la historia
de Sincelejo, La
María no fue inferior.
Las corralejas de este lugar
se realizaban los trece de junio en honor a San Antonio, bajo la procuraduría
de don Luis Támara Salcedo, propietario del edificio desde cuyos balcones el más
grande líder liberal de los últimos tiempos, Jorge Eliécer Gaitán Ayala, se
dirigió y cautivó con su verbo al pueblo sincelejano, sitio en el que ahora
funciona Fotocopi.
Mantuvimos estos datos en la memoria o en notas dispersas en el archivo
personal, que es para nosotros un tesoro que nos enriquece y nos entretiene en
los momentos en que la nostalgia amenaza nuestra tranquilidad mental. Jamás
pensamos que tenían la importancia que le dieron algunos amigos que los leyeron
y nos recomendaron publicarlos. No pretendemos ser escritores y respetamos a
quienes, con dedicación, con esfuerzo, presentan obras escritas. Leímos en
alguna parte que cada obra literaria lleva en sí parte de la experiencia del
escritor, por lo que la historia se redondea desde el pasado con material
reciente. No sabemos si esto que ahora presentamos a los que nos brinden la
generosidad de su atención, puede considerarse historia. Para quien escribe, lo
es. Y si con estos datos planteamos cosas nuevas, o reformas a las creencias
mal formadas, o corregimos entuertos, bien por Sincelejo.
Para meternos en ese mundo de
las evocaciones y la microhistoria, porque en el fondo se trata de la vida de
una persona que tiene la ventaja de no olvidar, y conforme al ordenamiento de
las notas, nos adentramos primero a lo que ha sido por siempre el alma del
sincelejano: las corralejas.
Las corralejas no sólo se
realizaron en las plazas Santander, El Bongo (Las Carautas), Majagual y
Mochila, como lo afirman los historiadores. Aun cuando en otra fecha y en honor
a otro santo, también se efectuaron en La María, hacienda de don Rogelio Támara
López, rico potentado de la comarca y gran amigo del pueblo raso, de sus
libertades y del folclor que lo identifica.
Por el lado derecho de su
entrada, lindaba con la hacienda El Papayo, propiedad de los hermanos Samur; El
Papayo, desde su entrada por la calle Ramón Guzmán, como se llamaba en ese
entonces ese pedazo de la Calle Real, se extendía hasta los predios donde ahora
se levanta el moderno mercado de Sincelejo. Por su izquierda, La María,
abarcaba la Calle Cauca en toda su longitud.
Esta hacienda comprendía un
territorio enmarcado desde su entrada principal, a unos doce metros de donde
funciona ahora el taller de mecánica de César González Vergara (calle del
pavé), hasta la que fuera plaza de ferias de Sincelejo.
Se jugaba ganado criollo, de
mucha peligrosidad por su bravura. Fueron víctimas de esas fieras, entre los
que recuerdo, mi padre Francisco Buelvas Chávez y Toribio Álvarez Támara, ambos
ya fallecidos, pero no por esas cornadas. Un día cualquiera un grupo de
señoritas requerían la plaza para llevar a cabo un partido de básquetbol y mi
padre trató de cooperar con ellas. Acostumbrado al manejo del ganado, conocedor
a fondo de cómo obedecía el ganado el canto de vaquería, intentó llevar el sólo
a la manada al toril, cuando fue embestido por un toro que yendo a la cabeza se
devolvió intempestivamente y lo tomó desprevenido y por tanto sin oportunidad
alguna de defenderse.
En La María trabajaba un señor
de nombre Elías Puente, natural de Ovejas,
que en ese momento se
encontraba fuera del cuadrilátero y al escuchar los
gritos de las mujeres, no lo
pensó dos veces y con las manos vacías, henchido
de valor por salvar al
compañero, se arrojó al quite del animal que destrozaba
con la punta de sus cuernos a
mi padre.
Al ser rescatado, lo
envolvieron en unos trapos conduciéndolo en primera
instancia a la casa donde
vivíamos, apreciándosele tres cornadas, todas de
gravedad: una en el abdomen,
otra en la garganta y en el plato de la frente.
En ese momento y desde encima
de una de las varetas de la corraleja, miraba
cómo el animal, por tres veces
consecutivas empitonaba a un hombre y al
escuchar que se trataba de mi
padre me bajé y corrí detrás de Elías, pero no se
qué manos providentes me
sujetaron y me salvaron así de una muerte segura.
Mientras buenas personas
luchaban para sacarme de la corraleja sin lograr
dominarme, porque un pelao que
patalea y tira mordiscos como perro
peleando perra en calor, es
cosa jodida y seria, ya el señor Elías, con una mata
de escobillas en las manos, en
gesto de verdadero valor y lealtad al amigo,
distraía al toro que
continuaba hociqueando el cuerpo inerte de mi padre para
que otros trataran de sacarlo
de la corraleja.
Por primera vez en treinta años, su cara cambió a la que quizás le
alabaron cuando niño por la dulzura de sus ojos y los rasgos angelicales. Un
algo interno, como un mensajero, salió de lo más profundo de su masa encefálica
y comenzó a bajar a los ojos, a la nariz, a la boca y siguió a su corazón
distendiendo a la vez los músculos, hasta llegar a las manos y finalmente a los
pies. Hoy no sentía el cansancio de sus extremidades. Tal vez porque su cuerpo
se había dilatado en una atmósfera de serenidad, de tranquilidad, de sosiego,
de paz. Las manos abandonaron sorpresivamente el puño que impedía la irrigación
y las cambiaba de color. De un pálido intenso a un morado negroide, como si la
sangre se hubiera coagulado. Manos muertas, adoloridas, que, como todo en él,
alcanzaron la insensibilidad que lo tornaron en el monstruo que todos conocían.
No había perdido su capacidad de raciocinio. Eso le facilitó el cumplimiento
de su promesa y el poder dirigir a quienes lo acompañaban como perros fieles a
todas las vicisitudes de sus acciones. Y no olvidó jamás que, en esa treintena
de años, quienes lo idolatraban por su trabajo y por su misión, lo habrían
ejecutado por la espalda con regocijo, con satisfacción. En diferentes
ocasiones escuchó, unas veces los gritos de los familiares de sus víctimas y en
otras el rumiar rencoroso, el odio que como sigilosa serpiente brotaba de la
boca de quienes se decían sus amigos, llamándolo monstruo. Pero pese a que el
odio fue el principio y fin de su misión, supo contener la ira cuando no
necesitaba el sacrificio de una vida humana. Sí que conocía ambas situaciones
porque las había vivido.
Sin embargo, hoy, después de tantos años, sus ojos volvían a deleitarse
con el variado colorido de las montañas que rodeaban el campamento. Sus fosas
nasales acopiaban y remitían a los pulmones el aire que tanto respiró sin
notarlo. Aire limpio, con el olor de la clorofila de las innúmeras plantas que
brotaban de la fértil tierra, o el de las aguas del río o de las quebradas que
lo alimentaban. No sentía el olor a sangre derramada, a polvo sanguinolento, el
humo de las armas de fuego, ni la fetidez de los excrementos de sus víctimas.
Ayer, nada más, también estuvo en esta esquina del campamento y no
sintió nada de lo que ahora llamaba su atención. Tal vez el odio, la ira, el
dolor de la frustración, le impidieron vivir y gozar de estas manifestaciones
de la naturaleza. Pero ayer, hasta las cuatro de la tarde, no había terminado
su misión en la vida, no había cumplido la promesa que hizo ante el cadáver de
su padre en unos momentos que ahora no quería recordar.
La muerte de su padre. Mucho tiempo transcurrido desde entonces.
Treinta años que lo marcaron para siempre. Treinta años que pasarían a la
historia del país, porque indudablemente, era conocido en el país y en otros
países. La primera vez que su foto apareció en las páginas de un periódico, su
alegría no tuvo límites. Pero al verse en la primera plana de un periódico de
otro país, rodeado de unos símbolos que no conocía porque eran letras de otro
idioma, su entusiasmo llegó al cielo. No importaba que lo trataran de asesino,
su foto apareció desde entonces con tanta frecuencia en periódicos y revistas
del mundo, superando a los hombres más importantes del país, incluyendo al presidente
de la República. Sin discusiones, su nombre sonaba por todas partes todos los
días a la par de los más destacados estadistas del universo y las más famosas
figuras de la farándula. Era todo un personaje, lo sabía.
Pero todo tiene un límite y ahora se preguntaba así mismo,
interiormente, qué había ganado con todo lo hecho. Era tristemente famoso y
ello le impedía presentarse en cualquier sitio sin llenar de pavor a quienes lo
miraran. Su esposa y sus futuros hijos no levantarían la cabeza en los sitios
decentes, apenados por la sangrienta historia del esposo y padre. Nadie creería
que esos niños, no calcaran a su padre y se convirtieran en unos monstruos
ávidos de sangre. Por fuerza de las circunstancias vivirían con él, pero en un
lugar del campamento en el que no se escucharan los gritos de los torturados ni
el estampido de las armas de fuego que ejecutaban enemigos o el de los fusiles
cuando se adelantaban ejercicios de combate. Trataría de mantenerlos lejos de
lo que era la esencia de su vida, pero no podría dejarlos en una ciudad, en
donde las autoridades podrían identificarlos, localizarlos y capturarlos para
someterlo a él, a la fuerza, a entregarse y enfrentar el ya incontable número
de víctimas que justa o injustamente se le atribuyen, o lo peor, cumplir tareas
innobles, esas que las “fuerzas legítimas del Estado” no quieren realizar para
no quitarse la capa de barniz de honestidad y de pulcritud de que hacen gala.
O, en el peor de los casos, abatidos por sus enemigos naturales, que en treinta
años configuraran un grupo enorme de personas. No, no los someterá jamás a esas
eventualidades.
Conoce a sus hombres. Sabe de lo que son capaces. Varios lo idolatran y
lo siguen con lealtad. Pero otros, los más peligrosos, no rechazarían un buen
fajo de billetes por traicionarlo. No encuentra respuesta del porqué de esa
condición del ser humano, que cuando es cobarde no resiste una oferta. Ser
cobarde es una característica esencial del traidor. No lo ha leído en ninguna
parte. Lo comprobó por sí mismo en varias ocasiones en que su instinto de
supervivencia le permitió conjurar los atentados contra su vida. Los más
sanguinarios, los aparentemente más osados, los que usan la fuerza para crear
miedo, son fáciles de desviar hacia el engaño y la traición. Por esa razón,
confía apenas en cuatro o cinco de sus hombres. Y estos son callados,
precavidos, cautos, con la mirada le anuncian el peligro que detectan y cumplen
sus encargos sin preguntar.
Pero esta es su vida, concluye. No puede abandonarla, porque fuera de
su círculo de violencia es presa fácil para sus enemigos y en el momento carece
de suficiente dinero con el que sufragar los costos de un viaje a otro país. Es
una camisa de fuerza que se colocó en el momento en que, en su presencia,
asesinaron a su padre. Ahora no puede quitársela así por así, sin exponerse. No
tanto él, porque si aún no ha llegado a la cúspide de los cincuenta años de
vida, ha vivido dos o tres veces más. Mentalmente soy un Matusalén, se dice. Y
ahora justifica el que los soldados y policías tripliquen el tiempo de servicio
mientras se encuentran en acción de mantenimiento del orden público. Si, es
cierto que los “valerosos” oficiales de oficina no tienen por qué beneficiarse
de esa práctica, pero de todas maneras en las oficinas también se viven las
mismas angustias, los mismos sinsabores, planeando tácticas y estrategias para
ganarle al enemigo.
Esa camisa de fuerza le impide, sin un relevo adecuado y ventajoso para
su familia, que es su principal preocupación, despojarse de prejuicios
connaturales a su vida de peligros y de violencia. En verdad, jamás pensó
dejarla sin llevar a la tumba al último de los asesinos de su padre y hoy se
siente mentalmente realizado. Todo lo alcanzó conforme a lo que se prometió, a
la venganza que juró ante el cuerpo inerte de su viejo. Y se siente feliz de
haberlos buscado, uno por uno, a todo lo largo y ancho del país, y localizado y
dado muerte con la misma sevicia con que lo hicieron con el autor de sus días.
Jamás sintió compasión alguna, porque ellos no la sintieron con él ni con su
hermano mayor, que por enfermedad se encuentra escondido en lugar seguro. Los
otros no presenciaron esa muerte y si lo han acompañado en ocasiones, ha sido
más por novelería, por conocer la violencia en toda su amplitud y porque el
hombre joven siente ese llamado por el peligro, aún sin lesiones emocionales.
No se arrepiente de haberles dado, directa y personalmente, la muerte. El goce
fue infinito. Aunque entre uno y otro transcurrieron años, fueron doce
ocasiones que gozó intensamente. Ayer nada más, y ante sus hombres, como en las
anteriores ocasiones, ejecutó al último de los asesinos. Era ya un hombre
anciano, sí, pero eso no le restaba méritos a su venganza. Quizás el asesino
fue más feliz que él, porque cuando se llega a la senectud no se espera otra
cosa que la muerte. Esa cita indefectible, inevitable, que el Creador le impuso
al hombre. Pero ese mismo Creador le permitió vivir para que pagara sus delitos
y fuera ejecutado por el hijo de una de sus víctimas. No siente reproches, ni
vacilaciones, ni vergüenzas ni arrepentimientos. Lo hecho, hecho está.
¿Qué sigue ahora? Hasta que pueda encontrar una alternativa,
permanecerá en estas actividades. Fuera de los asesinos de su padre les ha dado
muerte a muy pocos. Es decir, de manera personal, directa. Los otros, es cierto
que dio las órdenes, pero el trabajo lo llevaron a cabo sus hombres, de
confianza o no. En esta vida de violencia, en ocasiones se obliga al hombre a
ejecutar a otro, para establecer su capacidad y su temple. Esta no es vida de
santos sino de violentos. Se debe demostrar que, si hay que matar al padre, a
la madre, al hermano o al amigo, se hace. Sin reatos y sin reproches de
conciencia. Por eso tiene un grupo reducido de hombres que son como sus manos y
brazos. Hombres para los que la vida de los otros no tiene ningún valor y para
los que la propia se entrega en el momento en que se presente la última hora.
Sin miedos, sin temblores.
= = = = =
El Delegado del imperio del norte, que en una farsa nacional fue
“elegido” por el pueblo de la Colonia en que se convirtió el país como
Presidente de la República para guardar las apariencias, fue llamado al orden
por el Cónsul del imperio para que cree nuevo cuarteles, aumente el número de
soldados, forme a marchas forzadas en las escuelas militares a más y más
oficiales, le promete nuevos equipos y armamentos que la colonia debe pagar con
sus recursos y con ellos abrir más frentes de combate hasta que no quede un
solo subversivo.
Ese es el motivo para que mientras el personaje violento que comienza a
respirar de otra manera haya encontrado algo diferente en su vida, el
“presidente” encabeza un consejo en el cual analizar la forma de complacer al
imperio. Con crudeza, unos y otros, presidente y ministros, generales y
comandantes y servicios de inteligencia, se cantan las verdades que el resto de
los habitantes de la colonia no conocen, porque una de las maneras de lograrlo
es comprometer en los programas del imperio a los que manejan los recursos
económicos y los medios de comunicación están en sus manos.
= = = = =
RELATOS DE CASIANO
“TRIPITA” SE PERDIÓ
EN EL MONTE”
Los acontecimientos
del día ocuparon a todos en la búsqueda de cuatro niños del pueblo, que desde
la mañana y después de buscar la leche en la huerta de don Gabito Torres, no
fueron vistos en el resto del día. Con las madres llorando a moco tendido, los
hombres se repartieron en cuatro grupos y cuatro expertos en tocar cacho
acompañaron a los de la búsqueda, para dar el aviso respectivo al encontrarlos,
de manera que no se perdieran los esfuerzos de todos.
A eso de las cinco
de la tarde, el cacho sonó por el oriente, hacia la finca “Come si Traes” del
compadre Jorge Lobelo y las explicaciones posteriores dieron cuenta que el
estado físico de los desaparecidos era bueno, pero se dudaba del mental, aunque
coincidían, pero eran inexplicables. No vieron nada, no sintieron nada, no
escucharon nada, pero se enredaron en una bola de monte y alrededor de ella
dieron vueltas hasta el cansancio, encontrándolos apeñuscados entre las gruesas
venas que formaban las raíces de un árbol de bonga, agotados, sedientos y
hambrientos. Por esa razón no fueron castigados, pese a obligar a todos a
suspender las faenas normales del día para adelantar la búsqueda.
Tal vez por eso,
los “pastores” de todas las sectas que predominaban en la región, en la que
conocer un cura de la iglesia católica era cosa maravillosa que ocurría cuando
viajaban al sitio, generalmente en enero, decidieron que los “cultos” fueran
cortos. Como todas utilizaban el mismo templo, se turnaron para media hora de
oraciones cada una, agradecidas por el hallazgo, sanos y salvos, de los
muchachos, que en la plaza compartían con los otros niños y jóvenes los pocos
detalles de sus peripecias del día.
El viejo Casiano,
como todas las tardes de todos los días, como lo había hecho desde una fecha
que hasta él mismo había olvidado, esperaba sentado en una banqueta en medio de
la calle principal que los niños, preferencialmente, se sentaran a su alrededor
para escucharle sus anécdotas, sus cuentos, sus chistes y hasta sus regaños.
Era una especie de maestro que no exigía tareas, que no obligaba a los niños a
aprenderse algunas normas, porque todo estaba implícito en sus relatos a manera
de parábolas; que no pedía libros, cuadernos ni lápices. Solamente silencio y
atención, que, por la calidad de los relatos, no requerían advertencia alguna
para que los asistentes las respetaran. Si no prestaban atención, si se
distraían o rompían el silencio, Casiano se detenía en cualquier lugar en que
se encontrara hasta que retornaba la quietud y el culpable ocultaba entre las
manos la cara ante la mirada de reproche de los demás.
Pero esa tarde, él,
que reía por todo, sostenía una seriedad inusitada. Ensimismado, mostraba sin
quererlo, que no se encontraba allí, que su mente discurría por otros caminos,
otros paisajes, otras épocas y otros acontecimientos. Los niños, especialmente,
lo miraban atentamente pero no encontraban en su rostro señal ninguna de
tristeza, de cansancio, de dolor u otra manifestación. Guardaron silencio a la
espera de que el viejo se encargara de las explicaciones si las había. Cuando
el “culto” de los adeptos a la iglesia de los santos del último día finalizó en
el pequeño templo de paredes de tablas, piso de tierra y techo de palmas, el
círculo se hizo más denso que todos los días. Los mayores sabían que Casiano
habría de referirse directa o indirectamente a los acontecimientos de aquel día
que ya terminaba. Y en efecto, así fue.
“Dicen que los
diablos quedan sueltos y se apoderan del mundo desde el momento del jueves
santo en que apresan a Jesús, el hijo de Dios, hasta la medianoche del sábado,
cuando éste abandona el infierno y se dirige, resucitado, a la casa celestial.
Por eso, especialmente el viernes santo, por estas tierras alejadas del mundo y
sin protección, esos diablos hacen y deshacen. Arrasan los cultivos con vientos
huracanados, matan el ganado con tábanos y garrapatas venenosos, se llevan a
los niños que las brujas alcanzan a reunir por descuido de los padres, y hacen
muchas otras maldades. Así como la gente, los diablos son muchos y de muchas
condiciones. Lo único que no tiene ningún diablo aprendiz, menor, mayor o jefe,
es capacidad para amar. De allí que aseguren, y eso lo oigo desde niño y mi
niñez es algo que pasó hace mucho, muchísimo tiempo, que el diablo y sus
ejércitos se disolverán el día en que una mujer logre enamorar al diablo
principal, Luzbel, así como a Lucifer, Satanás y los demás. El diablo dejará de
serlo cuando sienta amor, un sentimiento que desde el momento en que se rebeló
y principió la guerra contra Dios para apoderarse del mundo, dejó de sentir. Y
hace tanto tiempo, que se olvidó del amor.
Lo ocurrido hoy,
sin ser semana santa, es una muestra de que el diablo deambula sin tiempo y sin
cansancio. Como el judío errante, que va de uno a otro confín de la tierra
rumiando su rencor, maldiciéndose así mismo, buscando la perdición de los otros
hombres para no caminar solo por los caminos del mundo. Todos los años el primer viernes del mes
seis, el mes de junio, dedicado en la antigüedad al dios pagano llamado Jano,
en los territorios atrapados por las selvas, como el nuestro, uno de los
diablos se lleva los niños que encuentra en los caminos solitarios. Se los
lleva a Luzbel, el diablo supremo, que festeja así la fecha de su separación
del cielo, engulléndolos bien asaditos, como los chicharrones que vende la
familia Hoyos en el barrio La Ceiba. Con un suculento arroz con coco y yuca
bien harinosa y desde la que resbala una baba amarilla que es un encanto,
celebra el día en que traicioneramente atacó a sus hermanos del ejército del
cielo y los derrotó, por cuanto Dios mismo salió a defenderse y contra él, que
hizo todo, no hay rayos ni centellas que hagan efecto. Para atender otras
cosas, tan importantes como pelear contra los rebeldes, el Constructor formó un
nuevo ejército y se lo entregó a los generales Gabriel y Miguel, los
Arcángeles, que desde entonces están en lucha permanente. Muchos se preguntan por
qué no han derrotado al diablo, pero esos olvidan que Luzbel fue creado por
Dios, que como estaba destinado a iluminar al Supremo y al trono en el palacio
imperial, le otorgaron poderes de gran envergadura. Por eso la esperanza del
hombre es que un miembro de su especie, una mujer, logre calar en la mente y en
el corazón del diablo. La mujer es la única y la última arma que le queda al
ser humano para colaborarle a Dios en la victoria de la batalla final.
Por eso desaparecen
niños el primer viernes de junio, como también en la semana santa. Esa es la
razón para que todos hagan los asuntos de la semana desde el domingo de ramos,
de manera que el miércoles la casa esté dotada de lo indispensable y no haya
necesidad de dirigirse al monte de manera solitaria y mucho menos los niños.
Pocos del pueblo
recuerdan ya a la señora Lorenza, que, por su oficio de vender fritangas, le
decían “Tripa Frita”. Preparaba unos chicharrones de primera clase. Hacía unas
morcillas dulces que las gentes las peleaban por lo deliciosas. Vendía asaduras
y migajón para hacer arroz. Pero su especialidad eran las tripas de marranos,
preferible las empellas, que tronaban en la boca. Lo que falta es una mujer que
además de bonita e inteligente, sepa fritarle unas buenas empellas a Luzbel,
para quedar exentos de peligro.
Lorenza tenía un
hijo, el único porque lo demás fueron tres mujeres que, de tanto tragar
chicharrones, asaduras y empellas, se engordaron de tal manera que murieron
solteras. ¿Quién carajos carga con un manatí de grasa para la casa? El muchacho tal vez, como los demás en el
pueblo, jamás conoció su nombre verdadero por cuanto todos lo llamaban
“Tripita”. Era tan flaco que se aseguraba que tenía una tenia, una lombriz de
esas cuyas única función es comer y comer, pero él no se puso nunca amarillo,
jipato, como dicen, ni pipón. Un cuerpo normal y no comía más de lo adecuado.
Buen muchacho, indudablemente. Todos lo querían y los otros muchachos veían en
él un buen ejemplo de comportamiento y de compañerismo. Sobre todo, de
compañerismo.
Señor Juez: No estoy, como usted cree, imaginando una mentira para
responderle. En materia de crímenes no hay, para mí, nada que inventar. La
realidad supera a la fantasía, porque desde hace muchos años entendí que el
crimen es innato para mí. No puedo decir que para todos los de la raza humana,
porque no tengo estudios ni ilustración suficiente como para convertirme en un
analista de esa fase de la vida humana, pero cual más cual menos, todo hombre,
como especie, está sujeto a la posibilidad de cometer un crimen en cualquier
momento y sin premeditación. Las posibilidades van a nuestro lado
permanentemente.
Es cierto que me he demorado para responderle su pregunta. Pero la
demora obedece a que busco muy dentro de mí y de mis recuerdos, esa primera vez
que cometí un delito. No llego yo a un acuerdo, porque un sicólogo y después un
siquiatra en la cárcel de Medellín, me insistieron en las dos respuestas. El
uno decía que sí había sido un delito y el otro de que se trataba simplemente
de un accidente. Para el crimen, me aseguraba, se necesita predisposición,
luego meditación y finalmente organización para ejecutarlo. Y aquí viene mi
duda. ¿Puede un recién nacido asesinar a otro ser humano encontrándose en la
cuna, en la que permanece casi todo el día, que medio abre los ojos y dedica su
tiempo a dormir, evacuar los intestinos y la vejiga, succionar el seno materno
o el tetero para dejarla descansar y volver a dormir? Como las opiniones
estaban divididas, comencé a buscar una razón, un motivo que me obligara, tan
tierno en mi cuna, a cometer un asesinato y me respondo que no existía el motor
que me impulsara a ello. Pero la verdad es que asesiné a otro ser humano en mi
cuna, lo que me hace pensar que acaso nací para cumplir una misión que ni
siquiera el Diablo, de quien tan mal se habla, fue capaz de hacer. Es cierto,
todas las muertes no son provocadas por otro ser humano. Tal vez es así y por
ello se asegura con frecuencia que todo es resultado de un accidente. Pero si
no fuera una falta de respeto, le preguntaría a usted y le exigiría que me
confesara si cree que un recién nacido pueda, adrede, cometer un delito de esa
magnitud. Hoy tengo más de cincuenta años, me acerco más bien a los sesenta, y
desde que tengo uso de razón me pregunto mentalmente, cómo fue que maté a otro.
¿Acaso nací para criminal? Conforme al acontecer de mi vida, parece que
sí. Antes de cumplir los quince años
había asesinado a cuatro personas. No por hacerlo, si no por las
circunstancias. Hombres como usted, con la distinción de jueces, aseguraron que
no, luego de declararme inocente de la muerte de dos individuos que llegaron a
matar a mi padre y yo me interpuse en el camino. Los siguientes, aseguraron los
jueces, unidos a los primeros conocidos, me convertían de hecho en un asesino.
Pero le puedo afirmar que no hubo intención de matarlos. Fueron las
circunstancias. O ellos o yo. Alguien debía morir y fueron ellos. Mi cuna
seguía derramando sangre y, de acuerdo a lo ocurrido ayer, en donde no maté a
nadie, pero se me encontró en el momento en que sacaba de la espalda de un
amigo un chuzo de hierro, sirvió para adjudicármelo. El guardián no dijo todo lo que vio, porque
era amigo de Grisales, pero saqué el chuzo, lo lancé con vigor contra el tipo
que huía para dejarme con la culpa y lo atravesé, tan limpiamente, que fue mi
perdición. Ambas muertes no permitían pensar otra cosa que decir que fueron
hechas por una misma persona, yo.
No se preocupe, señor Juez. El que debe preocuparse es su secretario,
porque por primera vez en sesenta años, voy a referirme a mis crímenes. Los de
verdad y los que me adjudicaron, por aquello de cría fama y acuéstate a dormir.
A esta edad ya no necesito matar a nadie. Por cualquier plato de comida, otro
preso lo hace, con mucho gusto, por mí. Para noventa y nueve de cada cien
presos que se arraciman en esta cárcel, sería motivo de orgullo estar al
servicio de quien aparece como el más grande asesino del país y tal vez del
mundo. O como el que tuvo el valor suficiente para matarme, cosa que no
descarto, porque en gran medida es cierto que el que a hierro mata, a hierro
muere. Mi demora, señor juez, se debe a un viaje al pasado. Fui a la cuna
ensangrentada, volví a preguntarme cómo y se repitió en mi mente la escena,
como en una película en la que yo era el artista principal y, cosa rara, el
único espectador en la sala en que fue presentada. ¡La cuna sangrienta!, llamo
a mi propia película. Actor, espectador, guionista, director, maquinista de la
sala de cine y único espectador. Allí está el principio del fin de mi película.
Porque todos nosotros, usted entre ellos, señor juez, no somos más que
personajes de una película que empezó a filmarse quién sabe cuándo y aún siguen
las sesiones de grabación. Si mueren las figuras principales, los actores del
elenco, los dobles, directores, guionistas, camarógrafos, músicos y demás, son
remplazados de inmediato y los directores se van relevando en la medida en que
también mueren, para tratar de llegar al fin. Sólo que el productor, en este
caso Dios, no permite que la película se acabe e introduce modificaciones que
uno no espera, la mayoría absurdas, sin sentido, pero otras, muy pocas,
esplendorosas, de una altura intelectual inigualable. Mientras la película sea
apoyada por el productor, la comedia de la vida seguirá filmándose. En mi caso
particular, ya el fin está cercano, pero a mí sí que me dejan poner la palabra
fin, luego de dos horas de proyección. Porque eso es una película. Hilvanar
hechos que muchas veces acaban cuando uno no lo espera.
Mi nombre, Isaías, que usted sabe porque desde aquí lo leo en la
carátula del mamotreto que reposa a su lado Mi apellido no importa. Nací en un
pueblo que se llama Caucasia, y por eso me lo pusieron como apodo. Pregunte por
“Caucasia” el asesino y le darán todos los datos que quiera, pero no pregunte
por Isaías J., que muy pocos conocen en el mundo del crimen. Nací en un hogar
que era todo un ejemplo de bondad, de cariño, de amor filial, de honestidad, de
honradez, de trabajo, de respeto hasta de uno mismo. Desgraciadamente mi padre
se involucró en la política, no para aspirar a nada porque fuera del trabajo en
el campo nada sabía del mundo y mucho menos de la política y del gobierno.
Caprichos que le dan a uno y que a él le salió bastante caro. Pagó con su vida
y la de los suyos y la destrucción de un hogar que había levantado a fuerza de
machete, de pala, de cavadores, de semillas, de limpieza de rastrojos,
trabajando de sol a sol.
Alcancé, con mucho esfuerzo, entrar a la escuelita de la vereda, pero
sin pasar más allá de las cosas más elementales. Hoy, ni siquiera puedo leer
bien un periódico, porque cancaneo tanto, que algunos creen que soy tartamudo.
Lo demás fue trabajo. En el momento en que moría, y duró cerca de tres horas
para hacerlo porque en el lugar que estábamos escondidos no había manera de
ayudarlo sino de verlo morir, me dijo que no podía irse sin contarme la
historia de mi vida. Yo me reí, porque en ese momento apenas tenía doce años y
le pregunté que, si acaso no era su vida la que debía referirme y me ratificó
que no, que era la mía. Sorprendido de que mi padre supiera más de lo que yo
sabía, por lo menos trascendente, me informó que mi madre dio a luz a dos niños
en el último parto de su vida, porque después no pudo reponerse de un raro mal que
le cae a las mujeres en el momento de parir, y uno de ellos era yo. Sin
proponérmelo le pregunté dónde estaba el otro, al cual no conocía. Y me dio la
noticia más cruel que puede dársele a un ser humano. Yo había matado a mi
hermano y por eso no se había levantado conmigo. Me quedé estupefacto. Un sudor
cubrió mi cuerpo y un temblor se ocupó de mí por varios segundos. Mi padre me
llamó al orden. Si bien fuimos una familia en paz, no había dejado de
ilustrarnos con ejemplos, la necesidad de no evadir los retos de la vida por
muy peligrosos que fueran. Ustedes no van a matar a nadie, pero tampoco se van
a dejar matar. Sabíamos, por la situación de la región y por lo que acababa de
ocurrir, que estábamos en grave peligro y que era hora de sacar a relucir el
valor que el viejo hubiera podido incentivarnos o el que viene junto con la
sangre cuando uno nace. Me repuse y mi padre terminó diciéndome que nos
acostaban juntos en una misma cuna y que como a los ocho días de vida, alargué
un brazo y lo puse sobre la nariz de mi hermano que murió asfixiado. Mi primer
asesinato, señor Juez. Eso me conmovió, pero mi padre supo sacar de mi mente la
tentativa de matarme, que fue la conclusión que me mostró mi ignorancia. Se me
olvidaba que acababan de matar a mi madre, a mis tres hermanas y dos hermanos y
que apenas quedaba yo para vengar la injusticia cometida. No me pregunte quién
mató a mi padre. Pudieron ser los liberales, los conservadores, los
delincuentes al servicio de los terratenientes que buscaban sacar a mi padre de
la finca que quedaba a tan poco trecho del pueblo y que sería cruzada por una
carretera que uniría a todo el país. La ubicación de la finca llenaba las
expectativas de negocio de los ricos del pueblo, pero mi padre anunció que no
la vendería a ningún precio. Como antes de eso, como en ese tiempo, y como
sucede hoy, los de la izquierda y los de la derecha, los del frente y los de
atrás, los de arriba y los de abajo, se unen para obtener lo que los campesinos
han culturizado en años de duro trabajo. No pude saber quién ordenó la muerte
de mi padre, porque todos a una, llegaron a mostrar el mismo interés y hasta
pelearon por el derecho a participar en el remate. Como no sabía leer, perdí en
una hora de discusión todos los bienes que me habían dejado y en el mismo
juzgado civil, debí pedir limosnas para irme del pueblo cuanto antes, a
trabajar para pagar lo que según las autoridades quedaba debiendo por impuestos
de toda clase. Como quemaron la casa de la finca y con ella los documentos que
mi padre guardaba tan celosamente, quedé inerme ante una manada de interesados
de todos los partidos.
Pero hay una condición que los paisas no regalamos ni nos dejamos
quitar, que no es otra cosa que la venganza. Si vamos a la iglesia, debajo de
la ruana llevamos el cuchillo aferrado y listo para entrar a cualquier cuerpo,
pero eso sí, si nos han de matar mañana que sea ahora mismo porque no creemos
en eso de poner la otra mejilla ni mucho menos la de perdonar la ofensa, porque
si hay algo más dulce que la miel, es la dulzura de sentir muy adentro del
corazón y de la mente la alegría de haber castigado duramente a quien nos causó
un mal muy grande. Aseguré ante todos que me iría ese mismo día a buscar
trabajo y para evitarme encerronas que me quitaran la vida lo más rápido posible,
comenté que tenía parientes en los llanos de Casanare y salí por la vía que va
al interior del país, pero cuando lo juzgué conveniente, me introduje por las
selvas del Chocó y aparecí por el Urabá, en donde trabaje algún tiempo en las
bananeras. Al obtener medios económicos, porque fui ahorrando para garantizar
el éxito de mis proyectos, me aparecí en el pueblo con barba y bigote y un
cuerpo diferente debido al fuerte trabajo realizado. Y ese primer día, sin
agüeros, sin compasión alguna, localicé a los dos hijos del jefe liberal y a
dos de los tres del jefe conservador, los reté a una jornada de dado corrido y
cuando menos lo esperaban, mi cuchillo voló de una garganta a otra, de esta a
un pecho y la cuarta la metí en el lado izquierdo de la barriga del muchacho y
profundamente la saqué por el lado derecho. Ni siquiera mil cirujanos
trabajando al mismo tiempo habrían podido unir tripas, venas y cuero para
salvarlo. Desaparecí del lugar y como nada se dijo de mí, porque el pueblo se
había convertido en paradero de vehículos de la costa al interior y del
interior a la costa, se daba por descontado que algún chofer o un ayudante de
éstos habría sido el autor para robarles, porque no tenían ni una moneda en los
bolsillos. Todo el dinero de los cuatro que no había ganado, lo saqué de sus
bolsillos para vivir otros días más en mi pueblo. Mi venganza, señor Juez, si
mi padre lo hubiera sabido, no me la habría permitido. Cobré con exceso, pero
veintiocho tipos probaron el filo de mi cuchillo. Cuatro por cada uno de mis
muertos. Saciada la sed de sangre, me fui a Medellín y allí me enrolé con
hombres cuya compañía no la querían ni los otros asesinos profesionales, porque
una cosa es alguien que mata por venganza o por rabia o por accidente, y otra
la de los que lo hacen a sangre fría, no importa que el señalado sea su propio
padre. Estos asesinos, a los que se llama sicarios, son diferentes. La muerte
es su fuente de trabajo. Viven para matar y la muerte les proporciona lo
suficiente para seguir viviendo. Tiene sus peligros, porque el mismo que lo
contrata puede contratar a otro para acallarlo, pero el riesgo es menor al que
puede producir una muerte involuntaria. La sangre fría, el pensamiento
despejado de dudas y de prevenciones y de simpatías, le facilita al sicario su
labor. Sabe que no puede permitirse un ligero temblor ni un tris de demora. Ya
es ya, dicen, y matan a mansalva, sobre seguro y sin alevosía. El que es
alevoso no es sicario, es un vulgar que cree que puede matar, pero que huye
cobardemente si se le enfrentan. La diferencia es grande. No me pregunte qué
soy. A veces me sacio en el muerto porque vuelco sobre él todo mi odio. Otras
soy imprudentes, porque me dejo agarrar de la duda. Pero generalmente, mis
golpes de muerte son certeros, sin temblores, sin apasionamientos, sin
entretenerme en las cosas que pudieran unirme a la víctima. Si maté a mi propio
hermano, por qué vacilar ante otro que simplemente es mi compañero, que no mi
amigo, en el crimen.
Yo no dudo que los abogados defensores de mis compañeros de prisión
leerán esta declaración e informarán a sus clientes lo que acabo de decir y lo
que diré en unos momentos. Están en todo su derecho. Pero los abogados de
cárceles, defendiendo lacras que deberían ser ajusticiados y no condenados a
prisión, porque allí aprenden cosas que no sabían y maduran la comisión de sus
delitos, son como unas larvas sanguinolentas. Es como cagar y comerse la mierda
para no tener que gastar en comprar otros alimentos. Ellos se nutren del crimen
y de los criminales y se esmeran por encontrar las pruebas, reales o preparadas
por otros criminales, para no perder el juicio ni los honorarios. La sociedad
no les importa nada. Esa es la razón, señor juez, para que me negara a designar
un defensor. ¿Defensor de qué? Si usted necesita que yo esté asistido por una
larva de éstas, páguele usted los servicios. Total, no le voy a decir nada, no
le voy a pagar nada, y gane o pierda ni siquiera le doy las gracias. Fueron los
abogados los que a mis trece años me engañaron, me dejaron en la ruina, me
robaron para que otros lucraran mis bienes. Si usted averigua, en los más de
ciento veinte casos de Asesinato en que me han involucrado, nunca designé un
abogado. Yo no les voy a dar lo poco que obtengo en la celda para que ellos
vivan. Que delinquen y acumulen bienes y no se dejen apresar por las
autoridades, para que demuestren que no solo son buenos abogados, sino que
conocen el delito en toda su extensión. Sepa usted, señor Juez, que los
abogados deberían ser delincuentes cansados, jubilados en la comisión de
delitos, que podrían juzgar la verdad sin necesidad de torturar al delincuente.
Solamente el que sabe más, puede juzgar el trabajo del que sabe menos. Si
encontrara un abogado que conozca la vida del delincuente, yo lo designaría mi
representante legal para todos los juicios que tenga pendiente o me salgan en
el futuro.
UN INSTANTE PARA LA ETERNIDAD
Fui el compañero
fiel, honrado, honesto. No gozaba de la popularidad de Juan, el menor del grupo
y agraciado con facciones hermosas. No
podía practicar la austeridad, y hasta la cicatería de Mateo, el tesorero. No
poseía ni la fuerza física ni moral de un Pedro, inflexible. Es decir, que
parecía no congeniar con los otros miembros. Sólo él me miraba de otra manera.
No era la mirada respetuosa ni mucho menos recibido ni con ditirambos ni
menosprecio. Para él, cada uno poseía unas condiciones especiales que reunidas
hacían del grupo algo fuerte, distinto, hombres decididos, convencidos de que
algo extraordinario resaltaba a quien nos fue llamando a su paso por los
pueblos.
Fue al regreso de
una de sus interminables jornadas solitarias por el desierto, que me dijo algo
con la mirada que no le entendí. Hice esfuerzos de toda clase y seguí en las
mismas. Había para mí un mensaje que él, misteriosamente, no divulgaba. Así
pasamos varios meses. Incluso, los compañeros, se dieron cuenta de la
situación, pero él se mantuvo en silencio. Lo atribuimos a la necesidad de
preparar sus sermones a la multitud. Cierto que su verbo era fluido, que
enardecía, con un tono mediano, sin peroratas, a los que le escuchaban, porque
su tonalidad era profunda y fuerte, un poco gutural, cuando se revestía de sus
condiciones. Era algo así como un extranjero que domina el idioma del lugar a
donde llega y evita que se le distinga como de otro lugar. El dejo, las
cadencias de cada uno de los pueblos de la Judea, Samaria y otros con lenguas
diferentes, le permitían aparecer como del lugar.
Su anuncio, un algo
parecido a los mensajes de los profetas venidos durante las últimas centurias y
plasmados en los libros sagrados, era no obstante diferente. Hablaba de un Dios
único al que calificaba como su padre, el Dios Eterno, el Dios Creador, pero
insistía en que los tiempos cambiarían y que una doctrina nueva sería entregada
por él, a nombre de su padre, a la humanidad. Ya no hablaba del dios de los
judíos, sino del Dios de toda la humanidad para toda la eternidad. Ya no
planteaba un dios de guerras ni maldiciones ni castigos, sino de un Ser si bien
divino y todopoderoso, que sembraría en los corazones humanos el sentido de la
paz, el sentido de la hermandad. Nada de ojo por ojo ni diente por diente. Y si
bien los judíos esperaban que encabezara la rebelión contra los romanos
invasores y dominadores él les señaló que había que dar a César lo que era de
César y a Dios lo que era de Dios.
Fue esa
consideración lo que sembró el odio de los judíos encumbrados en organizaciones
políticas disfrazadas de religión contra él. Todos venían, de una u otra
manera, alentando la guerra para quitarse de encima el yugo esclavizador de los
romanos, y quien se decía y se consideraba Hijo de Dios, del Dios de Israel,
del Dios de los ejércitos y por tanto de la guerra, pregonaba el perdón para
los enemigos y la paz entre los pueblos. Y eso no podían permitirlo. Y si
faltara algo para despreciarlo, su aseveración de que podría derruir el templo
de Jerusalén y levantarlo en tres días, les permitía preguntar por qué entonces
no derrotaba a los romanos aun cuando fuera en un año.
A la par de las
huestes que lo seguían, que pedían el perdón para sus pecados, la salud para
sus cuerpos y almas, un pequeño grupo luchaba en medio de las fuerzas enemigas
por perderlo y liberar a Barrabás, éste sí luchador decidido y empedernido, que
no pasaba por alto todo momento que le permitiera causarle daño a los del
imperio.
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